LA PENA DE MUERTE. IOTA UNUM (II)

Ya que los obispos, arzobispos y cardenales no aclaran nada habrá que acudir a los laicos que dieron, y dan, las explicaciones oportunas. Ellos son quienes reconfortan a las ovejas.

LA OPOSICION A LA PENA CAPITAL

La oposición a la pena capital (1), puede nacer de dos motivos heterogéneos e incompatibles, y conviene juzgarla por los aforismos morales de que procede. Puede surgir de la execración del delito unida a la conmiseración por la debilidad humana, y por consideración hacia la libertad del hombre, capaz durante toda la duración de la vida mortal de resurgir de cada caída. Puede sin embargo también derivar del concepto de inviolabilidad de la persona en cuanto sujeto protagonista de la vida terrena, tomándose la existencia mortal como un fin en sí misma que no puede ser roto sin frustrar el destino del hombre.

Este segundo modo de rechazar la pena de muerte, aun considerado por muchos como religioso, es en realidad irreligioso. Olvida que para la religión la vida no tiene razón de fin, sino de medio para su fin moral, más allá del orden de los subordinados valores mundanos. Por tanto, quitar la vida no equivale sin más a arrebatar al hombre definitivamente el fin trascendente para el cual ha nacido y que constituye su dignidad.

El hombre puede “propter vitam vivendi perdere causas”, es decir, hacerse indigno de la vida por haberla identificado con ese mismo valor al que sin embargo ella debe servir. Por esta razón está implícito en ese motivo el sofisma de que matando al delincuente, el hombre, y en concreto el Estado, tiene el poder de truncar su destino, sustraerle al fin ´ultimo, y quitarle la posibilidad de cumplir su destino de hombre. La verdad es la contraria. Al condenado a muerte se le puede truncar su existencia, pero no arrebatarle su fin. Las sociedades que niegan la vida futura y ponen como máxima el derecho a la felicidad en el mundo de aquí abajo deben huir de la pena de muerte como de una injusticia que apaga en el hombre la posibilidad de alcanzar la felicidad. Y es una paradoja verdadera (muy verdadera) que quienes impugnan la pena capital defienden un Estado totalitario, pues le atribuyen un poder mucho mayor del que tiene, más bien un poder supremo: truncar el destino de un hombre (2) .

No pudiendo la muerte ejecutada por un hombre contra otro perjudicar ni al destino moral ni a la dignidad humana, tanto menos puede impedir y prejuzgar a la justicia divina, que ejerce un juicio por encima de todos los juicios. El sentido de las palabras inscritas en la espada del verdugo de Friburgo (Señor Dios, Tú eres el juez) no es identificar la justicia humana con la divina, sino al contrario: es el reconocimiento de esa suprema justicia que juzga todas nuestras justicias.

(1)Tal oposición se ha hecho casi generalizada, y se contempla la pena capital en sí misma como una injusticia. Muchos Estados miembros del Consejo de Europa han firmado en 1983 un protocolo adicional a la Convención europea de los derechos del hombre con el que se obligan a abolir de sus leyes la pena de muerte.

(2)Es por consiguiente falsa la afirmación de Sor ANGELA CORRADI, misionera entre los presos, en el Meeting de Rimini(3) (OR, 25 agosto 1983): la cárcel sería la ocasión para aplastar definitivamente a un hombre. Según la religión, es imposible para un hombre aplastar definitivamente a otro.

Nota del Capitán

(3) Se ve que la deriva de Andrea Riccardi y sus muchachos ya viene de lejos. Es lo que ocurre a toda solidaridad que no tiene a Jesús como único centro. Eso, y las ganas de ser el centro de atención, de ahí las invitaciones a personajes más que discutibles, como (el gilipollas, en palabras de José Bono) de Tony Blair. El expresidente acudió tras dejar el cargo y aprobar, entre otras leyes repugnantes, la posibilidad de experimentar/unir/fusionar, como quieran llamarle, embriones animales y humanos. Todo sea por el progreso de la ciencia. La isla del doctor Moreau versión british.

 

Capitán Ryder

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