MARITAIN (Y V)

¿Qué pensar de esta actitud de Meinvielle? El autor argentino, ocupándose de la “nueva cristiandad”, pone en Maritain el marbete de un error muy conocido: liberalismo, esto es, doctrina que propugna la separación de la Iglesia y el Estado. Este es el sentido de su libro, ya explícito en el título: De Lammennais a Maritain.

Meinvielle y yo coincidimos en lo esencial frente a la postura política de Maritain. Hay, sin embargo, una posible objeción que Meinvielle descuida, y que le harán en seguida Maritain y sus partidarios para defenderse. Maritain no ha propugnado en parte alguna la separación de la Iglesia y el Estado; antes bien, ha distinguido su doctrina con todo celo de la concepción liberal.

Es cierto que Meinvielle se apercibe contra esta réplica de Maritain y sus partidarios a la denuncia de liberalismo. “Maritian –dice- reacciona indignado contra la insinuación de este agravio. En respuesta, hecha pública, al canónigo Luis Arturo Pérez, de Santiago de Chile, escribe: “Monseñor Luis Arturo Pérez me denuncia como partidario de la igualdad de los cultos y de las religiones, del indiferentismo religioso, de la separación de la Iglesia y del estado, y de las tesis del liberalismo teológico en cuanto a las relaciones de la Iglesia y el Estado. Me molesta tener que decir que esas aserciones son sencillamente falsas. He pasado mi vida combatiendo los errores del liberalismo teológico. La tesis de la igualdad de las religiones y de los cultos es, a mis ojos, un error absurdo. He condenado constantemente el separatismo de la Edad Moderna, el principio de la separación de la teología y de la filosofía, el principio de la separación de la Iglesia y del estado, el principio de la neutralidad del Estado. Las soluciones que entiendo reclama el nuevo período en que entramos están en las perspectivas de la “tolerancia civil”, admitidas por las Encíclicas pontificias, como ha repetido Monseñor Pérez por sí mismo. Suponen que ha terminado la era del liberalismo, y asimismo la era del clericalismo de Estado”.

Ahora bien; Meinvielle, que tiene la nobleza de reproducir estas palabras, que Maritain de buena gana vomitaría también contra él, no convence al lector con su respuesta: “Pero no basta indignarse –dice Meinvielle-; no basta tampoco decir: “Yo he defendido tal cosa, yo he sostenido tal otra”, si luego se elabora una ciudad en la cual no se aplica como corresponde aquello que se ha defendido. Maritian ha defendido magníficamente, quizá con exceso sentimental de celo, los divinos derechos de la Iglesia en contra de los graves errores de LÁction Francaise. Pero desde su Du régime temporal se ha forjado una concepción de la ciudad cristiana en la que estos derechos son gravemente disminuidos, si no desconocidos”.

Meinvielle parece dar a entender que Maritain sólo puede defenderse de la denuncia de liberalismo acudiendo a las obras de su primera época, anteriores a Réligion et Culture y a Du régimen temporal et de la liberté. Y esto no es verdad. Maritain puede defenderse de liberalismo acudiendo a obras posteriores y aun recientes, y a ellas alude clarísimamente cuando vindica su posición contra todos los separatismos modernos, el de la filosofía respecto de la teología, y el del Estado respecto de la Iglesia. Pero esta posición suya, aunque muy endeble, es peculiarísima. Y sólo después de haber sido descubierto el argumento en que se funda podrá ser atacada con éxito.

Maritian, al rechazar el ideal del sacro imperio como valedero para nuestros días, le sustituye por otro ideal con el que considera haber hallado una vía media entre el ideal medieval aludido y el ideal moderno liberal. Esto es sólo una aplicación de otra posición suya peculiarísima a la que acabo de aludir, y en la que no quiero entrar ahora. Baste decir por el momento que todo lo que no sea tener en cuenta este deseo de hallar una posición intermedia igualmente alejada del liberalismo y el clericalismo es olvidar dónde está el blanco decisivo al que deben dirigirse los ataques, y quitar eficacia a la polémica.

Abrimos una obra central de la última época de Maritain y copiamos lo que sigue: “El segundo rasgo característico del régimen temporal que estamos considerando se refiere a lo que podría llamarse una concepción cristiana del Estado profano o laico; consistiría en una afirmación de la autonomía de lo temporal a título de fin intermedio, conforme a las enseñanzas de León XIII, que declaran la supremacía –en su orden- de la autoridad del estado (…). Reconocería desde luego la primacía de lo espiritual, pero lo temporal ya no estaría supeditado a ello a título de agente instrumental, como ocurría tantas veces en la Edad Media, sino a título de agente principal menos elevado; y el bien común terrenal no se consideraría ya como simple medio respecto de la vida eterna, sino que se consideraría como lo que es esencialmente en este respecto, como fin intermedio (…). Subordinación real y efectiva –esto es lo que contrasta con las concepciones modernas galicanas y liberales-, pero subordinación que ya en ningún caso reviste la forma de la simple ministerialidad –y esto es lo que contrasta con la concepción medieval-“(1).

Párrafos como éste en que Maritain distingue su posición frente a las concepciones modernas liberales abundan en las últimas obras del pensador francés, y pueden ser aducidos fácilmente por él o por sus partidarios contra el libro de Meinvielle.

La impugnación de Maritain debe dirigirse, ante todo, contra la posibilidad de esta posición intermedia que contrasta por igual con las concepciones del liberalismo y las de la Edad Media. Haciendo ver que esta actitud es imposible, se hará ver también que implica la repulsión del ideal de la concordia del sacerdocio y el imperio como doctrina práctica valedera para nuestro tiempo, y que esto es caer YA en el liberalismo. De esta suerte se llegaría a la misma afirmación que da toda su calidad y todo su empuje al libro de Meinvielle, tan henchido de espléndidas consideraciones y de sólidas advertencias a propósito de Maritain. Pero se llegaría por un camino más ancho y despejado, más abierto a todas las peculiares preocupaciones del filósofo francés, y que nos permitiría desmontar las piezas más íntimas de su sistema, haciendo ver así de dentro afuera la raíz de sus errores políticos, y no meramente las coincidencias que, como consecuencia, tiene su postura con otros movimientos condenados por la Iglesia. Este nuevo modo de presentar y resolver la doctrina de Maritain, que todavía no ha sido intentado por nadie, no anularía la afirmación de Meinvielle, sino que la permitiría brillar con mayor brillo, según se traslucirá en un estudio que espero publicar próximamente sobre la obra del pensador francés.

LEOPOLDO EULOGIO PALACIOS

  1. Problemas espirituales y temporales de una nueva cristiandad.
  2. En la primera entrada me refería a la facultad de Teología de la Universidad de Navarra y el cariño con que se mira a Maritain. Aclarar que la asignatura en la que el pensador francés jugaba un papel central creo que era Filosofía social. Era principios de los 90, y el libro de referencia de la asignatura estaba escrito por un numerario que miraba para su obra en el Humanismo integral de Maritain.

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