LA NUEVA TEOLOGIA (VI)

SU VALORACION

¿Qué pensar de esta Nueva Teología? ¿Qué valor tiene? Indudablemente que la intención de muchos de estos nuevos teólogos- no de todos, a lo que parece –era recta y buena. Conquistar el mundo para Cristo, hacer valer en todas partes la religión cristiana, revivir más profunda y auténticamente nuestra fe.

Pero la táctica y los procedimientos empleados han sido falsos e imprudentes.

En primer lugar, por la falta de preparación filosófica y teológica de los nuevos teólogos. Conocen poco y mal la teología auténtica y tradicional, lo mismo que la filosofía perenne. La idea que de ellas se han formado es una mala caricatura. Las juzgan a través de algún manual anodino, que han digerido mal. Desconocen los grandes autores. Conozco personalmente a varios de esos señores y he conversado con ellos. No saben más que burlarse de lo que ignoran y ridiculizar lo que no entienden.

No es cosa pasada ni destritus de la escolástica decir que quien conoce y filosofa es el intelecto, no la voluntad ni el mero sentimiento. Tampoco lo es pensar que el intelecto está hecho para la verdad, y que es capaz en muchos casos de emitir juicios conformes con la realidad, como ocurre, por ejemplo, en los llamados axiomas o primeros principios, de contradicción, de identidad, de razón suficiente, de causalidad eficiente y final, lo mismo que los dictámenes de la sindéresis. Todos estos juicios no solamente son ajustados a la realidad, sino que lo son necesariamente, de tal modo que el intelecto no puede, interior y sinceramente, dudar de ellos ni negarlos, porque se le imponen por la misma naturaleza; aunque verbalmente y por mero juego de la fantasía pueda el hombre impugnarlos y rechazarlos.

La verdad, como conformidad del juicio con la realidad, es inseparable de esos primeros principios y enunciados, y, por consiguiente, fija e inmutable y perfectamente asequible al hombre. Y lo mismo cabe decir de los demás juicios o enunciados necesariamente conexos con ellos y aprehendidos como tales. A pesar de nuestra ignorancia, son muchas las verdades que naturalmente conocemos, sin temor alguno de equivocarnos, sino con plena seguridad y certeza. Esto no es filosofía aristotélica ni escolástica específicamente tales: es simple naturaleza y buen sentido.

Y lo mismo cabe decir de las nociones de sustancia y accidente, de persona y naturaleza, de causa y efecto, de esencia y existencia, de que, aunque perfiladas y explicadas por Aristóteles y por los escolásticos, son fundamentalmente prefilosóficas y naturalmente obvias al intelecto. En cambio, no lo son las ideas enrevesadas y retorcidas empleadas por la mayor parte de las filosofías contemporáneas relativistas e inmanentistas, idealistas y vitalistas, existencialistas e historicistas. ¿Por qué, pues, desconfiar de aquéllas, por desconfiar del intelecto, para echarse en brazos de éstas, sin garantía ninguna?

Pío XII, en su Encíclica Humani generis, ha subrayado el valor absoluto de aquellas nociones no sólo por lo que tienen de natural, sino por lo que tienen de visto bueno y aprobación del Magisterio Eclesiástico, que las ha asumido para formular los dogmas de la fe; mientras que las nociones de esas otras filosofías, que niegan toda verdad metafísica e inmutable, no son susceptible de expresar la verdad fija e inconmovible de los mismos.

Tanto más cuanto que muchas de esas teorías que utilizan esos teólogos no son ciertas ni comprobadas, sino sumamente discutibles y, a las veces, mero fruto de imaginaciones desbordadas; por ejemplo, la teoría de la evolución universal ascendente desde la naturaleza a la gracia y desde el átomo hasta Jesucristo.

Por otra parte, consta por las Actas de los Concilios Ecuménicos que la Iglesia no se ha embarcado nunca en fórmulas dogmáticas de acuñamiento estrictamente filosófico. Y es extraño que los nuevos teólogos echen en cara, particularmente al Concilio de Trento, de haber escolastizado el dogma, cuando de sus Actas resulta cabalmente lo contrario.

Expresamente los Padres de ese Concilio, al discutir párrafo por párrafo y palabra por palabra los proyectos de decreto, borraron sin compasión las frases y vocablos de sabor escolástico, para sustituirlos por otros más vulgares y naturales, aunque perfectamente cincelados y sopesados por los mismos Padres. Y si alguna vez los admitieron dieron seguidamente su explicación en otros términos equivalentes de uso corriente: por ejemplo, sobre la palabra transustanciación, materia y forma de los Sacramentos, causalidad de los mismos, disposición y forma de la justificación y otros similares. Pero siempre con suma moderación y discreción. Por eso no admitieron los términos de cualidad y hábito, a pesar de ser muy aptos para expresar la gracia santificante y las virtudes, y de ser usados corrientemente por los teólogos de aquellos tiempos.

Y lo mismo ocurre con las fórmulas dogmáticas del Concilio Vaticano, discutidas, cinceladas y sopesadas meticulosamente hasta casi el escrúpulo. Esas fórmulas son humanamente de lo más cuidado y ponderado. Que la gracia y el carisma de la infalibilidad de que goza la Iglesia docente para conservar y expresar o formular las verdades reveladas por Dios no prescinde del trabajo humano ni lo anula, sino que lo exige y lo provoca, al mismo tiempo que lo dirige y perfecciona. El Magisterio vivo de la Iglesia infaliblemente asistido de Verdad, conoce exacta e infaliblemente las verdades de la fe y su auténtico sentido. Por eso está en condiciones únicas e inmejorables de saber y poder expresar con términos apropiados e inequívocos esas mismas verdades. Quien percibe clara y certeramente una idea se expresa también con limpidez y precisión. Mas la santa Iglesia docente dispone de la asistencia especial del Espíritu Santo y del carisma consiguiente de infalibilidad no sólo para conocer las verdades del depósito de la fe, sino también para escoger los términos y las proposiciones con que formularlas y exponerlas a los hombres.

No todas las palabras son igualmente aptas para ese menester. Las hay positivamente ineptas e inaceptables, como son aquellas fórmulas de sentido técnico de ciertas filosofías ateas o radicalmente laicas, que niegan o excluyen toda divinidad y toda religión. Tal ocurre con el existencialismo y con el vitalismo ateo, con el materialismo histórico y con el evolucionismo materialista y panteísta. Verter las verdades de la fe en las fórmulas de esas filosofías es corromperlas y falsificarlas sustancialmente, además de hacerlas esencialmente volubles e inestables como una caña agitada por el viento.

Los nuevos teólogos no se han percatado de esa peligrosidad o, mejor dicho, de esa imposibilidad y radical ineptitud; y por eso se han equivocado de medio a medio.

No cabe la sustitución de las fórmulas definidas por la Iglesia por otras tomadas al azar de las filosofías contemporáneas y asumidas sin discreción ni competencia por estos nuevos teólogos. Eso no es vitalizar la fe ni hacerla prosperar, sino falsificarla y corromperla sustancialmente.

Como enseña el Concilio Vaticano contra los hermesianos y güntherianos, “la doctrina de la fe revelada por Dios no es un sistema filosófico inventando por los hombres y corregible o perfeccionable por ellos, sino un depósito divino entregado por Cristo a su Iglesia para que lo guarde fielmente, e infaliblemente lo declare. Por eso hace falta conservar siempre intacto el sentido de los dogmas que les dio la Iglesia al definirlos, no siendo nunca permitido separarse de él, aunque sea con el nombre y el pretexto de una más alta y perfecta inteligencia. Crezca, pues, y se desarrolle el conocimiento de todos y de cada uno de los fieles, pero siempre en su propio género, es decir, en el mismo dogma y en el mismo sentido” (Denz, número 1.800).

En segundo lugar, la táctica de atracción de las masas, de los intelectuales y de los pertenecientes a otras sectas o religiones, no puede ser más equivocada. So pretexto de caridad y de irenismo, se cae en el indiferentismo religioso y se mutila el credo católico hasta lo inverosímil. Un catolicismo sin dogmas y sin moral no es la religión fundada por Jesucristo. Querer atraerlos así es en realidad engañarlos. De hecho, el resultado ha sido contraproducente.

Los más sinceros y solventes que han intervenido en los coloquios ecumenistas han declarado que para ingresar en un catolicismo decapitado y falsificado preferían quedarse donde estaban. Suena, por lo menos, a candidez el dicho de uno de esos irenistas: la Iglesia católica adquiriría ciertas cualidades muy importantes de que carece. El luterano aportaría un sentido más profundo de la gratuidad de la gracia; el calvinista, un contacto más íntimo con la Biblia; el anglicano, una mayor austeridad litúrgica, y los eslavos y musulmanes un sentimiento más vivo de la mística.

En tercer lugar, como observan muy bien los Obispos franceses en su última Relación doctrinal de las actuales corrientes de pensamiento y acción en ciertos sectores católicos de Francia, los que se dejan llevar por esas ideas revelan carecer del espíritu de Dios, del espíritu de fe, del espíritu de Cristo, del espíritu de la Iglesia: en una palabra, del espíritu sobrenatural, encerrándose en un pseudo humanismo naturalista y morboso.

Los cambios y adaptaciones a los nuevos tiempos que deben hacerse no son esos teólogos los que los deben exigir, dictar o imponer, sino la Jerarquía eclesiástica, que es la que debe gobernar la Iglesia. Y de hecho estamos asistiendo estos últimos años a muchísimas y trascendentales adaptaciones de la disciplina, de la liturgia y de la pastoral a las condiciones de la vida presente, aunque sin caer en las exageraciones de algunos apóstoles de la kerigmática y del Evangelio viviente.

 

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