LA NUEVA TEOLOGIA (V)

Pero volviendo al tema de la Iglesia, distinguen y oponen entre sí dos Iglesias: una exterior, visible, jerárquica, jurídica, social; otra interior, invisible, espiritual, de la caridad (Pío XII. Encíclica Mystici corporis, 29 de junio de 1943. AAS. 35 (1943) 224-225). Esta es la verdadera Iglesia de Cristo, no aquélla, que suele estar llena de manchas y de defectos. Lo que menos importa para salvarse es el rito exterior del bautismo y el ser incorporados a esa Iglesia jurídica. Su mismo Magisterio está sujeto a caución. Las Encíclicas y demás documentos pontificios -a fortiori los de los Obispos- expresan simplemente la opinión o el punto de vista vaticanista, que no es necesariamente el más acertado ni se impone al asentimiento ni a las conciencias.

Unos piensan que la Iglesia debería meterse en todos los asuntos temporales de este mundo, seducidos por una especie de mesianismo temporal (Rapport, p. 32); otros abogan por una total inhibición, siendo opuestos a toda confesionalidad en los asuntos civiles y sociales.

 

Las virtudes teologales quedan sustancialmente desfiguradas. La fe no se apoya en la palabra infalible de Dios, sino en la fuerza ineludible de la evolución de la evolución universal ascendente. Es la fe en marcha incesante hacia nuevas conquistas y nuevos dogmas. Hace treinta años -1924- se defendió y propagó en la diócesis de Quimper (Francia) la siguiente proposición, condenada por la Iglesia y adoptada más tarde por los secuaces de la Teología Nueva: “Aún después de haber recibido y profesado la fe, no debe el hombre descansar en los dogmas de la religión ni asentir a ellos de una manera fija e inmóvil, sino que debe estar poseído de una ansiedad y angustia continuas de progresar siempre hacia otras verdades, es decir, evolucionando en nuevos sentidos, y hasta corrigiendo y enmendando lo que anteriormente creyó” (Proposición 12, de las condenadas por el Santo Oficio en 1 de diciembre de 1924, apud. Descoqs, S. J., Theodiciea, t. I, página 150).

La esperanza no se orienta hacia la conquista de la vida eterna por el ejercicio continuo y ardiente de buenas obras hechas en gracia de Dios, venciendo y superando toda suerte de obstáculos de pecados y tentaciones, sino que se encierra en un puro humanismo con aspiraciones meramente terrenas, o por lo menos no despegado suficientemente de ellas, como si el reino de los cielos se debiese dar por añadidura a los que primordialmente buscan los bienes de este mundo (Rapport, p. 23).

No olvidaré nunca la impresión que me causó uno de estos señores cuando en el curso de la conversación salió el tema de esta virtud, y al subrayar yo su importancia como virtud propia de viadores y luchadores para conseguir la corona de la vida eterna, me interrumpió asombrado: “¿pero es que la esperanza sirve para algo?”. Aquel pobre señor, cuyo despacho presidía un cuadro de Carlos Marx, apostató públicamente a los pocos meses de la religión cristiana.

Y la caridad teologal ha quedado convertida en un simple sentimiento de simpatía humana, de pura filantropía, de beneficencia material, llegándose a comparar la caridad de los cristianos con la caridad de los comunistas, para dar la preferencia a la de estos últimos (ibíd., p.15).

Esa misma caridad llega a tal indulgencia con los enemigos del cristianismo y a tal severidad con la Iglesia y sus fieles servidores que todas las culpas y todas las responsabilidades del malestar presente se atribuyen a la Iglesia y a sus teólogos, mientras que las buenas cualidades y disposiciones están todas de parte de los disidentes. Hay que acortar las distancias -repiten sin cesar-, prescindiendo de todo lo que divide, para hacer aceptable la religión cristiana. Es la táctica del irenismo al servicio del ecumenismo (1). Basta un mínimo de coincidencia, aunque sea de índole puramente material. Unión de todos y con todos: con los cismáticos, con los protestantes de cualquier matiz, con los mahometanos, con los socialistas y hasta con los sin-Dios o comunistas (pag. 46).

Como se ve, este movimiento renovador y reformista, dentro del cual se halla la llamada Teología Nueva, se extiende a todo: a la fe y a las costumbres, al dogma y a la moral, a lo esencialmente doctrinal y a lo puramente disciplinar. No es que todos coincidan en todo, ni que las afirmaciones o negaciones respondan a un plan orgánico. Antes bien, son con frecuencia antagónicas. Es un movimiento multiforme y polifacético.

Pero convienen todos en una aspiración común: vitalizar la religión cristiana, hacerla presente en todas parte y aceptable sin dificultad por todos, estar al día y, a ser posible, en las avanzadas, suprimir de una vez para siempre el maldito complejo de inferioridad que pesa sobre los católicos. Hay que asumir todo lo moderno y actual, después de haber echado por la borda todo lo anticuado e inservible, por muy venerable que parezca. Todo lo que sabe a escolástica debe desecharse sin compasión ni miramientos como cosa definitivamente pasada, ya sea en filosofía ya en teología. En su lugar deben asumirse sin temor alguno las ideas e inquietudes de las filosofías contemporáneas del evolucionismo, del relativismo, del vitalismo, del existencialismo, del historicismo. Y traducir en ellas nuestra fe y nuestra moral: en una palabra, nuestra vida de cristianos.

Poco importa que muchas de esas aportaciones parezcan antagónicas e incompatibles con la tradición de la Iglesia. Esos son escrúpulos escolásticos mandados retirar. En realidad, tanto más se integran y complementan cuanto más opuestas y contrarias parecen, porque todo ello se funde en la vida. Nada hay fijo e inmutable. La metafísica abstracta e intelectualista de las esencias ha pasado definitivamente. La verdad no es algo fijo y eterno. No es la adecuación especulativa del intelecto con la realidad(2). Eso es quimérico y sin fundamento alguno. La verdad es más bien la adecuación real de la mente y de la vida, que cambia esencialmente a tenor de la vida misma de cada cual. No habiendo, pues, verdad fija y definitivamente adquirida, mal, pueden gozar de inmutabilidad y fijeza las fórmulas con que se expresan y traducen los dogmas de la fe.

Tal es en sustancia y a grandes rasgos el sentido y el contenido de la Nueva Teología, condenada por Pío XII en diversas ocasiones, especialmente en su Encíclica Humani generis, de 12 de agosto de 1950.

 

Notas del Capitán

 

  1. La historia de los últimos 60 años. Cada vez que nuestros pastores se juntan para darse la mano con “los hermanos separados” se vende como un nuevo hito en este caminar a ninguna parte.
  2. Idea clave. Esta frase por sí sola explica la crisis de pensamiento de la Iglesia.

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