LA ASAMBLEA QUE CONDENO A CRISTO (IV)

Capítulo tercero, la cámara de los escribas

Escogidos indistintamente entre los levitas o los laicos, formaban el estamento erudito de la nación. Eran los doctores de Israel. La estima y la veneración les rodeaban. Veamos algunos de sus miembros:

GAMALIEL. Era un israelita muy digno. Su nombre es honrado tanto en el Talmud como en los Hechos de los Apóstoles. A los pies de este doctor aprendió Saulo, más tarde convertido en San Pablo, la ley y las tradiciones judías. Cuando el sanedrín deliberó sobre el modo de sentenciar a muerte a los apóstoles, este digno israelita impidió su condena pronunciando aquellas palabras célebres: “desistid de meteros con esos hombres y dejadlos; porque si proviene de hombres esa empresa o esa obra, se disolverá; más si proviene de Dios, no podréis disolverla”. Poco tiempo después abrazó el cristianismo, y lo practicó con tal fidelidad que la Iglesia le ha incluido en el número de los santos.

SIMEON. Hijo de Gamaliel. No siguió a su padre y no abrazó el cristianismo. Al contrario, se convirtió en amigo íntimo del bandido Juan de Giscala, cuya crueldad y excesos contra los romanos, e incluso contra los judíos, forzaron a Tito a ordenar el saqueo de Jerusalén.

ONQUELOS. Llevó al extremo la intolerancia farisaica. Convertido de la idolatría al judaísmo, odiaba de tal modo a los gentiles (sus padres lo eran) que tiró al Mar Muerto, como impura, la parte del dinero recibido como herencia. Tales disposiciones no lo predisponían favorablemente a Jesús, que acogía a los paganos igual que a los judíos.

JONATAS BEN UZIEL: Los talmudistas, para recompensarle por haber eliminado a Daniel del rango de los profetas por odio a Jesucristo, le elogian de la manera más absurda. Así, cuentan que cuando estudiaba la ley de Dios, la atmósfera que le rodeaba quemaba tanto que los pájaros caían consumidos al instante.

SAMUEL KKATON O EL MENOR: Era uno de los miembros más fogosos del sanedrín. Él compuso contra los cristianos, tiempo después de la Resurrección, la famosa imprecación llamada bendición de los impíos. San Jerónimo no desconocía la extraña oración de Samuel. “los judíos anatematizaban tres veces al día en todas las sinagogas el nombre cristiano, bajo la denominación de Nazareno”.

CHANANÍA BEN CHISQUIA: Solía ser árbitro en las querellas doctrinales. Chananía se habría alejado de su postura de equilibrio en favor del profeta Ezequiel cuando los miembros más influyentes del sanedrín se propusieron censurar y rechazar el libro de este profeta porque, según ellos, contenía muchos pasajes contrarios a la ley de Moisés. Chananía lo defendió con tanta elocuencia que el sanedrín desistió de su proyecto. Este hecho, bastaría por sí solo para dar medida de las disposiciones con que se procedía al estudio de las profecías.

ISMAEL BEN ELIZA: Los libros rabínicos refieren de él cosas increíbles. Por ejemplo, que los ángeles descendían del cielo y volvían a él según su voluntad; o que al volver un día de la escuela, su madre, impulsada por la admiración, le lavó los pies y bebió con respeto el agua que había servido para la ablución.

YOJANAN BEN ZAQUAI: En el libro Bereschit rabba se dice de él “se elogiaba a sí mismo diciendo que si los cielos fuesen de pergamino, ni todos los escribas ni todos los árboles de los bosques bastarían para transcribir toda la doctrina que él había aprendido de los maestros”. ¡Qué lenguaje tan humilde! Un día sus discípulos le preguntaron a qué atribuía su extraordinaria longevidad, y respondió, con osadía “¡a mi sabiduría y a mi piedad!”. Para colmo el rabino Yojanán se convirtió en uno de los más rastreros cortesanos de Tito, destructor de su patria.

RABÍ ZADOK: Murió tras la destrucción del templo. Cuenta el Talmud que, desde 40 años antes del incendio, no dejaba de ayunar para obtener de Dios que aquél no fuese pasto de las llamas, por lo cual el Talmud se pregunta cómo pudo conocer la desgracia que le amenazaba. Y el Talmud encuentra embarazosa respuesta. El rabino sólo pudo conocer por anticipado este acontecimiento por una de estas dos vías: o por la voz profética de Daniel (9, 25-27), que había anunciado más de 400 años antes que la abominación de la desolación caería sobre el templo de Jerusalén cuando el Mesías fuese condenado; o por el propio Jesucristo que había dicho 40 años antes de su destrucción: “¿no veis todo esto? En verdad os digo, no quedará ahí piedra sobre piedra” (Mt 24, 2, Lc 21, 6).

ABBA SAUL, RABÍ ELEAZAR BEN PARTA, RABÍ NAHUM HALBALAR Y RABÍ SIMÉON ISC HAMMISPA: Se sabe que formaban parte del sanedrín pero no hay información relevante sobre sus personalidades.

RABÍ CHANANÍA: La Mischná le atribuye unas palabras esclarecedoras sobre la situación social del pueblo judío en los últimos tiempos de Jerusalén: “orad por el imperio romano, porque si el terror de su poder desapareciese, cada cual en Palestina se comería vivo a su vecino”.

Estos son, según la tradición judía, los principales escribas que participaron en el proceso a Jesús. Los libros que hablan de ellos están llenos, no hace falta decirlo, de elogios. Sin embargo, hay confesiones que se abren paso en medio de esos elogios, y todas se dirigen contra un vicio dominante de estos hombres: el orgullo.

En el libro Aruch del Rabía Natan (el diccionario talmúdico más autorizado) puede leerse: “en tiempos anteriores bastante más dignos, no se usaban títulos como Rabí para designar a los sabios de Palestina. Esta moda se introdujo a partir del Rabí Gamaliel, del Rabí Simeón, su hijo, y del Rabí Yojanan ben Zaquai. En efecto, estos títulos fastuosos aparecen con la generación contemporánea a Jesús. Apoyándose en esta máxima no es de extrañar que el sanedrín lanzase, como refiere el Talmud, veinticuatro excomuniones contra quien no rindiese al rabí todos los honores que ellos exigían. Y esta autosuficiencia llegará tan lejos que cuando Jerusalén caiga en manos de Tito el Rabí Judá escribirá “si Jerusalén ha sido devastada, no debe buscarse otra causa que la falta de respeto hacia los doctores”.

¿qué debemos pensar de esta segunda categoría de hombres que iban a juzgar a Jesús? ¿Era posible la imparcialidad en inteligencias tan orgullosas y en labios tan fatuos? ¿Qué temor no habrá de abrigarse por la conclusión de este juicio, al recordar que señalando a estos hombres Jesús había dicho: “guardaos de los escribas, que gustan de pasearse con su amplio ropaje, y de ser saludados en las plazas, y de ser llamados rabí (Mt. 23, 5-7; Mc 12, 38-40; Lc 20, 46-47).

Esta segunda cámara del sanedrín no valía más que la primera, la de los sacerdotes. Con todo, hay que hacer una reserva. Entre estos hombres tan pagados de sí mismos había uno cuya rectitud igualaba su ciencia: Gamaliel.

Augustín y Joseph Lémann, La asamblea que condenó a Cristo

 

 

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