LA PENA DE MUERTE. IOTA UNUM (III)

Variación doctrinal de la Iglesia

También en la teología penal se delinea en la Iglesia una variación importante. Citaremos solamente documentos del episcopado francés (que sostenía en 1979 que debía abolirse en Francia la pena de muerte como incompatible con el Evangelio), los de los obispos canadienses y norteamericanos, y los artículos de OR, 22 enero de 1977 y 6 de septiembre de 1978, que consideraban la pena de muerte lesiva para la dignidad humana y contraria al Evangelio.

En cuanto al último argumento, debe observarse que, sin aceptar (antes bien rechazando) la celebración de la pena capital hecha por Baudelaire como un acto sacro y religioso, no se puede cancelar de un plumazo la legislación del Viejo Testamento, que es una legislación de sangre. No se puede igualmente cancelar de un plumazo ya no digo la legislación canónica, sino la misma enseñanza del Nuevo Testamento. Sé bien que según los nuevos cánones hermenéuticos se le quita importancia al pasaje típico de Rom. 13, 4 (que otorga el ius gladii a los príncipes y los llama ministros de Dios para castigar a los malvados), como expresión de una condición histórica superada. Sin embargo, en el discurso del 5 de febrero de 1955 a los juristas católicos, Pío XII rechazó explícitamente tal interpretación sosteniendo que ese versículo tiene un valor duradero y general, pues se refiere al fundamento esencial del poder

penal y su finalidad inmanente.

Además, el Evangelio de Cristo permite indirectamente la pena capital, yaque dice ser mejor para el hombre ser condenado a muerte por ahogamiento que cometer un pecado de escándalo (Mat. 18, 6). Y de Hech. 5, 1-11 se deduce que la pena de muerte no fue aborrecida por la comunidad cristiana primitiva: los cónyuges Ananías y Safira, reos de fraude y de mentira en perjuicio de sus hermanos, comparecen ante San Pedro y son castigados. Sabemos por los comentarios bíblicos que tal condena fue tachada de cruel por los enemigos contemporáneos del cristianismo.

La transformación operada se evidencia en dos puntos. En la nueva teología penal no se hace ninguna consideración a la justicia, y toda la cuestión gira sobre la utilidad de la pena y su idoneidad para reinsertar al reo en la sociedad. Aquí el pensamiento innovador se reconduce, como en otros puntos, al utilitarismo de la filosofía jacobina, según la cual el individuo es esencialmente independiente, y aunque el Estado puede defenderse del delincuente, no puede castigarlo porque haya infringido la ley moral, es decir, porque sea moralmente culpable. Tal ausencia de culpabilidad del reo se traduce entonces en un menosprecio hacia la víctima e incluso en la preferencia otorgada al reo sobre el inocente. En Suiza el ex-presidiario está privilegiado en las oposiciones a cargos públicos en relación al ciudadano sin antecedentes. La consideración de la víctima se eclipsa ante la misericordia para el maleante. El asesino Buffet, dirigiéndose hacia la guillotina, grita su esperanza de ser el ´ultimo guillotinado de Francia. Debería gritar la de ser el ´ultimo asesino. La pena por el delito parece más detestable que el delito, y la víctima cae en el olvido. La restauración del orden moral violado por la culpa es rechazada como un acto de venganza. Se trata sin embargo de una exigencia de justicia, que debe perseguirse incluso si no se puede anular el mal pretérito y resulta imposible la enmienda del reo. Hasta resulta atacado el concepto mismo de la justicia

divina, que castiga con la pena a los condenados, fuera de toda esperanza o posibilidad de arrepentimiento (§41.4). Pero el concepto mismo de redención del reo se reduce a una mutación de orden social. Según OR del 6 de septiembre de 1978, la redención es la conciencia de volver a ser útil para los hermanos y no, como quiere el sistema católico, la detestación de la culpa y la reconducción de la voluntad a conformarse con el carácter absoluto de la ley moral(1).

Y cuando se argumenta que no se puede quitar la vida a un hombre porque se le quitaría la posibilidad de la expiación, se olvida esa gran verdad según la cual la misma pena capital es una expiación. En la religión humanista, la expiación consiste primariamente en la conversión del hombre hacia los hombres; por consiguiente se hace necesario conceder tiempo a esta conversión, y no abreviarla(2).

En la religión de Dios, por el contrario, expiación es primeramente reconocimiento de la majestad y el señorío divinos, los cuales, conforme al principio de la puntualidad de la vida moral (§29.2), se deben y se pueden reconocer en todo momento. El OR de 22 enero 1977, combatiendo la pena de muerte, escribe que al delincuente la comunidad debe concederle la oportunidad de purificarse, de expiar su culpa, de ser rescatado del mal, lo que la pena capital no permite. Escribiendo así, el diario niega el valor expiatorio de la muerte, que es máximo para la naturaleza mortal del hombre, como sumo (en la relatividad de los bienes de este mundo) es el bien de la vida en cuyo sacrificio consiente quien expía. Por otra parte, la expiación de Cristo inocente por los pecados del hombre está conectada con una condena a

muerte. No deben además olvidarse las conversiones de ajusticiados logradas por San José Cafasso, y tampoco algunas cartas de condenados a muerte de la Resistencia 3 . El extremo suplicio, gracias al ministerio del sacerdote que se interpone entre el juez y el verdugo, dio lugar a menudo a admirables transformaciones morales: desde la de Niccolo di Tuldo, confortado por Sta. Catalina de Siena, quien nos dejó el relato en una carta famosa, a la de Felice Robol, asistido sobre el patíbulo por Antonio Rosmini 4 ; desde Martín Merino, que atentó en 1852 contra la reina de España, a nuestro contemporáneo Jacques Fesch, guillotinado en 1957, cuyas cartas de la cárcel son un testimonio conmovedor de una perfección espiritual propia de un predestinado(3).

Por consiguiente, el aspecto más irreligioso de la doctrina que rechaza la pena capital resalta en el rechazo de su valor expiatorio, que es sin embargo máximo en la visión religiosa, porque incluye el supremo consentimiento a la suprema privación en el orden de los bienes mundanos. Viene bien a este propósito la sentencia de Santo Tomás, según la cual la condena capital cancela, además de toda deuda de pena debida por el delito a la sociedad humana, también toda deuda de pena en la otra vida. Es interesante referir las palabras precisas: Mors illata etiam pro criminibus aufert totam poenam pro criminibus debitam in alia vita vel partem poenae secundum quantitatem culpae, patientiae et contritionis, non autem mors naturalis (4) .

La fuerza moral de la voluntad expiante explica también la infatigable solicitud con que la Compañía de San Juan Decollato, acompañando al suplicio a los condenados, multiplicaba las sugerencias, instancias, y ayudas para procurar mover hacia el consentimiento y la aceptación el ánimo de quien iba a morir, y hacer así que muriese en gracia de Dios(5).

 

Notas del Capitán (1), (2), (3) y (6)

 

Notas del Romano Amerio (4) y (5)

(1) Y (2) Nombramos mucho a Cristo pero todo lo que no encaja con nuestra particular forma de entender la Fe es apartado, con lo que la voluntad de Dios pasa a ser algo secundario. Por supuesto, esto parece especialmente acentuado en nuestros pastores que son capaces de inventar cualquier explicación para justificar sus infidelidades a la Palabra. Es la consecuencia lógica de girar el centro de Dios al hombre, a los parámetros de los hombres.

(3) No sólo fue la conversión de Fesch, asesino, con un hijo fuera del matrimonio etc sino el ímpetu que puso en convertir a los suyos. Entre ellos, su abogado homosexual a quien no se limitó a “acompañar” en sus debilidades caminito al infierno. Algo que, por otra parte, el abogado tenía muy claro pues era católico y estaba intentando dejar atrás el mundo en el que se movía.

(4) Summa theol. Index, en la voz mors (ed. Turín 1926). La muerte infligida como pena por los delitos borra toda la pena debida por ellos en la otra vida, o por lo menos parte de la pena en proporción a la culpa, el padecimiento y la contrición. La muerte natural, sin embargo, no la borra.

(5)Sumamente revelador es a este propósito lo que se lee en las Relaciones de la Compañía de San Juan Decollato en Roma sobre el jueves 16 de febrero de 1600, en torno al suplicio de Giordano Bruno. Le fueron acompañando siete confesores, dominicos, jesuitas, del Oratorio y de San Jerónimo, para que donde no bastase la espiritualidad de un género, tuviese por ventura acogida la de otro(6): VINCENZO SPAMPANATO, Documenti della vita di Giordano Bruno, Florencia 1933, p. 197. A este propósito puede verse el libro de VINCENZO PAGLIA, La morte confortata, Roma 1982, especialmente el cap. VII, La morte del condannato esempio ella morte cristiana.

(6) Según la nueva redacción de Francisco todos ellos atentaban contra la inviolabilidad y dignidad de la persona. Por cierto, Vincenzo Paglia, ¡quién te ha visto y quién te ve!. De defender la pena de muerte según la doctrina cristiana a poner de ejemplo a defensores del divorcio, el aborto o la homosexualidad.

Capitán Ryder

P.D. La fotografía está dedicada a Monseñor Sorondo, uno de los más cercanos colaboradores de Francisco, quien afirmaba que en China es donde mejor se implementa la Doctrina Social de la Iglesia. Es lo que pasa cuando lo que predomina es la ideología sobre la Fe que van saliendo contradicciones a cada paso. Donde se aplica la pena de muerte sin cumplir ninguno de los parámetros que la Iglesia exige para su aplicación se cumple la Doctrina Social, donde se pida que se cumpla ajustándose a esos parámetros se viola la dignidad de las personas.

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