LA ACCION FRANCESA(IV). LA DIMISION DEL CARDENAL BILLOT

LA CONDENA Y SUS CONSECUENCIAS.

Las hostilidades fueron abiertas por el cardenal Andrieu, arzobispo de Burdeos, el cual, el 27 de agosto de 1926, habló a un grupo de jóvenes católicos sobre la Acción Francesa. El cardenal reconocía a los católicos el derecho a preferir una determinada forma de gobierno, pero reprochaba a los dirigentes de la Acción Francesa la usurpación del terreno al magisterio eclesiástico y el haberse declarado ateos y agnósticos. Ponía en guardia a sus interlocutores contra la peligrosa impiedad de los jefes que «niegan la institución divina de la Iglesia y son anticatólicos, a pesar de los elogios, a veces muy elocuentes, que tributan al catolicismo». Hay que reconocer que este texto no era muy afortunado. Además, el cardenal Andrieu había escrito en 1915 cartas muy elogiosas a Maurras y había profesado una opinión totalmente opuesta a su diatriba de ahora, llamándole «defensor de la Iglesia con tanto talento como valor».

Pío XI envió al cardenal Andrieu, el 5 de septiembre de 1926, una carta (publicada en el L´Osservatore Romano) en que aprobaba los términos de su proclama. Los dirigentes católicos de la Acción Francesa dirigieron el 8 de septiembre un escrito al cardenal expresando su «estupor ante los agravios…, que son la contradicción precisa, rigurosa, absoluta, de nuestras convicciones más sagradas, más profundas, más rotundamente proclamadas, como saben todos los que nos conocen. Nos demuestran que Su Eminencia ha sido engañado en lo referente a nosotros por nuestros enemigos más encarnizados». Maurras, el 17 de septiembre de 1926, escribió a su vez al cardenal recordándole los elogios que de él había recibido, el combate a favor de la Santa Sede que el mismo Maurras había sostenido para defender al Papa, atacado entonces en Francia a causa de su neutralidad benévola hacia Alemania; le indicaba, incluso, que había modificado los pasajes incriminados en sus primeros libros en 1919.

Los católicos de la Acción Francesa no siguieron los consejos, indirectos, pero bien claros, de Pío XI. El malestar subsistió. El 25 de septiembre de 1926, el Papa, en una alocución a los Terciarios franciscanos, confirmó que estaba de acuerdo con el cardenal. En su alocución al Consistorio el 20 de septiembre de 1926, después de haber deplorado la suerte de los católicos mejicanos, perseguidos por el Gobierno rojo de entonces, el Papa declaró que no estaba permitido adherirse a empresas que ponen los intereses de los partidos por encima de la religión y hacen que ésta sirva a aquéllos; no estaba permitido exponerse o exponer a los demás, sobre todo a los jóvenes, a influjos y doctrinas peligrosas, tanto para la fe y la moral como para la formación católica de la juventud. Por consiguiente, no era lícito a los católicossostener, animar y leer periódicos publicados por hombres cuyos escritos, al apartarse de nuestro dogma y de nuestra moral, no podían librarse de la reprobación.

La Santa Sede quería que Maurras y Paul Daudet se retirasen de la dirección de L’Action Française. Pero los dirigentes del diario no supieron encontrar una solución. Se resistieron a inclinarse, utilizando una frase desgraciada que les causó muchísimo daño: Non possumus, plagio irrespetuoso de las palabras apostólicas. Se negaron a «decapitar la Acción Francesa» y a incitar a los católicos franceses a unirse en el terreno de la República. «Está bien claro—añadían—. No se trata de moral ni de fe. Se trata de política. Es preciso que los católicos franceses no hagan caso de instrucciones electorales funestas, semejantes a las que condujeron al desastre del 11 de mayo de 1924. La autoridad eclesiástica quiere suprimir nuestro movimiento político. Pide nuestra muerte.» Los puentes estaban cortados. En los primeros días del año 1927 se publicó la condena decretada bajo Pío X por la Sagrada Congregación del Santo Oficio.

De 1927 a 1939 la cuestión de la Acción Francesa fue dolorosa para numerosos católicos franceses. La actitud del periódico fue condenable y violenta; no sólo rompió los puentes y las posibilidades de acuerdo y de sumisión, sino que atacó violentamente a la Santa Sede y a la Nunciatura. El 8 de marzo de 1927, la Sagrada Penitenciaría apostólica, respondiendo a una consulta, expresó una serie de decisiones graves: suspensión de los confesores que «absolvieran sin condición de propósito» a los lectores de L’Action Française; expulsión de los seminaristas que siguieran perteneciendo a la Acción Francesa; los fieles que leyesen habitualmente el periódico condenado deberían ser considerados como pecadores públicos y el clero debía negarles la absolución; no podrían contraer matrimonio canónico, y serían privados de sepultura eclesiástica. Hubo casos lamentables de fervientes católicos que, rehusando por fidelidad a su convicción política inclinarse ante las órdenes de Pío XI, no pudieron ser enterrados por la Iglesia. Lazare de Gérin Ricard y L. Truc, en su obra reciente (y parcial), Histoire de l’Action Française, escriben: «Mientras se celebraban exequias religiosas por el alcalde de Argenteuil, conducido al cementerio por la logia masónica local con la bandera al frente, se enterraba civilmente al antiguo consejero municipal Roger Lambelin, católico práctico destacado. Mientras el clero de Aviñón bendecía los despojos de un tal Isacariot, portero del Palacio de Justicia, asesino y suicida, el de París regateaba el agua bendita al féretro del barón Tristan Lambert, caballero de Malta, vicepresidente de los caballeros pontificios, pero también decano de los Camelots du Roi» (págs. 149-150).

En Roma se hacían sentir también las repercusiones de la condena; a fines de septiembre de 1927, el cardenal Billot pidió al Papa autorización para deponer la dignidad cardenalicia, y la Agencia Reuters indicaba entonces que esta dimisión se atribuía «a una divergencia de opinión entre el Papa y el cardenal sobre la política del Vaticano concerniente a la Acción Francesa». La Stampa del 23 de septiembre escribía: «La noticia de la dimisión del cardenal Billot se mantenía en riguroso secreto. Una indiscreción, procedente del Colegio «Pío Latino Americano», donde vivía el cardenal Billot, hizo público el hecho, primero en América, después en Italia. Por esto los círculos del Vaticano consideran hoy la noticia como definitiva.» El 22 de septiembre, el P. Henri Le Floch, rector del seminario francés de Roma, también dimitía; su adhesión a la Acción Francesa era bien conocida.

Después de las innumerables polémicas originadas por este lamentable asunto, apaciguadas ahora después de la segunda guerra mundial, parece más fácil reflexionar y ver que la política de Pío XI coincidía en términos generales con la de León XIII; los principios que las dirigían eran el reconocimiento del poder que de hecho gobierna el país y la lealtad hacia ese poder; la voluntad absoluta de que la acción religiosa, católica, esté al margen y por encima de la acción política. La reprobación de la Acción Francesa había dividido a la Iglesia de Francia con un movimiento que, en cierta medida, la comprometía.

EL LEVANTAMIENTO DE LA CONDENA (16 DE JULIO DE 1939).

Altas personalidades trataron de reanudar el contacto con Roma. Pío XI, cuyo carácter autoritario es bien conocido, declaró que el levantamiento de las sanciones no dependía de él, sino de la voluntad de los dirigentes de la Acción Francesa, que debían someterse y retractarse.

Maurrás escribió una carta a Pío XI, y el Santo Padre le contestó en términos favorables. Poco después llegó al Vaticano la primera fórmula de retractación y de sumisión, redactada por Maurras. No fue considerada satisfactoria, pero la correspondencia continuó.

El acuerdo se estableció, por fin, con una fórmula satisfactoria antes de la muerte de Pío XI, y Pío XII se limitó a ratificar una decisión adoptada por su antecesor. El resultado fue que, con fecha 24 de julio de 1939, se publicó en el L´Osservatore Romano un decreto que revocaba las sanciones y censuras contra L’Action Française, sus directores y lectores, pero no la reprobación de sus errores.

Nota del Capitán: Queda aclarado que el caso del Cardenal Billot no se parece, ni de lejos, al del Cardenal McCarrick. Si las comparaciones son odiosas, esta lo es mucho más. El Cardenal Billot no fue depuesto, sirvió lealmente a la Iglesia y se retiró, este sí, a una vida de oración y estudio.

Queda pendiente una última entrada sobre La Acción Francesa.

El testimonio aquí traído es, lógicamente, interesado. Ya hemos comentado que Jean Roger perteneció a La Acción Francesa, pero creo que es un resumen honesto y que resume de modo muy fidedigno la realidad de lo sucedido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *