LA NUEVA TEOLOGIA (II)

SU CONTENIDO

Algo parecido ocurre con la llamada vulgarmente Nueva Teología. El primero que la llamó así, a lo que conozco, fue el P. Gillet, General de los dominicos, en una carta circular sobre los Estudios dirigida a su Orden en 1943. “El malestar –dice- que pesa actualmente sobre la teología y que inquieta a muchos teólogos viene precisamente de ahí, es decir, de la imprudencia con que ciertos jóvenes hablan del contacto que debe establecerse en nuestros días entre la ciencia teológica y las ciencias modernas. Hablan de ello como si de ahí dependiese no solamente el porvenir de la teología, sino de la misma religión cristiana. Aunque no pronuncien todavía el nombre de Teología Nueva, no se cansan, sin embargo, de hablar de una nueva orientación de la Teología. Y en su nombre echan en cara amargamente a los teólogos tradicionales de inmovilizarse en el pasado, de encerrarse en su sistema teológico como en una torre de marfil sin ventanas al exterior y sin aire respirable al interior, de dar vueltas sin fin en el cilindro de sus silogismos, algo así como una ardilla en su jaula, de no preocuparse por los problemas de nuestro tiempo, de ignorar obstinadamente los progresos de la historia y de la crítica; en una palabra, de aferrarse a las fórmulas escolásticas como a tablas de salvación, ante el temor de ser arrastrados por las olas siempre crecientes de los hechos y de las ideas nuevas”(p. 52-53)

Pío XII la hizo suya en su Alocución del 17 de septiembre de 1946 a los Padres jesuitas de la vigésimonona Congregación electiva. “Que nadie mueva lo que es inmutable. Se ha hablado mucho, y no siempre con justeza, de la Nueva Teología, que debe cambiarse siempre al tenor de las demás cosas en movimiento incesante: siempre en camino y nunca en destino; Semper itura, nunquam perventura. Si tal opinión prevaleciera, ¿qué sería de los dogmas católicos que no deben cambiarse nunca?; ¿qué de la unidad y de la perpetua estabilidad de nuestra fe? (AAS. 38 (1946) 384-385).

Y desde esa fecha se conoce con este nombre el movimiento representado por ciertas nuevas tendencias y actitudes teológicas, que han tenido lugar particularmente en Francia. Pero se me excusará de señalar nombres o equipos concretos –cosa no siempre fácil ni suficientemente comprobada- para no exponerme a faltar a la justicia y a la caridad(1).

En cambio, voy a ensanchar la perspectiva de esas nuevas tendencias, que caen en el ámbito de un movimiento innovador mucho más amplio dentro de la Iglesia Católica, con ramificaciones en Austria y Alemania, y que han provocado en diversas ocasiones la intervención del Magisterio Eclesiástico, además de la famosa Encíclica Humani generis. Todo ello cabe dentro de la denominación de Teología Nueva, tomada en un sentido más amplio, aunque lo vulgarmente llamado así sea lo más peligroso y característico.

Ese movimiento innovador parte de un hecho cierto y de un riguroso examen de conciencia.

El hecho cierto es el alejamiento –que en muchos casos llega hasta la apostasía- de los intelectuales y de la masa obrera, de la fe y de las prácticas cristianas: el mundo se aleja de Cristo, se descristianiza, se paganiza.

¿Quién tiene la culpa de ello?¿Cuál es la causa de ese fenómeno angustioso y deplorable? El mundo se mueve, se perfecciona, evoluciona en todos los sentidos: en la técnica, en la cultura, en el bienestar, o nivel de vida, en el orden social y político. La Iglesia, por el contrario, con su fe, con sus dogmas y con su teología, permanece inmóvil y encerrada en sí misma, separada del mundo y alejada de la vida terrestre de los hombres. El mundo se escapa de la Iglesia, porque la Iglesia se aísla del mundo y no se adapta a él.

Ahí está la raíz del mal. Se impone, pues, una rectificación por parte de la Iglesia. Es necesario renovarse de arriba abajo, adaptarse a la marcha del mundo, actualizarse, modernizarse sustancialmente. Sólo a esa condición se logrará la presencia de la Iglesia en el mundo y su recristianización.

Las fórmulas dogmáticas no poseen más que un valor puramente relativo. No hay palabras ni conceptos humanos capaces de expresar adecuadamente las realidades divinas, que son el contenido de los dogmas. No son más que aproximaciones más o menos felices. Toda fórmula dogmática es meramente provisional. Incluso las palabras de la escritura por las que se nos transmite la revelación. Y con mayor razón las empleadas por los Concilios y por los Papas. Valen para su tiempo, para la época en que fueron propuestas y promulgadas, no para épocas posteriores, ni mucho menos para siempre(2).

Así, por ejemplo, el dogma de la Trinidad fue expresado en términos de naturaleza y de persona, lo mismo que el dogma de la Encarnación del Verbo; o en términos de substancia, como el de la divinidad o consustancialidad del Hijo, y el de la presencia Eucarística por medio de la transubstanciación. Términos o nociones todos ellos anticuados, que hoy carecen de sentido y no son entendidos por nadie(3).

Lo mismo ocurre con las fórmulas o nociones de hábito y disposición, de forma y materia, de causa y efecto, de causa principal e instrumental y de otras similares, empleadas particularmente por el Concilio de Trento para expresar los dogmas de la justificación y de los Sacramentos. Nociones aristotélicas y escolásticas, que hoy han perdido todo su valor. Empeñarse en conservarlas a toda costa es hacer los dogmas por ellas expresados ininteligibles e inaceptables a los espíritus modernos.

Notas del Capitán

  1. No estoy de acuerdo con lo manifestado aquí por el Padre Santiago Ramírez. De hecho, los más de 60 años transcurridos desde esta conferencia creo que son muestra de que se trata de una táctica muy equivocada. Al no señalar de donde viene el error se deja indefensas a las ovejas. Se crítica o condena unas ideas que no se sabe muy bien quien propaga. Sería un poco lo de Gila, el humorista, aquel chiste de “alguien ha matado a alguien”. Creo que ese era el único error de teólogos como el Padre Santiago Ramírez, “alguien está diciendo cosas muy feas y peligrosas “. Si preguntabas ¿Quién?, respondían: alguien por Francia, Austria y Alemania. Por otro lado, la Iglesia siempre ha perseguido la herejía, y los herejes se han presentado a pecho descubierto haciendo explícitas sus ideas: da igual que fuesen donatistas, cátaros o luteranos. Eso clarificaba el terreno. Uno de los peligros novedosos de la Nueva Teología, señalado por San Pío X, era la doblez de todos ellos. Les imputaba el no presentarse claramente en el ruedo teológico, siempre con frases ambiguas, que pueden decir una cosa y la contraria.
  2. Entonces, si para teólogos especialmente preparados, era muy difícil transitar por ese campo de minas de la Nueva Teología ¡qué no sería para los laicos!
  3. No sólo no adviertes sobre quien propaga el error sino que haces sospechosos a todos los teólogos de un país.
  4. Ahí seguimos, “el tiempo es superior al espacio” y “el Dios de las sorpresas”. Esa forma de pensar que el Padre Ramírez señala en todos estos párrafos como distintiva de la Nueva Teología está más vivas que nunca.
  5. No olvidar, ya lo comentamos en este blog, que el Cardenal Kasper se ampara en el desconocimiento por parte de los católicos de qué es la transubstanciación para dar la comunión a todo quisqui. Su argumentación, no mucho más elaborada que la que voy a decir, era del tipo “total, qué más da que comulguen los protestantes, sin saber lo que hacen, si los católicos tampoco saben lo que es la transubstanciación”. El Cuerpo y la Sangre de Cristo rebaja a una galleta por el Cardenal favorito del Papa.

 

 

 

 

 

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