MUJERES EN LA IGLESIA(I). SANTA HELENA

 

Creo que pocos elogios superan al que Harper Lee dedica al protagonista de Matar a un ruiseñor: «Era igual en casa que fuera de ella». Una forma de señalar la integridad, la ausencia de doblez, la hombría del protagonista y sus convicciones, que defendería también en público.

Una virtud que se le acercaría sería la de saber cuál es el lugar que a cada uno le corresponde en cada sitio o lugar.

No abundan ni la una ni la otra. De hecho, respecto a la segunda, es muy común ver todo lo contrario, dado el afán de protagonismo que existe en el mundo, o simplemente, la mala educación. La Iglesia, desgraciadamente, no escapa a esta moda. Todo el mundo quiere ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro, considerándose discriminado si no ocurre tal cosa.

Una de las muchas corrientes que buscan dinamitar la Iglesia se apoya en el «lugar que las mujeres deben ocupar dentro de la misma». La deslealtad de esta propuesta se capta enseguida, basta echar un vistazo a la historia de la Iglesia, y a los modelos que las Iglesia ha propuesto. Muy alejados todos ellos de la mujer reivindicativa-feminista que parecería ser el espejo en que mirarse.

Sean las entradas siguientes, que dedicaremos a grandes mujeres católicas, inspiración y referencia para todas las jóvenes, entre las que espero se encuentren mis hijas.

Sirvan también para acabar con el mito de la mujer marginada en la Iglesia, mito extendido por muchos prelados, con tal de quedar bien con el mundo.

SANTA HELENA

Cuando el emperador Constantino murió en York, en el año 306, el ejército romano proclamó inmediatamente a su hijo, que se encontraba en el lecho de muerte, su sucesor.

La madre del emperador, Helena, dicen que hija del antiguo Rey Cole, príncipe de Colchester, pasaría a ser una figura clave en la historia de la Iglesia.

Pero las cosas que la hicieron Santa sucedieron mucho tiempo después de que ella y su hijo Constantino salieran de Gran Bretaña con destino a Roma.

Helena, como la mayor parte de la gente que vivía en Gran Bretaña en ese momento, era pagana, y su hijo, como ella, creía en los viejos dioses romanos. Pero el cristianismo estaba creciendo y el emperador había oído hablar de Jesús y la Cruz.

A pesar de que Constantino había sido proclamado emperador por los soldados en York, muchas personas poderosas en otras partes del imperio, y en Roma mismo, no lo reconocían, y tuvo que luchar durante mucho tiempo para obtener el trono.

Justo antes de la batalla que decidiría todo tuvo un sueño de una Cruz llameante en el cielo y las palabras “Con este Signo Vencerás”.

Cuentan que hizo un voto; si ganaba la batalla se haría cristiano, y más que eso, haría cristiano su imperio. Cumpliría su palabra.

Su madre fue una de las primeras bautizadas en esos nuevos tiempos, y a medida que aprendía más acerca de la Cruz donde murió Jesús quiso saber más sobre qué le había sucedido a esa Cruz en particular.

Cuanto más pensaba en ello, más sentía que debería ir a Jerusalén a tratar de encontrarla. Finalmente, con casi 80 años, Constantino hizo los preparativos para que viajara a Jerusalén.

Habían pasado casi 300 años desde que Jesús fue crucificado.

Uno de los primeros emperadores romanos, Adriano, que odiaba a los cristianos, había construido sobre el Calvario y el Santo Sepulcro una terraza de trescientos cincuenta pies de largo sobre la cual había una estatua del dios romano Júpiter y un templo a Venus.

Esto se había hecho sólo 100 años después de la Crucifixión, así que Helena pensó que debajo de esa terraza se podría encontrar algo.

Excavaron en un lugar, junto a una roca, donde Helena había soñado y descubrieron 3 cruces.

No sabían cuál era la Cruz en la que Jesús sufrió. Helena había rescatado a un hombre muy enfermo y pidieron a Dios que ese hombre fuese el instrumento para saber cuál era la verdadera Cruz.

Levantaron al hombre y lo posaron suavemente sobre la primera Cruz y no sucedió nada. Lo mismo pasó al posarlo sobre la segunda Cruz. Pero cuando su cuerpo tocó la tercera Cruz quedó inmediatamente curado. Todos sabían que era la verdadera Cruz.

Helena ordenó construir una Iglesia en el lugar.

Un pedazo de madera volvió con ella a Roma, así como 2 uñas que se habían encontrado cerca.

Cuando llegó a casa construyó otra Iglesia igual llamada “Santa Cruz de Jerusalén”, donde la madera y las uñas fueron guardadas.

Durante cientos de años los peregrinos de toda Europa fueron a Jerusalén para ver la Cruz, hasta que fue destruida por los enemigos del Cristianismo que capturaron la ciudad Santa; pero cada año, el 3 de mayo, la Iglesia sigue manteniendo la fiesta del encuentro de la Santa Cruz por SANTA HELENA.

Capitán Ryder

P.D: Pintura de portada: Jan Van Eyck, El hallazgo de la Vera Cruz

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