LA ASAMBLEA QUE CONDENÓ A CRISTO (V)

Capítulo cuarto, la cámara de los ancianos

Era, dentro del sanedrín, la cámara menos influyente de las tres, y por eso sólo han llegado hasta nosotros un pequeño número de nombres de los personajes que la constituían en tiempos de Jesús.

JOSE DE ARIMATEA: El Evangelio le tributa hermosos elogios: “ilustre sanedrita que también él estaba esperando el reino de Dios” (Mc 15,43); “varón bueno y justo; éste no había dado su asentimiento al consejo y al acto de los judíos” (Lc 23,50).

NICODEMO: San Juan Evangelista dice de él que era fariseo de profesión, príncipe de los judíos, maestro de Israel y miembro del sanedrín, donde un día intentó asumir contra sus colegas la defensa de Jesucristo, lo cual le acarreó de su parte esta respuesta desdeñosa: “¿acaso tú también eres galileo?”. Lo era, en efecto, pero ens ecreto. Fue él quien empleó alrededor de cien libras de mirra y de áloe en la sepultura de Jesucristo (Jn 3,1-10;7,50-52; 19,39).

BEN CALBA SCHEBUA: Es indudable que la elevada posición financiera de este personaje le valió uno de los primeros asientos en la cámara de los ancianos, como miembro del sanedrín.

BEN TSITSIT HACCASSAT: Es uno de los magnates de la época. El Talmud exalta la molicie de su vida: la cola de su palio sólo caminaba sobre alfombras mullidas”.

SIMÓN: Nos lo da a conocer el historiador Josefo: “era un judío de nacimiento, muy estimado en Jerusalén por su conocimiento de la Ley”.

DORÁS: Habitante muy influyente de Jerusalén, del que habla asimismo el historiador Josefo. Era un hombre de carácter adulador y cruel. Habiendo emparentado con el gobernador romano Félix, se encargó de hacer asesinar al sumo sacerdote Jonatás, que había caído en desgracia ante dicho gobernador. Dorás ejecuto con frialdad este asesinato mediante sicarios a sueldo de Félix, en el año 52 ó 53.

JUAN HIJO DE JUAN, DOROTEO HIJO DE NATANAEL, TRIFÓN HIJO DE TEUDIÓN, CORNELIO HIJO DE CERÓN: Es muy probable que ellos o sus padres se hayan sentado en la cámara de los ancianos.

Los documentos hebraicos no nos dan a conocer ningún otro nombre.

Una confesión que se le escapa al historiador Josefo probará que esta cámara no valía más que las otras dos: “el saduceísmo se reclutaba entre las clases ricas de la sociedad judía”. En consecuencia, puesto que en esa época de intrigas y de cábalas la cámara de los ancianos se seleccionaba entre los personajes más adinerados de Jersusalén, puede concluirse que la mayor parte de sus miembros estaban infectados de los errores del saduceísmo: enseñaban, como sigue diciendo Josefo, que el alma muere con el cuerpo. Estamos en presencia de verdaderos materialistas para quienes el destino del hombre sólo consistía en el disfrute de los bienes terrenales. Espíritus extraviados que la indignación profética de David había estigmatizado antes: “el hombre en su opulencia no perdura; se asemeja a las bestias, que perecen (Sal. 48,13).

Sin embargo, de entre esos materialistas de la cámara de los ancianos resaltaban dos justos, como en otros tiempos Lot entre los habitantes de la antigua Sodoma: Nicodemo y José de Arimatea.

Conclusión

En resumen, conocemos más de la mitad de los 71 miembros del sanedrín, y de entre ellos casi todos los sumos sacerdotes que formaban parte de él. Esta mayoría, como hemos dicho, basta para apreciar el valor moral de la asamblea, y antes de que comiencen los debates, es fácil prever el resultado del proceso contra Jesús.

En efecto, ¿cuál puede ser el resultado de este proceso ante una primera cámara compuesta por sacerdotes degenerados, ambiciosos e intrigantes?

El hombre que van a juzgar ha desenmascarado su fingida piedad y ha menguado la consideración de que gozaban. Rechaza las prescripciones que han inventado y que ponen por encima de la Ley; quiere incluso abolir los diezmos ilegales con que oprimen al pueblo…¿Hace falta más para que a sus ojos resulte culpable, y digno de muerte?

¿Cuál podía ser el resultado del proceso ante una segunda cámara compuesta por fatuos escribas pagados de sí mismos? Doctores sueñan como Mesías a otro Salomón, a quien auxiliarán estableciendo en Jerusalén una academia de sabios a la cual acudirían todos los reyes de la tierra, como en otro tiempo la Reina de Saba. Ahora bien, el hombre al que van a juzgar, y que se proclama Mesías, tiene la audacia de llamar bienaventurados a los humildes de espíritu. Sus discípulos son pescadores ignorantes, reclutados en los escondrijos de las más oscuras tribus. Su palabra, de un simplicidad ultrajante, condena ante las masas el lenguaje altivo y las pretensiones de los doctores… ¿Hace falta más para que a sus ojos resulte culpable, y digno de muerte?

Finalmente, ¿cuál puede ser el resultado del proceso ante una tercera cámara formada en su mayor parte, entre los ancianos, por saduceos corrompidos, contentos con disfrutar de los bienes de esta vida y que no se ocupan ni del alma, ni de Dios, ni de la resurrección? A sus ojos, la misión del Mesías no es regenerar al pueblo de Israel y a la humanidad: debe consistir en centralizar en Jerusalén todos los bienes de este mundo, que traerán, como humildes esclavos, los paganos vencidos y humillados. Pero el hombre a quien van a juzgar, lejos de aferrarse, como ellos, a la importancia de los bienes y las dignidades de la tierra, prescribe a sus discípulos que los abandonen. ¿Hace falta más para que a sus ojos resulte culpable y digno de muerte?

Y así, tan sólo ateniéndonos a la moralidad de los jueces, el resultado del proceso no puede ser más que desfavorable para el acusado. Sin duda, cuando las tres cámaras que constituían el sanedrín comenzaron la sesión, ninguna esperanza de benevolencia quedaba para el alma humilde de Jesús; ninguna esperanza de benevolencia, ni de parte de los sumos sacerdotes, ni de parte de los escribas, ni de parte de los ancianos.

Augustín y Joseph Lémann, La asamblea que condenó a Cristo

 

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