MARITAIN (III)

Un conocido efugio del catolicismo liberal consiste en decir que acepta toda la doctrina de la Iglesia en lo referente a las relaciones de ella con el estado, pero sólo en tesis, mas no en hipótesis. Nadie ignora que en el vocabulario político-religioso moderno se ha extendido mucho el uso de la distinción entre tesis e hipótesis. La tesis es la verdad definitiva, la hipótesis, la verdad circunstancial, el supuesto de la transigencia para la evitación de un mal mayor. Pues bien; los llamados católicos liberales niegan valor práctico y efectivo a la tesis, y consideran como única regla de acción la hipótesis, es decir, desalojan del terreno práctico la tesis tradicional y definitiva de la Iglesia, mandándola al cielo de lo especulativo, desde donde no puede hacerles daño. El liberalismo católico niega, por consiguiente, valor práctico a la doctrina tradicional de la Iglesia en lo que respecta a sus relaciones con el Estado.

Uno de los abuelos del actual resurgir del tomismo, Mateo Liberatore, pincela magistralmente la fisonomía de estos liberales en un sabroso texto de su obra La Iglesia y el Estado: “Estos –dice el autor italiano- rehúyen la discusión en el terreno abstracto de los razonamientos; pero viniendo al concreto de los hechos, reputan más prudente y más útil a la Iglesia misma su total separación del estado. Recuerdan los agravios sufridos por ella durante la esclavitud en que los príncipes de los pasados tiempos se esforzaban en tenerla so color de protección; y le aconsejan que renuncie por sí misma al infausto consorcio, y reduciéndose a solas sus fuerzas morales, no reclame ni espere auxilio alguno del poder civil, ni pretenda ejercer ninguna influencia en ningún ramo del poder político. En cuanto a las libertades llamadas modernas, dicen que la Iglesia puede y debe aceptarlas sin recelo, puesto que ellas no pueden menos de producirle ventajas, no habiendo nada tan conforme a la naturaleza del hombre como el gozar de plena libertad política y religiosa, venciendo todo yugo de servidumbre y de restricción. Dicen que, de todos modos, ésta es la tendencia universal de la sociedad moderna, y el contradecirla es una loca determinación que no suele producir otro resultado que el de enajenar cada vez más los ánimos a la Religión, con daño irreparable, no sólo de la sociedad civil, sino también de la misma Iglesia. Así se explican esos valerosos apologistas, los cuales, con una sencillez que enamora, se consideran como los únicos que ven claro, los verdaderos conocedores del mundo, los prudentes por excelencia, los legítimos defensores de los intereses católicos, y se lanzan de una manera feroz contra cualesquiera que les contradigan, sin omitir por eso el obligado panegírico de la caridad y la moderación”.

Este efugio inaceptable consistente en relegar la tesis tradicional de la Iglesia al orden especulativo negándole eficacia práctica para el presente es denunciado acertadísimamente por Reginaldo Garrigou-Lagrange en su conocida obra De Revolutione: “Es verdad, la tesis no puede considerarse como un ideal meramente especulativo y que debe ser abandonado en la práctica, porque esta tesis enuncia el mismo fin que ha de conseguirse, es a saber, que la verdadera religión ha de ser abrazada por los hombres no sólo individualmente (como quiere el liberalismo, para el que la religión es sólo un asunto privado), sino también socialmente. Para la consecución de este fin se han de considerar las circunstancias; por tanto, en algún caso o sea per accidens, dicta la prudencia que algún mal se haya de tolerar para evitar un mal mayor. Pero abandonar la tesis como algo puramente ideal, que sólo debe observarse en las escuelas de Teología, sería apartarse del mismo fin que se ha de conseguir. Sería esto caer en el oportunismo y apartarse más y más del amor de Dios y de las almas; además la tesis que enuncia una gravísima obligación se consideraría como una palabra vacía y como si fuese nada.

De este modo, por el abuso de esta distinción entre tesis e hipótesis, como si la tesis fuera meramente especulativa y la hipótesis la única regla práctica, se destruiría poco a poco la acción social; ya muchos católicos parecen ignorar las obligaciones de la sociedad para con Dios, y consideran como algo legítimo la neutralidad del estado, la neutralidad de la escuela, la completa libertad de conciencia. Por este camino la sociedad se convierte radicalmente en irreligiosa y atea”.

Hoy Maritain, pródigo en recursos ingeniosos, idea una nueva distinción para sustituir lo que antes era la tesis y la hipótesis. Veamos primero cómo vitupera, en su obra Du regime temporel et de la liberté, esta usual distinción del vocabulario político-religioso: “En la afirmación de la “tesis” –dice- se da campo libre a la más elemental univocidad, mientras que con la “hipótesis” toma el desquite una completa equivocidad. La tesis se hace tanto más majestuosa cuanto una secreta conciencia de su ineficacia, y un secreto deseo de que siempre quede teórica la substrae a la prueba de la existencia. La hipótesis es tanto más abandonada a todas las facilidades del oportunismo y del liberalismo cuando el estado nuevo del mundo, del que no se tiene una conciencia empírica parece más alejado de una situación intemporal confundida con el pasado como pasado. Por debajo de un firmamento estrellado especulativo, la acción es dejada así, en el orden propiamente práctico, casi sin principios”.

Y a esta distinción de la tesis y de la hipótesis opone Maritain otra de su invención, en la que la tesis es sustituida por la que él llama “un ideal histórico concreto”, y la hipótesis por lo que él llama “las condiciones de realización efectiva” de este ideal práctico. He aquí sus palabras. 2ª esta noción mal entendida de la tesis y de la hipótesis creemos que es necesario oponer otra concepción, en la que no existe una “tesis” instalada en un mundo separado de la existencia, sino lo que hemos llamado un ideal histórico concreto, o práctico, una imagen que encarna, para un cielo histórico dado, y bajo una forma esencialmente apropiada a éste, las verdades suprahistóricas que entonces se distinguirán, no de una “hipótesis” entregada al oportunismo, sino de las condiciones de realización efectiva de este ideal práctico. Es éste un ideal realizable, más o menos difícilmente, quizá con extremas dificultades, pero hay una diferencia de naturaleza entre la dificultad y la imposibilidad. De hecho encontrará obstáculos, se realizará más o menos mal, el resultado obtenido podrá ser débil, si se quiere, nulo: lo esencial consiste en que hay allí un objetivo apto para ser querido plena e íntegramente, y para arrastrar eficazmente las energías humanas, que tenderán hacia él de una manera tanto más viva cuanto la voluntad se lo propondrá en su integridad”.

Este ideal histórico concreto, imagen o “mito” (en el sentido que emplea esta palabra Jorge Sorel, y que a Maritain le agrada), encarna las verdades suprahistóricas del cristianismo adecuándolas a un ciclo histórico dado, por ejemplo, adecuando las verdades suprahistóricas del cristianismo al ciclo histórico de la cristiandad medieval o al ciclo histórico de la cristiandad futura (pues para Maritain el cristianismo es uno, pero las cristiandades o civilizaciones cristianas pueden ser muchas). En la Edad Media este ideal histórico fue “la fuerza al servicio de Dios”; en la Nueva Cristiandad debe ser “la realización de la libertad”. Las verdades suprahistóricas del cristianismo son, según Maritain, conceptos analógicos con analogía de proporcionalidad propia, que se realizan de manera esencialmente diversa en cada ideal histórico concreto. Estos ideales históricos concretos vienen a jugar el papel de analogados respecto de la verdad suprahistórica del cristianismo, que es la ratio análoga que se realiza en ellos.

Leopoldo Eulogio Palacios

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