LA ASAMBLEA QUE CONDENO A CRISTO (III)

Capítulo segundo, la moralidad de los jueces de Jesucristo

Los miembros del Sanedrín que juzgaron a Jesús eran 71 y se distribuían en tres Cámaras. Pero, sobre todo, importa conocer el nombre de esos jueces, su carácter, su moralidad para proyectar luz sobre la causa que estamos discutiendo. Comencemos por la cámara más importante, la de los sacerdotes.

Decimos cámara de los sacerdotes, pero en el relato evangélico esta parte del sanedrín recibe un título más elevado: los evangelistas la denominan consejo de los sumos sacerdotes o consejo de los príncipes de los sacerdotes. ¿Por qué los evangelistas otorgan ese nombre, más pomposo, de consejo de los sumos sacerdotes, a la cámara de los sacerdotes? ¿No se trata de un error? No, no hay error ni exageración por parte de los evangelistas. Además, los dos Talmud mismos mencionan explícitamente una asamblea de sumos sacerdotes. Pero, ¿cómo justificar esa presencia simultánea de muchos sumos sacerdotes en el sanedrín? Veamos la explicación,  para vergüenza de la asamblea judía.

Desde hacía casi medio siglo se había introducido el detestable abuso consistente en nombrar y destituir arbitrariamente a los sumos sacerdotes. Mientras durante quince siglos el cargo de sumo pontífice fue, por disposición divina, hereditario en el seno de una sola familia y vitalicio, en la época de Jesucristo se había convertido en objeto de auténtico comercio. Herodes había comenzado con esas destituciones arbitrarias, y después de convertirse Judea en provincia romana, éstas se sucedieron en Jerusalén casi anualmente. El Talmud refleja con dolor esos sobornos anuales de los sumos sacerdotes. Se le ofrecía al mejor postor.

La expresión de los evangelistas, resulta pues muy apropiada ya que en la época de Jesús se contaba alrededor de una docena de sumos sacerdotes depuestos, y todos los que habían sido honrados alguna vez con el cargo conservaban para el resto de su vida el título, y permanecían como miembros de pleno derecho de la alta asamblea. Junto a ellos, se sentaban simples sacerdotes. La mayor parte eran padres de sumos sacerdotes, porque, en medio de las intrigas era costumbre que los más influyentes introdujesen con ellos a sus hijos o parientes.

Presentémosles ahora con sus nombres y revelemos también su valía moral:

CAIFÁS, sumo sacerdote en ejercicio. Ocupó el puesto once años (25-36 d.C.), durante  el tiempo de gobierno de Pilato. Presidió las deliberaciones contra Jesús, y el relato de la Pasión es suficiente para darle a conocer (Mt.23,6;Lc.3,2, etc)

ANÁS, sumo sacerdote durante siete años (7-11 d.C.). Era suegro de Caifás. Durante cincuenta años el pontificado perteneció casi sin interrupción a su familia; cinco de los hijos se revistieron sucesivamente con tal dignidad. Le pertenecían también los grandes cargos del templo. El historiador Josefo señala que el espíritu de esta familia era altanero, osado y cruel.

ELEAZAR, sumo sacerdote durante un año (23-24, d.C.), primogénito de Anás.

JONATÁS, TEÓFILO, MATÍAS y ANANÍAS, eran hijos de Anás. Eran simples sacerdotes, pero más tarde todos fueron sumos sacerdotes. Ananías era un saduceo de gran rudeza. Sólo ocupó 3 meses el sumo pontificado. Destituido por lapidar arbitrariamente al apóstol Santiago (Hech. 23,2 y 24, 1).

JOAZAR, había sido sumo sacerdote durante seis años (4 a.C -2 d.C.). Era hijo de Simón Boeto, quien debió su ascenso y su fortuna a una causa bastante poco honorable, como narra el historiador Josefo: “Simón Boeto, tenía una hija, Mariamne, considerada la judía más hermosa de su tiempo. La reputación de su belleza llegó a Herodes, que sintió conmoverse su corazón. Todavía más cuando la vio. Decidió casarse con ella; y como Simón Boeto no era de un rango lo bastante distinguido como para convertirle en su suegro, con el fin de poder  satisfacer su pasión quitó el cargo de sumo sacerdote a Jesús, hijo de Fabeto, y se lo dio a Simón, casándose enseguida con su hija”. Tal es, el origen poco sobrenatural de la vocación de Simón Boeto y de toda su familia al pontificado.

ELEAZAR, ex-sumo sacerdote, segundo hijo de Simón Boeto. Sucedió a Joazar.

SIMÓN CANTERO, entonces simple sacerdote; tercer hijo de Simón Boeto. Más tarde fue nombrado sumo sacerdote durante algunos meses.

JOSUÉ BEN SIÉ, fue sumo sacerdote durante cinco o seis años (1-6 d.C).

ISMAEL BEN FABI, sumo sacerdote durante nueve años. Según los rabinos era el hombre más apuesto de su tiempo. El lujo afeminado de este pontífice era tal, que se contentó con llevar una sola vez una túnica de gran valor que había encargado su madre para él, mandándola luego al guardarropa común.

SIMÓN BEN CAMITA, sumo sacerdote durante un año (24-25 d.C.). El Talmud refiere de él la siguiente anécdota: la víspera de la fiesta de expiaciones durante una conversación con Aretas, rey de los Árabes (con cuya hija acababa de casarse Herodes Antipas), un poco de saliva saltó de la boca del rey a sus vestidos. Cuando el rey se fue, el sumo sacerdote no dudó en despojarse de ellos como impuros e impropios del servicio del día siguiente. ¡Caridad y pureza farisaicas!

JUAN, simple sacerdote. Sólo le conocemos por Hechos de los Apóstoles 4, 5-6.

ALEJANDRO, simple sacerdote, nombrado asimismo por Hechos de los Apóstoles (4,6) en el texto citado. Era muy rico, y por eso el rey Herodes Agripa le pidió prestadas doscientas mil monedas de plata.

ANANÍAS BEN NEBEDAL, simple sacerdote; más tarde sumo sacerdote. Es quien tradujo a San Pablo delante del procurador Félix al ser acusado (Hech., 24, 1). Era conocido sobre todo por su extrema glotonería. Lo que refiere el Talmud respecto a ella parece excesivo: trescientos terneros, otras tantas toneladas de vino, y cuarenta parejas de pichones almacenados para su sustento.

HELOQUÍAS, simple sacerdote, pero guardián del tesoro del Templo. Es probable que Judas recibiese de él las treinta monedas de plata, precio de su traición.

ESCEVAS, uno de los sacerdotes principales. Los Hechos de los Apóstoles (19, 13-14) se refieren a él a propósito de sus siete hijos dedicados a la magia.

De lo que acabamos de leer se deduce que muchos de estos pontífices eran personalmente muy poco honorables; y que todos los sumos sacerdotes que se sucedían anualmente en el cargo, con menosprecio del orden establecido por Dios, no eran sino miserables usurpadores.

Agustín y Joseph Lémann, La asamblea que condenó a Cristo.

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