¡LEVANTAD EL ANIMO!

“No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mateo 10:34), “y los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mateo 10:36).

Ciertamente, este Papado está provocando disensiones en las familias católicas como yo no había visto. Hay mucha gente que lo está pasando mal, incomprensiones, desprecios, silencios y, eso sí, ningún argumento para explicar lo que algún sacerdote ha dicho, con no poca desvergüenza, “el nuevo paradigma”, que, curiosamente, nada cambiaría de la doctrina.

Hoy recordaba Luis Fernando Pérez Bustamante, con unas palabras preciosas, lo que es esencial “Mal soldados de la milicia de Cristo seremos si no estamos plenamente unidos a Él mediante la vida sacramental y de oración. El activismo apologético puede ser una mera trampa pelagiana si no reconocemos y damos paso en nuestras vidas a la primacía absoluta de la gracia, de forma que reconozcamos que, como mucho, no pasamos de ser siervos inútiles que hacen aquello que se les pide y se les concede hacer. Y que si no bebemos constantemente de la fuente del mismo Cristo, nuestra propia fuente quedará seca”.

http://infocatolica.com/blog/coradcor.php/1711141212-no-olvidemos-lo-esencial

Por eso, levantad el ánimo, la victoria es segura, pues es promesa del mismo Jesucristo

Recordamos, por puro deleite, la arenga que el rey Enrique V dirigió a sus menguadas y agotadas tropas antes de la batalla de Azincourt y que el genio de Shakespeare ha hecho célebre. La superioridad francesa es aplastante y el rey de Inglaterra intenta animarles con unas palabras maravillosas, apelando a la camaradería y a la pervivencia de su valor.

WESTMORELAND

¡Ójala tuviéramos aquí ahora

aunque fuera diez mil de aquellos hombres que en Inglaterra

están hoy ociosos!

REY ENRIQUE V

¿Quién pide eso?

¿Mi primo Westmoreland? No, mi buen primo:

Si hemos de morir, ya somos bastantes

para causar una pérdida a nuestro país; y si hemos de vivir,

cuantos menos hombres seamos, mayor será nuestra porción de honor.

¡Dios lo quiera! te lo ruego, no desees un solo hombre más.

Por Júpiter, no codicio el oro,

ni me importa quién se alimente a mi costa;

no me angustia si los hombres visten mis ropas;

esos asuntos externos no ocupan mis deseos:

Pero si es pecado codiciar el honor,

soy la más pecadora de las almas vivientes.

No, créeme, primo, no desees un solo hombre de Inglaterra:

¡paz de Dios! no perdería un honor tan grande

Como el que un solo hombre creo que me arrebataría

por lo que más deseo. ¡Oh, no pidas uno solo más!

Proclama, en cambio, Westmoreland, por mi ejército,

que el que no tenga estómago para esta pelea,

que parta; se redactará su pasaporte

y se pondrán coronas para el viático en su bolsa:

no quisiéramos morir en compañía de un hombre

que teme morir en nuestra compañía.

Este día es la fiesta de Crispín:

el que sobreviva a este día y vuelva sano a casa,

se pondrá de puntillas cuando se nombre este día,

y se enorgullecerá ante el nombre de Crispín.

El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada,

agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta,

Y dirá: ‘Mañana es San Crispín’.

Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices

y dirá, ‘Esta heridas recibí el día de Crispín’.

Los viejos olvidan: y todo se olvidará,

pero él recordará con ventaja

qué hazañas realizó en ese día: entonces recordará nuestros nombres.

Familiares en sus labios como palabras cotidianas

Harry el rey, Bedford y Exeter,

Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester,

se recordarán como si fuera ayer entre sus jarras llenas.

El buen hombre contará esta historia a su hijo;

y nunca pasará Crispín Crispiniano,

desde este día hasta el fin del mundo,

sin que nosotros seamos recordados con él;

nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos;

porque el que hoy derrame su sangre conmigo

será mi hermano; por vil que sea,

este día ennoblecerá su condición:

y los gentileshombres que están ahora en la cama en Inglaterra

se considerarán malditos por no haber estado aquí,

y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno

que luchara con nosotros el día de San Crispín.

 

Al día siguiente, la banda de hermanos de Enrique V aplastó al ejército francés en Azincourt de una manera absoluta. (el diálogo está tomado de elmanifiesto.com, existen varias traducciones)

 

NOTA: Es ciertamente evocador en los tiempos que corren, especialmente ese nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos.

 

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