LA PENA DE MUERTE. IOTA UNUM (I)

Vittorio Messori en su magnífico ensayo “Leyendas negras de la Iglesia” dedica un capítulo a la pena de muerte. Dicho capítulo está inspirado en lo que Romano Amerio escribió al respecto en Iota Unum. El mismo Messori trae a colación una larga cita del filósofo suizo.

Al final del capítulo Messori pone el dedo en la llaga sobre la forma de abordar este asunto, desgraciadamente hoy día es la manera de abordar CUALQUIER asunto en la Iglesia, y así señala Esto no son más que tanteos “religiosos” sobre un tema que en la actualidad hasta los creyentes parecen encarar con la típica e iluminada superficialidad laica. Se podría y debería decir algo más como complemento a las razones de la Iglesia, esa que todavía es responsable de las Escrituras y la Tradición. Por ejemplo, la idea bíblica y paulina de la sociedad entendida no como una suma de individuos sino como un cuerpo u organismo vivo con derecho a extirparse aquel de sus miembros que considere infectado(1). Se trata del concepto de legítima defensa que correspondería al individuo, como propugnarían los individualistas, pero también al cuerpo social. O asimismo, del concepto de restitución del orden de la justicia y la moral quebrantadas”.

Intentaremos abordar el asunto en profundidad, y las consecuencias para la Fe, en próximos post de la mano, como no, de Romano Amerio, que a comienzo de los 80 ya anticipada lo ocurrido estos días(2).

Antes de comenzar un pequeño párrafo, para provocar (3), lo confieso, del ensayo de Vittorio Messori: “Al margen de lo que ocurra en la legislación civil, el problema resulta más delicado para un creyente cuando se plantea desde una perspectiva religiosa. La Iglesia católica (con el consenso, por otro lado, de las ortodoxas y protestantes y exceptuando a algunas pequeñas sectas heréticas de los propios reformados) nunca ha negado que la autoridad legítima posea el poder de infligir la muerte como castigo. La propuesta de Inocencia III, confirmada por el Cuarto Concilio de Letrán de 1215, según la cual la autoridad civil “puede infligir sin pecado la pena de muerte, siempre que actúe motivada por la justicia y no por el odio y proceda a ella con prudencia y no indiscriminadamente” es materia de fide. Esta declaración dogmática confirma toda la tradición católica anterior y sintetiza la posterior. De hecho, hasta ahora no ha sido modificada por ninguna otra sentencia del Magisterio (4).

Vamos ya con Romano Amerio, luz sobre la oscuridad que se empeñan en traernos nuestros pastores.

La pena de muerte era justificada teóricamente y practicada en todas las naciones como la sanción extrema con que la sociedad castiga al delincuente con el triple fin de reparar el orden de la justifica, defenderse, y disuadir a otros del delito.

La legitimidad de la pena capital se basa en dos proposiciones. Primera: la sociedad tiene derecho a defenderse; segunda: la defensa supone todos los medios necesarios para ella. La pena capital está contenida en la segunda proposición, a condición de que quitarle la vida a un miembro del organismo social resulte necesario para la conservación de la totalidad.

La creciente disposición de los contemporáneos a la mitigación de las penas es por un lado efecto del espíritu de clemencia y mansedumbre propio del Evangelio, contradicho durante siglos por feroces costumbres judiciales. Es cierto que a causa de una contradicción que no vamos a indagar ahora, el horror por la sangre perseveró en la Iglesia. Conviene así recordar que no sólo el verdugo era objeto de irregularidad en el derecho canónico, sino también el juez que condenaba a muerte iuxta ordinem iuris e incluso quien intervenía y testificaba en una causa capital, si se seguía la muerte de una persona(5).

  1. Esta idea también está muy debilitada en lo que podríamos denominar “catolicismo conservador”, que infectado de liberalismo propugna la autonomía total del individuo respecto a la sociedad. Una idea surgida como contraposición, falsa, al socialismo. De ahí surge una visión de la sociedad absolutamente enferma, por la que da igual que esta se vaya a paseo siempre que yo me mantenga a flote. Es un tema profundo, y capital, pero que deberá ser objeto de otras entradas en un futuro, creo que lejano.
  2. La modificación sobre la pena de muerte realizado por Francisco en el Catecismo.
  3. ¡Chispas! ¡Y ahora que hacemos! Aquí estarían bien una palabras de ese pan sin sal, creo que se apellida Gil Tamayo, portacoz de la Conferencia Episcopal Española, que salió raudo y veloz a explicar que ellos habían animado a Francisco en el sentido del cambio sobre la pena de muerte en el Catecismo. Unas palabras, las de Gil Tamayo, que confirman que uno de los lugares donde más peligro se corre de perder la Fe es cerca de un obispo, al menos en España.
  4. Francisco es capaz de modificar, casi cada día, cualquier Verdad de Fe.
  5. Tenían prohibido acceder a las órdenes sagradas.

Capitán Ryder

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