PENA DE MUERTE (Y IX). LOS CONSERVADORES EN SU LABERINTO

En la 5ª entrada sobre la pena de muerte hablaba de las contradicciones del pensamiento conservador, en este caso, en relación con la pena de muerte. Paso a desarrollarlo en esta entrada.

Antes de comenzar una pregunta ¿Qué entiendo por pensamiento conservador? Es el pensamiento ligado a aquellos católicos muy cómodos en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI y a los que ha supuesto un shock el pontificado de Francisco. Creían que todo era color de rosa y no se explican cómo puede estar sucediendo esto.

Son católicos donde una parte importante, por no decir casi toda, de su Fe está ligada a la moral, especialmente la sexual y a los que les importaba muy poco el resto de tentáculos que aprisionaban a la Iglesia antes de la llegada de Francisco. No les afectaba ni poco ni mucho lo que se decía de Lutero, los acontecimientos de Asís, los abusos escondidos debajo de la alfombra ni la destrucción de la liturgia.

Este católico no se sentiría especialmente mal si volviésemos a la etapa anterior pues podría seguir insistiendo en aquello del magisterio bimilenario, aunque sea difícilmente defendible.

Hecha esta precisión pasamos a comentar un par de temas relevantes sobre los conservadores y la pena de muerte.

1º- Algunos católicos han recuperado, como un gran triunfo, las palabras del Cardenal jesuita Avery Dulles sobre la pena de muerte, a saber

“Revertir una doctrina tan bien establecida como la legitimidad de la pena capital plantearía graves problemas relativos a la credibilidad del magisterio. La coherencia con la Escritura y la tradición católica de larga data es importante para la fundamentación de muchas doctrinas actuales de la Iglesia Católica, como, por ejemplo, las relativas al aborto, la anticoncepción, la permanencia del matrimonio y el hecho de que las mujeres no pueden recibir la ordenación sacerdotal. Si la tradición sobre la pena capital se revirtiera, se plantearían serias cuestiones con respecto a otras doctrinas

Si, de hecho, se abandonara la doctrina anterior, también se pondría en duda la nueva doctrina. Esa nueva doctrina tendría que considerarse reversible y, por lo tanto, como una enseñanza que no requeriría un asentimiento firme. La nueva doctrina, basada en una comprensión reciente, estaría compitiendo con una enseñanza magisterial que ha durado dos milenios (o incluso más, si uno tiene en cuenta los testimonios bíblicos). ¿No estarían justificados los católicos que se adhirieran a la doctrina anterior alegando que tiene fundamentos más sólidos que la nueva? Los fieles se enfrentarían al dilema de tener que disentir o bien del magisterio anterior o del actual”.

Card. Avery Dulles, Catholic Teaching on the Death Penalty.

Se trata del mismo teólogo del que ya comentamos estas otras manifestaciones suyas las siguientes:

“Es más interesante para nuestro problema observar que el Vaticano II dio marcha atrás silenciosamente sobre posiciones anteriores del magisterio Romano en numerosas cuestiones de importancia. Los ejemplos más claros son suficientemente conocidos. En los estudios  bíblicos, por ejemplo, la Constitución sobre la Divina Revelación aceptó un acceso crítico al Nuevo Testamento, apoyando así las iniciativas previas de Pío XII y liberando a la Iglesia, de una vez por todas, de las pesadillas de los decretos anteriores de la comisión bíblica. En el Decreto de Ecumenismo, el Concilio dio la cordial bienvenida al movimiento ecuménico y comprometió a la Iglesia Católica en la cuestión más amplia de la unidad Cristiana, acabando así con la hostilidad santificada en la Mortalium animos de Pío XI. En las relaciones entre la Iglesia y el Estado, la Declaración sobre la Libertad Religiosa aceptó al Estado religiosamente neutro, negando así la opinión aprobada previamente de que el Estado debería reconocer formalmente la verdad del Catolicismo. 

En la teología de las realidades terrenas, la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo, actual adoptó una visión evolutiva de la historia y un optimismo moderado con respecto a los sistemas seculares de pensamiento, acabando así con más de un siglo de denuncias vehementes contra la civilización moderna.

Como resultado de estas y otras revisiones de antiguas posturas oficiales, el Concilio rehabilitó a muchos teólogos que habían sufrido restricciones severas en su capacidad de enseñar y publicar. Los nombres de John Courtney Murray, Teilhard de Chardin, Henri de Lubac e Yves Congar, todos ellos tenidos como sospechosos en la década de los 50, aparecieron de repente rodeados por un halo brillante de entusiasmo.

Con su práctica concreta del revisionismo, el Concilio enseñó implícitamente que es legítimo y hasta valioso disentir.

De hecho el Concilio admitió que  el magisterio ordinario del Romano Pontífice se había equivocado, y había dañado injustamente las carreras de hábiles y fieles teólogos”.

Es decir, el Cardenal Dulles creía que restaría credibilidad al magisterio cambiar doctrinas anteriores, pero, visto lo visto, no se refería a todas las doctrinas sino sólo a algunas, las de nuestro gusto. Se parece bastante al libro de Orwell al que podríamos parafrasear diciendo “cambiar algunas doctrinas resta credibilidad al magisterio pero algunas doctrinas son más iguales que otras…por lo que pueden ser cambiadas sin restar credibilidad al magisterio”.

2º- Otras autores han resaltado la forma de encarar el tema de Juan Pablo II. De este papa se ha dicho, ¡cómo un piropo!, que, aunque estaba en contra de la pena de muerte a nivel personal, siguió manteniéndola en el catecismo como una especie de respeto a la Tradición y a la doctrina de la Iglesia.

Dos comentarios respecto a estas afirmaciones:

  • Juan Pablo II llevó lo afirmado por la Iglesia desde siempre respecto a la pena de muerte hasta el abismo. Francisco se limitó a darle el empujón final. El Cardenal Ladaria, de hecho, viste el cambio en el catecismo realizado por Francisco en continuidad con la enseñanza al respecto de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Así, afirma en los puntos 3, 4 y 5.

3. En este desarrollo, es de gran importancia la enseñanza de la Carta Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II. El Santo Padre enumeraba entre los signos de esperanza de una nueva civilización de la vida «la aversión cada vez más difundida en la opinión pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de “legítima defensa” social, al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse».[3] La enseñanza de Evangelium vitae fue recogida más tarde en la editio typica del Catecismo de la Iglesia Católica. En este, la pena de muerte no se presenta como una pena proporcional a la gravedad del delito, sino que se justifica solo si fuera «el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas», aunque si de hecho «los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos» (n. 2267).

4. Juan Pablo II también intervino en otras ocasiones contra la pena de muerte, apelando tanto al respeto de la dignidad de la persona como a los medios que la sociedad actual posee para defenderse del criminal. Así, en el Mensaje navideño de 1998, auguraba «en el mundo el consenso sobre medidas urgentes y adecuadas… para desterrar la pena de muerte».[4] Un mes después, en los Estados Unidos, repitió: «Un signo de esperanza es el reconocimiento cada vez mayor de que nunca hay que negar la dignidad de la vida humana, ni siquiera a alguien que haya hecho un gran mal. La sociedad moderna posee los medios para protegerse, sin negar definitivamente a los criminales la posibilidad de enmendarse. Renuevo el llamamiento que hice recientemente, en Navidad, para que se decida abolir la pena de muerte, que es cruel e innecesaria». [5]

5. El impulso de comprometerse con la abolición de la pena de muerte continuó con los sucesivos Pontífices. Benedicto XVI llamaba «la atención de los responsables de la sociedad sobre la necesidad de hacer todo lo posible para llegar a la eliminación de la pena capital». [6] Y luego auguraba a un grupo de fieles que «sus deliberaciones puedan alentar iniciativas políticas y legislativas, promovidas en un número cada vez mayor de países, para eliminar la pena de muerte y continuar los progresos sustanciales realizados para adecuar el derecho penal tanto a las necesidades de la dignidad humana de los prisioneros como al mantenimiento efectivo del orden público». [7]

No se puede decir que está vez estén falseando la realidad. Lo que manifiestan Juan Pablo II y Benedicto XVI respecto a la pena de muerte es idéntico a lo señalado por Francisco. Sus ideas pivotan sobre los mismos conceptos: dignidad humana, posibilidad de redención para el criminal que le sería arrebatada por la pena de muerte y una incomprensible esperanza en el criterio de la sociedad, opinión pública le llaman, más amoral que ha conocido la humanidad.

La opinión, por ejemplo, de Juan Pablo II se podría resumir más o menos así: “Existe la posibilidad de aplicar la pena de muerte pero no hay ningún caso en el que se pueda aplicar. Además, si se aplica se le quita la dignidad a la persona y es un signo de esperanza que la gente lo vea así”. Vale, y entonces, lo que siempre ha validado la Iglesia como un medio legítimo ¿estaba en realidad violando la dignidad humana?

No, aquí Francisco no ha quebrado nada.

  • Segundo comentario. Me llama la atención que se defienda como un gran logro que un Papa tenga una opinión contraria al magisterio, la verdad. ¿Qué quedaría de la doctrina católica si lo aplicásemos a todos los supuestos? El magisterio dice esto, yo creo esto otro pero por respeto no arranco esa página del catecismo. Bueno, en realidad, ya la has arrancado de tu corazón, que es mucho más grave.

Este tema es otra prueba, otra más, de que el pensamiento conservador se ha tragado el iceberg, enterito, y todavía no se ha dado cuenta.

No parece que por ahí vayamos a encontrar la salida, la verdad.

Capitán Ryder

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