LOS SANTOS QUE VIENEN (I)

A cuenta del caso Angelelli es preciso realizar algunos apuntes más sobre el tema de las beatificaciones-canonizaciones, especialmente las que veremos a partir de ahora.

Todas las organizaciones formada por hombres, la Iglesia lo es aunque haya sido fundada por Cristo y esté asistida por el Espíritu Santo, están sometidas a la posibilidad de sufrir crisis de distintos tipos. Es suficiente con echar un vistazo a la historia de la Iglesia.

Las crisis se manifiestan de diversas maneras y tienen alcances distintos. No es atrevido afirmar que la crisis en la Iglesia es una auténtica metástasis y que viene de lejos. No se desaparece del mapa en dos generaciones si la crisis no es muy profunda.

Este hecho también se manifiesta, y se manifestará aún más, en los modelos que la Iglesia propone.

Hasta ahora, y por algunas de las personas propuestas, el tema no era tan evidente, pero también aquí Francisco ha tenido a bien dinamitar los diques.

¿Por qué no era tan evidente? Porque algunos de los modelos propuestos no «cantaban». Me refiero, por supuesto, a Juan XXIII y Pablo VI, por ejemplo. También incluiría, por ejemplo, a Monseñor Romero.

Afirma el Padre Iraburu en uno de sus artículos:

Cuando la Iglesia canoniza un Papa, canoniza su persona, no canoniza su Pontificado, es decir, todos y cada uno de los actos de su ministerio en la Sede de Pedro. Sin embargo, la fe nos asegura que Cristo conforta muy especialmente al Obispo de Roma, personalmente y en cuanto Pastor de toda la Iglesia; y que esta asistencia es muy eficaz cuando, como en el caso de Juan XXIII y de Juan Pablo II, las personas son santas, es decir, plenamente dóciles al Espíritu Santo.

Algunos afirman hoy públicamente que las canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo II son falsas, alegando que la infalibilidad pontificia no asiste necesariamente a los Papas cuando declaran ante la Iglesia universal la santidad de un cristiano. Entre los que así piensan podemos citar a Mons. Fellay y a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X que él preside. Y a esta posición de lefebvrianos y filolefebvrianos se añade, entre otros, el señor Roberto de Mattei.

En todo caso, y volviendo a los primero citados, no deja de ser curioso que los tradicionalistas extremos impugnen una doctrina que, aunque no haya sido objeto de una declaración pontificia «ex cathedra», es tan predominante en la tradición de la Iglesia. En efecto, el pueblo cristiano y fiel (sensus fidelium) cree con fe firme en la santidad de los santos declarados y definidos como tales por la máxima Autoridad apostólica de la Iglesia. Ella los eleva a los altares para que les demos culto litúrgico, solicitemos su intercesión y los tomemos como modelos perfectos y seguros de la santidad cristiana.

En este tema, como en tantos otros, algunos católicos simplemente manifestamos nuestra perplejidad y expresamos en voz alta nuestras dudas. Dudas nunca respondidas. Es otra de las manifestaciones de la crisis: abrazos, guiños, arrumacos con cualquier perseguidor de la Iglesia, desprecios para quien, amando a la Iglesia, simplemente plantea preguntas legítimas que afectan a la Fe.

Vienen bien los muñecos de paja, lefebvrianos y filolefebvrianos, para arrinconar ciertos debates, pero eso no hará desaparecer las dudas. Entre otras muchas, podríamos plantear las siguientes:

  • Entre el Beato Urbano V (1362-1370) y el Concilio Vaticano II, sólo hay 3 beatos (el citado, Inocencio XI, 1676-1689, Pío IX, 1846-1878) y 2 santos (San Pío V, 1566-1572, San Pío X, 1903-1914). Eso en casi 600 años. Posteriormente al Concilio Vaticano II, y coincidiendo con la mayor crisis en la historia de la Iglesia, hemos disfrutado de una batería de santos en el Papado sólo comparable a los primeros siglos. Son Santos, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, y ya está en proceso Juan Pablo I. No falta nadie, ya estamos todos.
  • ¿Se puede ser santo por una cosa y su contraria? Por ejemplo, se puede ser santo luchando contra el comunismo, un rasgo distintivo de Juan Pablo II, y santo siendo filo-comunista, como Angelelli. Se puede ser santo, luchando contra el modernismo, San Pío X, o rehabilitando el pensamiento más o menos modernista, como Pablo VI. Ahí está el papel fundamental jugado por teólogos como Rahner, Kung o Schillebeeckx, en el Concilio y Post-Concilio.
  • Se puede afirmar que eres mártir por odio a la fe, y por tanto santo, en casos en los que sabemos que no es así, por ejemplo, Monseñor Romero. En efecto, a Monseñor Romero, como Ellacuría y el resto de jesuitas, no los mataron por odio a la fe, los mataron por ser asociados, acertada o desacertadamente, con uno de los bandos de la guerra civil de El Salvador, el comunista. A este caso, habría que añadir ahora el de Angelelli.

Se puede arrinconar también este debate pero la termita sigue horadando también este pilar de la Fe. Si quien hace suyas ideologías cuyo objetivo manifestado es la destrucción de la Iglesia es elevado a los altares, y no se pone en duda, todo el edificio de la Fe queda tocado.

Capitán Ryder

P.D: Hay más termitas en camino, mañana hablamos de ellas.

http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1404271038-268-2-los-papas-santos-de-la

 

 

 

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