LAS CURIOSAS COSTUMBRES DEL JOVEN MARX

Ya llegará el momento de hablar de la Encíclica Divini Redemptoris. De momento, nos contentamos con ir desbrozando la hojarasca para que cualquier católico de bien tenga una conciencia exacta de qué es el comunismo, la incompatibilidad de este con el catolicismo, y la incomprensible simpatía, cuando no complicidad, que le han profesado muchos eclesiásticos, incluidos Papas.

Traemos a colación, continuará los próximos días, un capítulo muy interesante del libro de Rino Cammilleri (magnífico, como todos los suyos) Los monstruos de la razón.

Las curiosas costumbres del joven Marx

Según la teología católica, diabolus simia Dei, el diablo es el mono de Dios y propone siempre un proyecto de unidad del género humano que sea antecámara del infierno.

Pero ¿no será arriesgada la comparación? ¿No será que establecer un paralelismo entre comunismo, absolutamente “laico”, y Satanás no es otra cosa que el fruto de una fijación monomaníaca del grupo de los católicos reaccionarios?

Hace unos diez años Edizioni San Paolo publicó un libro desconcertante: Mio caro diavolo. Ipotesi demonologiche su Marx e il marxismo. Su autor es un pastor protestante, Richard Wurmbrand, ex militante marxista convertido al cristianismo. Después de haber sido “huésped” en varias ocasiones de los gulags rumanos, expatriado gracias al rescate pagado por los protestantes suecos al Gobierno de Rumanía, Wurmbrand se entregó a estudiar la personalidad de Marx en los aspectos que no aparecen en las obras clásicas sobre el filósofo de Tréveris. Hay que decir honestamente que Wurmbrand no llega a demostrar, con pruebas en la mano, que Marx hubiese estado afiliado a alguna secta satánica, pero los indicios hallados por él en tal sentido son, sin duda alguna, inquietantes.

Marx, aunque de origen judío, fue bautizado en la religión cristiana. En la escuela fue un alumno modelo, particularmente brillante en las composiciones de carácter religioso. En uno de estos temas escribía así: “La unión con Cristo da satisfacción interior, consuelo en el dolor, tranquila certeza, y abre el corazón al amor al prójimo, a todas las cosas nobles y grandes, no ya por ambición ni ansia de gloria, sino por amor a Cristo”.

El año 1841 su encuentro con Moses Hess lo convertía al socialismo. Pero antes de este encuentro se había operado en él un cambio radical. Una misteriosa enfermedad, de la que nada dicen las fuentes, lo llevó al borde de la muerte. Y apenas salió de ella, apareció el nuevo Marx.

Durante su paso por las escuelas superiores se entregó a la poesía, pero sus poemas tenían, obsesivamente, un fondo satánico. En la Invocación de un desesperado escribía: “Quiero vengarme del que reina por encima de nosotros”. Y también: “Quiero construirme un trono en las alturas/su cima será glacial y gigantesca/tendrá por baluarte un terror supersticioso/por mariscal la agonía más tétrica”.

Ahora bien, el caso de personajes particularmente sensibles que tras una enfermedad oscura se levantan completamente transformados no es nuevo. En determinados períodos históricos, caracterizados por el viento revolucionario, algunas personas aparecen presas de un “psicodrama colectivo”. De ello da fe el historiador del arte Hans Sedlmayr a propósito de muchos artistas durante la Revolución francesa. Goya tuvo una experiencia análoga: tras una misteriosa enfermedad comenzó a pintar demonios. Lo mismo ocurrió en el 68 y muchos testimonios de “veteranos” se han manifestado en tal sentido. Podría pensarse que en ciertos períodos de la Historia fuerzas oscuras –quizá evocadas a propósito- se desencadenen en modo particular. En cualquier caso, estamos, sin duda, en el campo de la pura hipótesis. Sin embargo, los datos no son pocos y los indicios –para quien quiera verlos- resultan significativos.

Continuará…

Capitán Ryder

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