PARA ABRIR BOCA

Deportistas, cantantes, políticos…el mundo rinde tributo a los personajes del momento: entrevistas, reportajes, documentales, películas, en cada uno de ellos nos rebelan una primicia «de alcance  mundial». Mientras, la verdadera historia sigue su curso.

Siempre me he preguntado que pensarían, qué sentirían, que harían esos pocos afortunados que tuvieron acceso a la gruta de Belén.

Estás en el campo, durmiendo a la intemperie, tal vez tus hijos pequeños están contigo, tal vez la cena ha sido escasa. De repente un fogonazo, un ángel te indica el lugar en el que adorar al Rey de Reyes. Vas allí y te encuentras un Niño en un establo.

¿Qué pensar? ¿Qué decir? ¿Qué hacer? ¿Qué vida llevar a partir de ese momento? Cristo ha llegado al mundo y tú eres uno de los 20-25 afortunados que tienes la primicia. Mirado egoístamente, ¡nadie se ha enterado!, es sólo para ti y tus compañeros.

El mundo había cambiado para siempre y sólo se habían enterado unos pocos pastores. Un acontecimiento que resonaría de lado a lado del globo, el verdadero parteluz de la historia.

A continuación Vintila Horia nos desvela cómo pudo llegar hasta la gruta una persona cualquiera. Páginas 184 y siguientes de «Dios ha nacido en el exilio».

Fue en el momento en que el camino, que empezaba a ascender, me ocultaba las pocas luces del pueblo, cuando vi la estrella. Se encontraba a mi derecha, en pleno cielo, más abajo que los demás astros, y se movía lentamente tras ella un polvillo luminoso que se disolvía en el espacio como humo. Me detuve para verla mejor. En ese instante, la estrella se detuvo también, es decir, que interrumpió su movimiento lateral de traslación y empezó a descender. Y a medida que la estrella descendía, pude ir viendo con toda claridad el contorno de las colinas, emblanquecidas por esa luz como si hubiera nevado sobre ellas minutos antes. Dos campesino de aquel lugar ( o quizá fuesen dos pastores) cruzaban en ese momento el camino a unos pasos de donde yo me encontraba parado y siguieron, sin verme, en la dirección de la estrella. Los seguí de lejos sin hacerme notar. La estrella, o lo que yo consideraba como tal, se había parado definitivamente a unos siete pasos por encima de una de las colinas, en la falda de la cual vi brillar otra luz mucho más débil. Al acercarme, pude ver que esta luz no era más que la entrada de una de esas grutas donde los campesinos de Palestina guardan sus rebaños durante el mal tiempo. Unas diez personas se hallaban arrodilladas ante la entrada de la gruta, mirando hacia el interior, y allí dentro se encontraban otros hombres y mujeres, inmovilizados. Alguien que me vio y me reconoció -sin duda, algún amigo o pariente de los enfermos a los que había atendido durante el día- exclamó: «Aquí está el médico. Ha llegado demasiado tarde».

-¿Qué sucede?-pregunté asustado por aquellas palabras.

-Ha nacido el Mesías -me respondieron.

Me abrí paso por entre los cuerpos arrodillados y lo vi. Tendido en la cuna de este establo abierto en la falda de la colina, el Niño dormía. Su madre -¿me oye usted?-, he dicho Su madre, pues el Mesías ha nacido de una mujer como todos los hijos de los hombres, yacía en la paja, agotada por el parto que debió de producirse una hora antes de mi llegada, quizá menos. Se oía el ruido de una cadena metida en una argolla y que un asno movía de vez en cuando al inclinar y levantar la cabeza, y también el ruido que hacen los animales que rumian y que se parece al ronroneo de un gato. Un anciano se acercó a mí y me preguntó con dulzura:

-¿Quien le ha avisado a usted para que viniese?

-He venido yo solo siguiendo a la estrella. Lamento haber llegado demasiado tarde, aunque ya veo que mi presencia aquí habría sido inútil. Pero ¿por qué ha sido aquí?

-No hemos podido alojarnos en el pueblo. Todas las habitaciones están ocupadas.

-Puedo cederle la mía. Queda libre a partir de mañana temprano.

En aquel momento el Niño abrió los ojos y me miró. Puedo jurar que ya veía y me miró con un gran agradecimiento, sí, puedo jurárselo a usted, me miró como una persona mayor, con toda conciencia de lo que hacía. Y la paz que llenaba aquel lugar penetró en mi alma. Me arrodillé, llorando de alegría, con la frente apoyada en el vientre caliente y móvil de uno de aquellos animales que rumiaban sin dejar de mirar al Mesías.

Teodoro se interrumpió de nuevo. Su mano temblorosa cogió la mía se le llenaron los ojos de lágrimas y comenzó a sollozar. estaba llorando como un niño, sacudido por las misma dicha que tanto lo había emocionado la noche en que nació el Mesías. Se calmó y reanudó su historia.

Capitán Ryder

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