MARITAIN (IV)

Visto el estado de la cuestión, ha llegado el momento de resolverla definitivamente. ¿Es el ideal de la concordia del sacerdocio y el imperio un ideal histórico concreto que sólo sirva para la Edad Media? O, dicho con otras palabras: ¿Es un ideal que sólo tienen ya en nuestro tiempo valor especulativo y ha perdido todo valor práctico?

Parece que, después de todas nuestras explicaciones, si se contestase afirmativamente, se negaría valor práctico a la doctrina tradicional de la Iglesia en lo que respecta a sus relaciones con el Estado, y el ideal histórico concreto de “la fuerza al servicio de Dios”, que no es otro que la doctrina práctica de la concordia del sacerdocio y del imperio, pasaría a la categoría de ideal muerto e irrealizable: cayéndose entonces en el error del “liberalismo católico”, el cual acepta la unión de la Iglesia y el Estado en el terreno especulativo, como tesis ya irrealizable, y aboga en la práctica por su separación.

Pues bien; Maritain no vacila en contestar afirmativamente. El ideal de servicio del estado a la Iglesia no vale ya para el ciclo histórico en que entramos. “Si nos fuera permitido –dice Maritain- emplear de una manera paradójica el lenguaje de la metafísica en el vocabulario de la filosofía de la historia diríamos que este ideal o esta imagen prospectiva, ha sido verdaderamente una esencia durante el medievo, es decir, un complejo inteligible capaz de existencia y exigiendo la existencia, pero que al presente, y con relación a la existencia concreta y fechada de la Edad histórica en que entramos, no puede ser sino un ente de razón concebido ad instar entis y sin capacidad de existir”.

Maritain insiste mucho en esta idea, según la cual el ideal de reconstruir una cristiandad por el estilo del sacro imperio es totalmente nocivo e inservible fuera de los límites de la Edad Media; por lo que fue extemporánea también la tentativa de Felipe II. Es decir, que la unión de la Iglesia y el Estado, y el servicio social de éste a la santa causa de la religión es un ideal ya muerto, que tuvo un día aptitud para existir y ser realizado, pero que es hoy incompatible con toda realización concreta y debe ser desechado y relegado al cielo histórico de la Edad Media, pues es inadecuado para mover, siquiera sea como ideal, los esfuerzos y aspiraciones de los católicos de nuestro tiempo.

Meinvielle no ha vacilado en calificar de “gravísima” esta postura de Maritain. “La tentativa de Maritain –afirma el sabio teólogo argentino- encierra el error sustancial del liberalismo teológico, es a saber, de que la doctrina de la Iglesia que hemos expuesto y que es conocida aun en documentos pontificios como la Inmortale Dei de León XIII, con el nombre de concordia del sacerdocio y el imperio, es una doctrina puramente especulativa, y que no es capaz de ser propuesta como fin a la voluntad del cristiano. Pero éste es un error gravísimo, error teológico, que contradice todas las enseñanzas de la Iglesia. ¿De manera que entonces la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII y la Inmortale Dei de León XIII, y las enseñanzas de los teólogos sobre la subordinación del estado a la Iglesia y las doctrinas de los canonistas sobre el derecho público eclesiástico son de realización no difícil, sino imposible, y no proponen un objetivo apto para ser querido plena e íntegramente y no presentan un fin capaz de arrastrar eficazmente las energías humanas?

La repulsa de Maritain como liberal parece confirmarse cuando se examina el ideal de la nueva cristiandad con que sustituye el ideal del sacro imperio: “el ideal histórico de la realización de la libertad”, opuesto por el francés a lo que él llama “el ideal de la fuerza al servicio de Dios”. Meinvielle insiste mucho a lo largo de todo su libro en que Maritain es el autor que admite todos los errores liberales: la creencia en el progreso inevitable, los derechos del hombre proclamados en la Revolución francesa, la libertad, igualdad y fraternidad de los revolucionarios, el sufragio universal, la nivelación de clases, la democracia como único sistema político admisible para el cristiano.

Según Meinvielle, Maritain continúa la obra de Lamennais y de otros movimientos puestos ya en entredicho, como las corrientes de Le Sillon, porque no respeta de un modo práctico los divinos derechos de la Iglesia. La nueva cristiandad que él concibe parece colocar a la Iglesia en el derecho común, puesto que propugna igualarla con otras familias religiosas, y alega en favor de este trato el hecho de que la sociedad política ha diferenciado más perfectamente su esferas propia, y agrupa de hecho en su bien común temporal a hombres que pertenecen a familias religiosas diferentes, por lo cual, como dice en Les droits de l´homme et la loi naturelle “se ha hecho necesario que, sobre el plano temporal, los principios de igualdad de derechos se apliquen a estas diferentes familias”. Esta es la célebre concepción pluralista de Maritain, la cual aseguraría “la base de la igualdad de derechos de las diversas familias religiosas institucionalmente reconocidas”. Esta concepción, según Meinvielle, desestima el derecho propio de la Iglesia, de origen positivo divino, y la coloca en la misma línea que las demás comunidades, como si el Estado no tuviera respecto de la Iglesia católica deberes diferentes de los que tiene respecto de las sectas.

Este libro de Meinvielle contiene acusaciones gravísimas contra Maritain. Ya el título de la obra, De Lammennais a Maritain, constituye una horrible denuncia, pues pone a Maritain en la misma línea que Lammennais, autor condenado por sus errores liberales, y que murió sin retractarse. Y a lo largo de sus páginas la continua comparación de párrafos del fundador de L´Avenir con otros del filósofo de Meudon no parecen tener otra finalidad que hacer ver, sin decirlo, que si Maritain no es un autor condenado es, a lo menos, condenable. No otra finalidad parece tener tampoco la nutrida comparación que hace el autor entre las novísimas posturas de Maritain en el terreno político y social y los errores, también reprobados, de Le Sillon.

LEOPOLDO EULOGIO PALACIOS

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