LA NUEVA TEOLOGIA (I)

Reproduciremos, por su interés, en varios días la conferencia dada por Santiago Ramírez O.P. en el Ateneo de Madrid el día 21 de abril de 1958.

El conferenciante, Catedrático, en ese momento, de Sagrada Teología en Friburgo y en San Esteban de Salamanca.

Título de la conferencia: Teología Nueva y Teología.

 

Es propio de los errores o desviaciones doctrinales de los tiempos modernos en materia religiosa el ser fundamentales y de una cierta universalidad. En otras épocas el error se circunscribía a uno u otro dogma, por ejemplo, sobre la divinidad de Jesucristo, sobre la existencia del pecado original, sobre la presencia real de Cristo en el Sacramento del Altar, o sobre la admisión de los santos a la visión clara de Dios antes del fin del mundo y del juicio universal.

Pero en nuestros tiempos el error suele ser mucho más profundo y polifacético.

El hermesianismo y güntherianismo del siglo pasado atacaban las bases fundamentales de la fe católica y de todo el dogma, al falsear radicalmente la noción de aquélla y al reducir toda la revelación cristiana a un cuerpo de doctrina sustancialmente natural y filosófica. Todo quedaba esencialmente transformado y a merced de los vaivenes de la humana filosofía: desde la noción de Dios y de la santísima Trinidad hasta la noción del hombre, pasando por la Encarnación, la Redención, la justificación, los Sacramentos, la vida eterna y las demás verdades del cristianismo.

Lo mismo pasó con la crisis modernista de principios de nuestro siglo, que S. Pío X calificó de compendio de todos los herejes: Ómnium haereseon collectum (Encíclica Pascendi, Denz, número 2.105). Invadió toda la religión cristiana, sometiéndola a una transformación radical, según las leyes de la evolución vital, que consiste en puro cambio(1).

Fuera todo intelectualismo, porque el intelecto sería radicalmente incapaz de percibir la realidad como es en sí. En su lugar hay que poner el agnosticismo total. La única vía de acceso a la verdad es la vida y el sentido de la misma es su fluir continuo, pero sin salirse nunca de ella, por ser esencialmente inmanente(1). La revelación, la fe, los dogmas todos no serían más que vivencias más o menos conscientes y transfiguradas de nuestra experiencia religiosa. Las fórmulas llamadas dogmáticas carecen de todo valor y de toda verdad absoluta(2): son meros símbolos o imágenes de los objetos de nuestra fe, creados por nuestro sentido religioso y completamente relativos a él, a manera de intérpretes y de vehículos suyos. Son esencialmente provisionales y de un valor puramente relativo.

No existe ni puede existir una verdad absoluta. Todo es puro cambio, como la vida misma. Por eso cambia eso que llamamos verdad, a tenor de la vida(3). La religión cristiana con todos sus dogmas y creencias no puede vivir más que en nuestra vida y conforme a ella, es decir, pura inmanencia, mero cambio y continua evolución transformante.

Concebirla de otra manera y empeñarse en abstraerla de esa condición consustancial, inmovilizándola, como hace la Iglesia Católica, es en realidad llevarla al fracaso y a la muerte(4). O sea, adapta y acomoda al ritmo de la vida, o deja de vivir, de ser actual, de ser verdadera.

Por eso los modernistas abogaban por una Teología Nueva, conforme a estos postulados de la Nueva Filosofía, que reinaba por aquellas calendas, y que algunos de ellos llevaban enhiesta como bandera de enganche y de combate con ese mismo título: Philosophie Nouvelle.

S. Pío X en persona subrayó ese parentesco y anticipó el nombre de Teología Nueva: “ipsi vero, veteri ad huc finem theologia sublata, novam invehere contendunt, quae philosophorum delirationibus obsecundent” (Encícl. Pascendi, Denz, núm 2.086).

Continuará…

Notas del Capitán

(1) Es lo que el Papa Francisco definía en Evangelli Gaudium como “el tiempo es superior al espacio”. Una fe puramente evolucionista sin ninguna verdad eterna.

(2) Por eso habría que estar abierto al Dios de las sorpresas, en frase, también, del papa Francisco. Sólo así es digerible que una formulación actual puede ser contraria al dogma, porque el dogma ya se referiría a una verdad definida y para siempre.

(3) De ahí el número 301 de Amoris Laetitia, que como recordamos dice “Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”. Esta afirmación sólo puede sostenerse si crees que la verdad es cambiante.

(4) Es decir, para estos teólogos el problema del catolicismo sería la esposa de Cristo. Afortunadamente, están ellos, que más listos, más conocedores del género humano y más misericordiosos del mismo Cristo. Nadie como ellos para interpretar las necesidades del hombre en cada momento histórico. ¡Esa suerte que hemos tenido los católicos de estos años!

Capitán Ryder

 

 

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