OTRA VEZ EL PACTO DE METZ (III)

Este cuadro quedaría incompleto sin referirnos a la Iglesia del Silencio, expresión con la que Pío XII se refería a la Iglesia que sufría la persecución comunista, especialmente en los países de Europa del Este. Esta Iglesia se hacía visible en los cardenales Mindszenty, Beran, Stepinac y Slipyj y en los obispos mártires de China.

Esta Iglesia sufrió, y de qué manera, los nuevos vientos que soplaban de Roma, antes y después del Vaticano II.

En su Encíclica Pacem in Terris, año 1963, Juan XXIII ya había blanqueado indirectamente el comunismo al afirmar “Se ha de distinguir también cuidadosamente, entre las teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre, y las iniciativas de orden económico, social, cultural o político, por más que estas iniciativas hayan sido originadas e inspiradas en tales teorías filosóficas, porque las doctrinas, una vez elaboradas y definidas, ya no cambian, mientras que las iniciativas, encontrándose en situaciones históricas continuamente variables, están forzosamente sujetas a los mismos cambios. Además ¿quién puede negar que, en la medida en que estas iniciativas sean conformes a los dictados de la recta razón e intérpretes de las justas aspiraciones del hombre, pueden tener elementos buenos y merecedores de aprobación?

Habíamos pasado en sólo 16 años de calificar el comunismo como algo “intrínsecamente perverso” a ver los “elementos buenos y merecedores de aprobación”.

Esta encíclica fue tan bien recibida en Moscú que fue publicada en la prensa soviética.

En esta situación, y con un Vaticano deseoso de llegar a cualquier pacto con los comunistas es como nace el pacto de Metz y la posterior Ostpolitik.

Huelga decir, que para este pacto eran una molestia, tanto los mensajes de las apariciones de Fátima como los cardenales de la Iglesia del silencio.

Para continuar por esta vía abierta antes del Concilio, la llamada Ostpolitik, era necesario reducir al silencio a los mencionados cardenales. Así, Mindszenty y Slipyj encontraron refugio en el Vaticano pero ninguna comprensión. Las altas autoridades de la Curia les calificaban como locos.

Los padres Peter Alagiagian y Peter Leoni habían desempeñado misiones apostólicas de alto riesgo en la URSS. A su vuelta denunciaron la infiltración soviética en la Iglesia ortodoxa, lo que venía a estropear las nuevas amistades ecuménicas. Fueron calificados oficiosamente en círculos eclesiásticos como mentalmente desequilibrados.

En este ambiente se desarrollaron toda una serie de visitas, gestos, discursos y silencios a cual más sorprendente:

  • En el año 1963 Juan XXIII había recibido en audiencia privada a Alexis Adjubei, director de “Izvestia” –órgano del gobierno soviético-, y a su esposa Rada, hija de Jruschov.
  • En 1971 monseñor Casaroli registraba en Moscú (podía haberlo hecho en EEUU o Londres) la adhesión de la Santa Sede al tratado de no proliferación nuclear.
  • En 1974, también Casaroli, visitaba a Fidel Castro y le manifestaba “la lealtad de la Iglesia católica”. Mientras Fidel inflaba el movimiento de “Cristianos por el socialismo”.
  • Monseñor Rotger Etchegaray proclamaba en el Sínodo romano de los obispos celebrado en 1974 que la Iglesia no condenaba el marxismo.
  • El ministro soviético Gromyko visitaba cordialmente a Pablo VI en febrero de 1974. En ese momento se estaba desarrollando una persecución terrible sobre Soljenitsin, de la que Pablo VI no dijo nada.
  • Esta es la razón por la que el jesuita Floridi criticó duramente a Pablo VI, quien manifestó una enérgica advertencia al general Franco durante el proceso de Burgos mientras nada decía sobre la persecución a los disidentes soviéticos.
  • La madre de Vladimir Bukovski, detenido en una manifestación e internado en un psiquiátrico, apeló directamente a Pablo VI sin resultado.
  • Durante esos años la Teología de la Liberación se expandió de manera vertiginosa.

Es preciso recordar aquellos años, tristes años, antes de afrontar la simpatía, indudable, de Francisco por el comunismo.

Será indignante, no lo niego, pero no es original.

Capitán Ryder

NOTA: Ricardo de la Cierva se hace eco del trabajo del jesuita Alexis Ulysses Floridi en su libro «La hoz y la Cruz».

1 Comment

Responder a Carlos Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *