LA ACCION FRANCESA (II)

LAS IDEAS DE LA ACCIÓN FRANCESA.

Desde su comienzo, la revista definió sus ideas principales: necesidad de la vida social para el individuo; necesidad de la nacionalidad como forma de la vida social; necesidad para los miembros de la nacionalidad francesa de zanjar todo problema en atención a la nación; necesidad de propagar e imponer las ideas precedentes.

El nacionalismo, según la Acción Francesa, debe ser integral, y debe ejercerse en el plano intelectual, artístico, literario, filosófico y social. Maurras, en 1906, dice que la Acción Francesa debe enraizar sus teorías en las realidades siguientes: amor a la patria, a la religión, a la tradición, al orden material, al orden moral… Estableció el principio de la monarquía, pero su monarquismo era racional, en oposición a los legitimistas, que consideraban al rey de «derecho divino». Maurras no siguió este misticismo regalista; concluyó que la monarquía, adaptable a las necesidades del tiempo, era el fin necesario de la crisis ocasionada por la Revolución de 1789. Maurras creó el «realismo monárquico».

Había perdido muy pronto la fe religiosa. Se le ha acusado, sin pruebas, de haber sido por un momento, en su juventud, anarquista y anticlerical militante. Pero, por muy incrédulo que haya sido, Maurras consagró al catolicismo la abnegación y el respeto debidos a esta potencia moral y religiosa. Su herencia, su educación, su latinismo, le colocó naturalmente en el pensamiento romano, le infundió el orden de la Urbs, turbado por los demócratas y los demagogos. Maurras pensó en el rey como el hombre formado para el mando por la tradición y la herencia; la herencia debe preservar al país de los desgarrones que producen las competiciones cesarianas; el rey, al estar por encima de los partidos, sólo piensa en el bien común. El partido que ocupa el poder no puede ser más que el consejero del rey; éste reina y gobierna «en y por sus Consejos», teniendo siempre la última palabra.

Pero Maurras intentó apartar al rey y a la monarquía de la reacción; si esta monarquía paternal no puede ser democrática (la multitud es inepta para gobernarse a sí misma), será popular, como en tiempo de los Capetos; es una monarquía protectora, justiciera, utilitaria, la que predica Maurras. Pide la descentralización. Los representantes de la nación emitirán opiniones, pero no mandarán. Maurras quiere la desaparición de los tiranos locales, resultado de la subordinación del poder ejecutivo al poder legislativo. Condena a la democracia, que es un «disolvente de la Patria»; rechaza el sufragio universal, que no es ni universal ni libre: «es un rebaño que va a donde le llevan sus pastores», vigilado por perros, que son los dispensadores del favoritismo; una vez obtenidos los votos, los franceses quedan despojados de sus derechos, de su soberanía, porque el mandato es considerado como propiedad del mandatario. En un estudio lúcido y despiadado de la historia política de su país, Maurras demostraba que uno después de otro los partidos habían empleado la fuerza, mandando luego con un énfasis cómico, que sería atentatorio contra el derecho si se volviese contra ellos. El derecho no preexiste en política; para legitimar un régimen no hay más que los servicios prestados y la duración. Maurras deduce de esto que «el que había subido por la fuerza podía con el mismo derecho ser derribado por la fuerza». Para establecer el régimen que considera más conforme para los intereses de su país, la ilegalidad no es ilegítima.

La fuerza es el apoyo del derecho; es una potencia que lo rige todo, y la autoridad civil no podría ejercerse sin ella; es preciso apelar siempre al poder humano para que no se oponga a la enseñanza de la verdad divina. Maurras planteaba así el gran principio de la Politique d’abord, puesto que la política es la fuerza, y sin la fuerza casi no se puede aspirar a otra gloria que la del martirio. Política «por todos los medios», es decir, por todas las artimañas; por el despliegue de la fuerza, puesto que la persuasión no ha logrado nunca que desapareciese o cambiase un régimen político.

Estas ideas eran revolucionarias. La leyenda del monarquismo de salón desaparecía; la doctrina de Maurras abordaba cuestiones candentes; ya no se trataba del liberalismo orleanista, sino de la unidad nacional, de los problemas actuales, de la actuación de los judíos y de la masonería en Francia.

LA ACCIÓN FRANCESA Y LA IGLESIA.

Tocamos aquí uno de los capítulos dolorosos de esta historia; el que se ha llamado l’affaire de l’Action Française. Este capítulo, por fortuna, se cerró en 1939; pero representa unos años de angustia, de crisis espiritual y, a veces, incluso de escándalo en Francia.

La Acción Francesa procuró siempre no pisar el terreno a lo religioso, pero no era clerical. Hay que reconocer que muchos jóvenes —ellos mismos lo han dicho y escrito—, que ignoraban todo lo referente al catolicismo, que habían olvidado el camino de la Iglesia, volvieron entonces a ella. Maurras, que nunca ha sido católico, no hizo nunca propaganda a favor de la incredulidad; al contrario, demostró que la patria encuentra un soporte moral en la Iglesia católica y romana. La Acción Francesa luchó contra el laicismo, contra el protestantismo, contra la masonería, contra los judíos como pueblo «comisionista de la revolución», contra lo que llamó los «Estados confederados». En 1911, Charles Maurras recibía la bendición de Pío X por la aparición de su libro L’Action Française et la religión catholique, y se citan con frecuencia las palabras del mismo Papa a los cardenales Sevin y de Cabrières en 1914: «Maurras e uno bel difensore della fede.» El cardenal Andrieu escribía a Maurras el 31 de octubre de 1915: «La patria chica no os ha hecho olvidar a la grande, la que Vd. defiende con una pluma que vale, desde luego, tanto como una espada… Defiende Vd. también a la Iglesia en el momento que más lo necesita. La defiende con tanto valor como talento.» Diez años después, el mismo prelado va a desencadenar la gran lucha contra la Acción Francesa.

Es evidente que la agrupación tenía numerosos adversarios: en primer lugar, los conservadores, que no querían enemigos entre los republicanos. Se han citado con frecuencia las condecoraciones distribuidas durante la lucha de la República contra los cartujos. Los católicos ralliés atacaban también a estos «turbulentos jóvenes», que se erigían en francotiradores de derecha. Pero los enemigos más temibles de la Acción Francesa eran los demócratas cristianos, otros francotiradores, pero de izquierdas. Hubo violentas controversias entre Marc Sangnier y Maurras, que terminaron en una ruptura completa. El abate Pierre publicó en 1910 una antología de textos de Acción Francesa, titulada Avec Nietzsche, à l’assaut du Christianisme; varios obispos demócratas le felicitaron. La división profunda del clero y de los obispos franceses entró también en juego. Es cierto que Roma y Pío X sostenían las tendencias de la Acción Francesa; la desconfianza hacia «el espíritu moderno» correspondía exactamente al pensamiento que animaba a los tradicionalistas franceses. Conocida es, además, la influencia que tenían entonces en Roma miembros eminentes del alto clero francés amigos de la Action Française; se les designaba con el nombre de integristas. Habrá que esperar un cambio de puntos de vista para ver abatirse sobre la agrupación monárquica francesa las severas condenas de la Santa Sede.

El problema religioso en Francia estuvo y está dominado por la división política. Hay una mentalidad «de derechas» y una mentalidad «de izquierdas», de las que hemos descrito ya algunas características. Esta posición «integrista», el integrismo, como lo llama A. Michel en el Ami du Clergé (17 de junio de 1948, págs. 387-390), es un hecho histórico, y como tal lo opuso al modernismo el cardenal Suhard en su famosa Pastoral de 1947… hay que ver en esto una realidad más duradera, existente siempre en el catolicismo contemporáneo, ya que se trata de una mentalidad o de una actitud que determina cierta manera de mantener las posiciones católicas.

A este respecto, el integrismo sobrepasa con mucho el cuadro histórico de la crisis modernista; está latente en todas las manifestaciones de la política católica francesa a lo largo de los siglos XIX y XX. Se ha planteado ante los franceses un gran dilema, que no ha sido resuelto aún: la aceptación de cierto número de cosas en el mundo moderno o la repulsa a priori de toda aceptación de este tipo.

Cuando esta opción, en el sentido de la libertad, fue escogida por L’Avenir de Lamennais, le llevó a ser condenado; cuando fue resuelta en el otro sentido, condujo al integrismo. Toda la historia de la Francia católica de 1871 a 1950 fue la búsqueda del justo medio entre estos dos extremos.

Es preciso comprender, en efecto, que la herencia de la «Cristiandad», del «mundo cristiano» del antiguo régimen, pesó y pesa muchísimo en el atavismo de la cultura y de las costumbres de los católicos franceses. De aquí se deriva una defensa del cristianismo que ha tenido casi siempre un matiz político. Los dos campos católicos se oponen sobre dos principios: o bien, aceptando el mundo moderno, se corre el riesgo de corromper a la Iglesia, o bien, combatiendo este mismo mundo, se perpetúa una oposición estéril y equívoca, en virtud de la cual no se puede ser moderno sin ser anticatólico. Al aceptar la Revolución y la República, los católicos de izquierdas quieren aceptar las esperanzas, los valores, las instituciones, las posibilidades de este siglo; al rechazarlas, los católicos de derechas no quieren traicionar a la ciudadela que defienden, no quieren pactar con el anticristianismo.

Estas dos tendencias se reflejan en las actitudes de unos y otros, en su educación, en el tejido mismo de su vida intelectual y moral, en su comportamiento político. El integrismo ha sido siempre una actitud «de derechas», y toda la conducta de los hombres de derechas es opuesta a la de los hombres llamados de izquierdas. «El hombre de derechas —escribía recientemente J. Labasse—pone el orden por encima de la justicia, el hombre de izquierdas pone la justicia por encima del orden.»

Se puede completar este esquema añadiendo que las derechas ponen por encima de todo la fidelidad, la tradición, la autoridad, recelan de lo que viene del hombre del siglo. Las izquierdas han descubierto al sujeto y el valor del sujeto, al hombre y sus posibilidades, sus diligencias para descubrir la verdad; insisten en lo psicológico, en lo histórico y caen fácilmente en el subjetivismo, en el laicismo ideológico.

Contra esta búsqueda pascaliana y «existencialista», las derechas insisten en la corrupción de la naturaleza, en el pecado original, en la necesidad del método de autoridad, en la desconfianza que les inspira la noción de evolución, de experiencia, en el estudio de una noción de la fe muy avanzada en el sentido intelectual, en el elemento racional. En toda su actitud, el católico de derechas afirma una prepotencia del aspecto «autoritario» del problema. Quizá, para concluir, se podría añadir que el integrismo peca contra la vida de la Iglesia, negándose a reconocer ciertas necesidades de asimilación, de adaptación, de expansión…

Jean Roger

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