IGLESIA DE LA MISERICORDIA Y DE LOS DESCARTADOS DEL 7º DIA

Nos enteramos ayer de una noticia trascendental para la salvación de las almas: El Papa ha prohibido la venta de tabaco en el Vaticano.

La noticia de Agencias dice así:

El portavoz del Vaticano, Greg Burke, confirmó a EFE que el papa ha decidido que el Vaticano deje de vender cigarrillos a sus empleados a partir de 2018 por el simple motivo de que «la Santa Sede no puede cooperar con una práctica que daña claramente la salud de las personas». El Vaticano recuerda que según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el tabaco es causa de más de siete millones de muertes al año en todo el mundo.

Hasta ahora, los empleados y pensionistas del Vaticano podían comprar los cigarrillos con descuento en el supermercado que se encuentra en el Estado pontificio lo que suponía una fuente de ingresos para la Santa Sede. «Sin embargo, ningún beneficio puede ser legítimo si le está costando la vida a la gente», es el pensamiento del pontífice argentino según explican desde la oficina de prensa.

La misma OMS que publica guías sobre el aborto sin riesgos o recomienda impartir en las escuelas clases sobre el uso del preservativo a niños de 5 ó 6 años. Sí, una organización a tener en cuenta.

El otro día transcribía una perla de Chesterton sobre la insatisfacción del hombre moderno. Como todo en Chesterton es un texto de una profundidad increíble, que admite múltiples lecturas a cuál mejor. También tiene relación con el tema que nos ocupa. En dicho cuento Chesterton nos pone alerta frente a estos puritanismos que persiguen inmisericordemente los pequeños vicios de toda la vida porque esconden debajo los profundos pozos de pecado en los que puede caer el hombre.

No me malinterpreten, esos pequeños vicios no ponían de manifiesto más que las pequeñas debilidades del hombre, por decirlo de alguna manera, y lo hacían a las claras. Un cigarro para descansar 5 minutos en el trabajo, unos vinos con los amigos un día de fiesta. Todo eso queda desterrado de esta sociedad puritana, tan querida por el Vaticano, que esconde bajo sus alfombras toneladas de porquería, porquería que haría enmudecer a aquellos agricultores que conocí de alforja al hombro y botella de vino para almorzar.

Capitán Ryder

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