LA ACCION FRANCESA (III)

LA POSICIÓN DE LA SANTA SEDE RESPECTO A LA ACCIÓN FRANCESA.

Para comprender la crisis que estalló entre el grupo de la Acción Francesa y la Santa Sede hay que recordar la evolución política interior de Francia de 1905 a 1926. En este lapso de tiempo la III República tuvo una actitud sistemáticamente hostil para la Iglesia, identificada por los republicanos, laicos y masones en su mayoría, con los partidos de derechas. La división política de Francia en derechas e izquierdas se repetía en el plano religioso, y la Acción Francesa se encontraba en la vanguardia de las derechas francesas.

Había grupos de católicos de derechas que habrían querido provocar en Francia una acción política mucho más profunda y vincular de nuevo el destino de la Iglesia a una forma política. Pero olvidaban que para hacer una política de esplendor hay que tener medios. Francia ya no era cristiana. Se podían reunir masas descontentas, ciertamente; pero estas masas se dividían en cuanto a los votos, a los medios, a las opiniones. Algunos llamaban la atención hacia el ejemplo de los católicos alemanes durante el Kulturkampf de Bismarck; Georges Goyau, escribía con razón: «…les invito a ponerse en guardia contra toda veleidad de una imitación ficticia y de adaptación artificial. Deberán acordarse y persuadirse, ante todo, de que el glorioso esfuerzo del «centro» alemán tuvo su punto de partida y su apoyo en los suburbios y en las aldeas, donde la vida católica era ardiente, donde la práctica católica era regular y casi general, donde… millones de católicos, obreros y campesinos, que formaban desde 1871 los batallones del centro eran millones efectivos, católicos efectivos, habituados desde antiguo a conocer a la Iglesia, a servirla y a amarla.»

Esta severa advertencia del gran académico católico francés se completa con observaciones tomadas de las Mémoires del cardinal Ferrata, que fue nuncio en París. En el primer tomo escribe: «En Francia, salvo en un pequeño número de departamentos, las masas son indiferentes; esperar un levantamiento de las masas por motivos puramente religiosos es una quimera, será siempre una quimera. Si se quiere lograr un día éxito semejante es preciso cuidar antes el alma de Francia, ocuparse de las masas, llegar a ellas, desarraigar los prejuicios antirreligiosos, hacer descender a las capas profundas del pueblo la influencia benéfica de la religión».

El alto clero francés se daba perfecta cuenta de esta situación; por eso resistía a los empujes de los antiguos combatientes católicos, por ejemplo, o de la derecha monárquica, que quería utilizar la lucha antirreligiosa del Estado como palanca política.

Hemos visto que la Acción Francesa había sido acogida favorablemente por Pío X; al ser condenado el Sillón, se solicitó del Papa que, como medida equilibrante, condenase a la Acción Francesa, que presentaba como defensores de la causa católica a hombres «peores que Sangnier». Un proceso de información se abrió en Roma, y los cardenales del Santo Oficio pronunciaron una sentencia desfavorable para Maurras… todos los Consultores opinaron unánimemente que cuatro obras de Maurras… eran realmente malas y, por tanto, debían ser prohibidas…

Pío X, mantenía hacia Maurras y la Acción Francesa una benevolencia manifestada ante los más fidedignos testigos; se asegura que dijo: «damnabilis, non damnandus», y dejó a un lado la sentencia de la Congregación del Santo Oficio, reservándose su revisión para el momento oportuno.

Benedicto XV continuó la misma política; el 14 de abril de 1915 después de haber interrogado al secretario de la Congregación, Su Santidad «declaró que todavía no había llegado el momento, pues, durando aún la guerra, las pasiones políticas impedirían juzgar equitativamente este acto de la Santa Sede». Por su parte, he aquí cómo escribió el P. Yves de la Briere, S. J., acerca de la política religiosa de la Acción Francesa, al tratar del libro de Maurras, La politique religieuse: «Otras publicaciones de Maurras… exigirían críticas muy graves; pero sobre este terreno positivo y práctico de las relaciones de la Iglesia y del Estado, debemos decir que Maurras defiende siempre los mismos derechos y libertades de la Iglesia que los escritores religiosos, incluso los redactores de los Etudes, han defendido con toda energía durante el mismo período y ante los mismos adversarios. Muchos capítulos y un apéndice tratan de la democracia y del liberalismo católico… Algunas páginas de Maurras han tenido el envidiable privilegio de ser reproducidas en el tratado de Ecclesia, relativo a las relaciones entre la Iglesia y el poder secular, por un teólogo tan exigente y riguroso en materia religiosa como el cardenal Billot… Pocos escritores ajenos a nuestra fe religiosa habrán proclamado con tanto relieve como Maurras la maravillosa fecundidad de la Iglesia católica en toda clase de beneficios para la vida de los pueblos.»

Por su parte, la Revue thomiste, analizando la misma obra, escribió: «Se da el caso de que el religioso benedictino Dom Besse y el incrédulo Maurras llegan a las mismas conclusiones en lo referente a la política religiosa… Hay en este libro páginas que se contarán entre las más bellas que se hayan escrito, como homenaje tributado a la Iglesia católica por sus admiradores no creyentes.»

Bajo Pío XI, la política de Francia, como consecuencia de la guerra, había cambiado; con Poincaré, esta política se hizo francamente hostil y llena de desconfianza hacia Alemania (ocupación de Renania); con Briand, cuando el Cartel des gauches, hubo una primera tentativa de conciliación con Alemania, de desarme, concretada por la política llamada de Locarno. Esta política contaba con el beneplácito y la ayuda de toda Europa, incluyendo a los antiguos aliados de Francia. En la Nunciatura de París, monseñor Maglione, y el cardenal Gasparri, en el Vaticano, por amor a la paz, seguían con atención y fervor esta política pacifista de Briand; monseñor Maglione, sucesor de monseñor Ceretti, la aplaudía. Pero los nacionalistas con la Acción Francesa a la cabeza, combatían dura y ferozmente a Locano, en nombre de los verdaderos intereses de Francia. Además, la Acción Francesa atacaba la política interior del Cartel des gauches, hacía manifestaciones, amenazaba a los ministros con represalias.

Los liberales, los demócratas cristianos, los republicanos moderados atacaban, a su vez, a los «trublions» de la Acción Francesa; resaltaban la oposición entre la política de la Santa Sede y la actitud de estos «católicos» de Acción Francesa; indicaban cuán peligroso era tolerar durante más tiempo tales extravagancias por parte de los pretendidos «católicos». ¿Qué sería de la política de cordialidad entre París y el Vaticano si Briand, el gran hombre, desaparecía? ¿No se correría el peligro de que una política más dura, más severa, fuese la recompensa de semejante tolerancia?

Además, las elecciones de 1928 se aproximaban. Era preciso separar de la Acción Francesa a los católicos y unirlos a la F. N. C. del general De Castelnau. Parece que hubo conversaciones entre el Quai d’Orsay y la Nunciatura sobre estos graves problemas; por ambas partes se deseaba una política pacificadora.

Ya en 1926, los Cahiers de la jeunesse catholique, de Lovaina, habían planteado una encuesta a sus lectores sobre los escritores que la juventud consideraba como sus maestros. El número uno fue Maurras, y el dos Paul Bourget. Los católicos liberales belgas, el ministro M. Poullét y el cardenal Mercier pidieron la intervención de la autoridad religiosa. Parece que estas diligencias, hechas en 1926, incitaron a Pío XI a estudiar de nuevo el expediente de la Acción Francesa, y el Papa manifestó a prelados franceses: «Los belgas me han dado la voz de alerta.»

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