HAGAMOS JUSTICIA AL CARDENAL BILLOT. LA ACCION FRANCESA (I)

Estos días, a cuenta del escándalo McCarrick y su deposición cardenalicia, se ha aludido a otro Cardenal, Billot, que dejó la púrpura en 1927.

Dicen que todas las comparaciones son odiosas, puedo asegurar que en este caso lo son mucho más.

Para empezar, Billot dejó voluntariamente el cardenalato, y lo hizo por no estar de acuerdo con una decisión tomada por el Papa de entonces, Pío XI. No fue el único.  Y no sólo eso, se retiró a una casa jesuita, alejado del mundo para preparar “la buena muerte”.

Billot era un peso pesado de la Curia. Redactor, junto a otros, de la Encíclica Pascendi.

¿Cuál fue la razón de su renuncia? Las medidas tomadas por Pío XI contra La Acción Francesa. ¿En qué consistió el movimiento de La Acción Francesa? Es difícil decirlo por varias razones:

1- La complejidad de la personalidad de los líderes de La Acción Francesa, empezando por Maurras, que pasó de ateo a entrar en la Iglesia Católica. Siempre, eso sí, sin dejar su carácter, digamos, poco templado.

2- La evolución del propio movimiento que empieza como un nacionalismo más de fines del siglo XIX al que van añadiendo elementos como la restauración de la monarquía, el acercamiento a la Iglesia y otros.

Todo este movimiento queda aglutinado en torno al periódico del mismo nombre, La Acción Francesa.

Un resumen del fenómeno bastante interesante lo dio Jean Roger, quien fuera militante del movimiento. Lo expondremos los próximos días, en parte por el interés que tiene desde muchos puntos de vista, en parte por hacer justicia a quien fuera un gran cardenal.

Otra nota antes de empezar. Hay un intento de resucitar la figura de Maurras ligándolo exclusivamente al nacionalismo político actual en Francia. Creo que no tiene nada que ver, pero es justo mencionarlo.

Jean Roger (1 de varios)

Estudiar la historia de la Acción Francesa es emprender la descripción de las luchas políticas, sociales y religiosas de Francia entre 1900 y 1940. La vida de esta agrupación política está, en efecto, íntimamente relacionada con toda la política interior francesa durante el primer cuarto del siglo XX, y no hay por qué creer que haya desaparecido por completo en nuestros días. El pensamiento y la doctrina de sus fundadores han marcado de modo indeleble a varias generaciones, y es preciso reconocer que el intento de resumir esta historia en pocas páginas es empresa difícil, pues corre el riesgo de ser, si no parcial, al menos incompleta. Vamos a intentarlo, sin embargo, con toda nuestra buena fe, sin olvidar las repercusiones que las doctrinas de Maurras han tenido en la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal.

 

FRANCIA A FINES DEL SIGLO XIX.

Como un gran cuerpo desgarrado políticamente se nos presenta Francia a fines del siglo pasado. La III República se instauró legalmente en 1875, pero tuvo que luchar contra la inmensa tendencia monárquica de la sociedad francesa, tradicionalista y católica. Para conquistar el poder, los hombres de la III República, laicos, imbuidos por los ideales de la Revolución de 1789, tuvieron que consolidar su posición, Minoría activa, ordenada y disciplinada, los republicanos formaron una «izquierda« que se opuso violentamente a lo que ellos llamaron «la derecha», cuyos bastiones políticos han ido conquistando poco a poco.

La «derecha» francesa había puesto su confianza en el pretendiente al trono de Francia, el conde de Chambord; pero éste había muerto negándose a reconocer las posibilidades de fusión de las nuevas tendencias con los principios tradicionales por él representados. La negativa del conde de Chambord había matado, de hecho, al partido monárquico. Cuando la sucesión, del conde de Chambord pasó en 1883 al conde de París, y de éste al duque de Orleáns en 1894, las filas del partido realista estaban casi desiertas. Los republicanos ya no le atacaban, reservando su fuerza combativa para el catolicismo, que estaba, en cambio, muy pujante.

El catolicismo francés de entonces se había unido indisolublemente a un conjunto de conceptos políticos de «derecha». La nueva República había suscitado grandes recelos en los estratos franceses. Además, una serie de escándalos habían sido explotados políticamente por representantes de la «derecha» francesa, que admitían, claro está, una República, pero en provecho propio, y combatían con ardor una política que les eliminaba progresiva e implacablemente. Por su parte, la jerarquía católica enfocaba de otro modo el problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Francia. León XIII fue el primer Papa elegido después de la desaparición del poder temporal. Como Pío IX, tampoco el nuevo Papa quería abandonar las libertades y los derechos de la Iglesia; pero, al contrario que su predecesor, León XIII estimaba que los católicos de Francia tenían algo mejor que hacer que asediar a la República. Consideraba más hábil y más eficaz que el combate por los derechos y las libertades de la Iglesia fuese llevado al interior de la República misma, y que esta lucha se entablase en el terreno legal, entre republicanos. Creía que los católicos de Francia debían llamarse republicanos, serlo lealmente, convencer de su lealtad y de su sinceridad a sus antiguos adversarios e intentar entonces enmendar la legislación. El conjunto de esta gran política de León XIII relativa a Francia ha sido llamado la «política del Ralliement».

Sabido es que el cardenal Lavigerie, obedeciendo a sugerencias de la Santa Sede, pronunció el 12 de noviembre de 1890 un brindis en el que pedía a los católicos franceses que se unieran sin reserva a la III República, lo cual produjo en los sectores católicos franceses un efecto a la vez de cólera y de estupor.

La situación se agravó con motivo del famoso affaire Dreyrus (1897-1899), que dividió literalmente a Francia en dos campos de hostilidad irreducible: la izquierda se alzó contra el error judicial de la condena del oficial judío Dreyfus y englobó en sus ataques y en su odio a los representantes del ejército, del clero y de todo el tradicionalismo francés. Este «caso» sirvió de punto de unión anticlerical a todos los matices «republicanos» y cavó definitivamente un foso infranqueable entre las dos mitades de Francia.

La conquista total del poder por las izquierdas se hizo por la ocupación total de la enseñanza, por la expulsión de las congregaciones religiosas, así como por la separación de la Iglesia y del Estado. Una propaganda tenaz y hábil en las masas obreras y en la pequeña burguesía alejó poco a poco a amplios sectores de la opinión pública de las creencias tradicionales. El catolicismo disminuyó, el ideal monárquico se esfumó por completo, las preocupaciones sociales y políticas reemplazaron a las antiguas creencias; Francia se hizo en gran parte indiferente y republicana. Lo que había sido una «mayoría» en 1875 se convirtió en «minoría» en 1900. Pero bajo la persecución, bajo los ataques, esta minoría va a despertar, a unirse, a reaccionar y a provocar amplios y profundos cambios de opinión. La agrupación que va a unificarla, a darle una ideología, a lanzarla a la acción, es la Action Française.

 

NACIMIENTO DE LA ACCIÓN FRANCESA.

Fue el proceso de Dreyfus el que provocó esta cristalización. En este proceso, los partidos de izquierda, los antimilitaristas, los internacionales, los laicos, se unieron estrechamente y defendieron los «derechos del individuo». Pero la derecha adquirió también entonces conciencia de su unidad fundamental y de su común ideología. La posición de los dos campos era inconciliable, pues tenían una visión opuesta del mundo. Y así fue como surgió, con motivo de un simple proceso, por la única violencia de las posiciones políticas, el «partido nacionalista».

Este título se convirtió rápidamente en enseña de una reivindicación de las tradiciones francesas. El desarrollo del «affaire Dreyfus» se tornó pronto centro de un gran movimiento de la opinión a favor del ejército, atacado con motivo del proceso. Su manifiesto es muy claro en cuanto a sus fines: «sus miembros, conmovidos al ver prolongarse y agravarse la más funesta de las agitaciones; persuadidos de que no podría durar más sin comprometer mortalmente los intereses vitales de la Patria francesa, y en especial aquellos cuyo depósito está en manos del Ejército nacional, han resuelto trabajar, en los límites de su deber profesional, por mantener, conciliándolas con el progreso de las ideas y de las costumbres, las tradiciones de la patria francesa…». Nada se ha omitido. Las palabras-clave «Patria», «Ejército», «Tradiciones», «Mantener» son los términos esenciales.

Este movimiento reunió al principio un conjunto bastante dispar de literatos, filósofos, políticos; se veía a Albert Sorel al lado del duque de Broglie, y a De Muns junto a Bourget y Detaille; paro también pertenecía a él un joven de treinta años, Charles Maurras, que había venido de la Provenza mediterránea a probar fortuna en París. El 19 de diciembre de 1898 en el diario L’Eclair, portavoz del movimiento, apareció por primera vez el título de «Action Française», en un artículo firmado por Maurice Pujo; trataba de la rendición de la bandera francesa en Fachoda ante la columna inglesa mandada por Kitchener. Londres y París andaban entonces en gran discusión con motivo de la futura influencia en África oriental. Pujo deducía la necesidad de «hacer algo», la urgencia de una «acción», y decía: «Lo que hay que hacer en la hora actual es reconstruir a Francia como sociedad, restaurar la idea de Patria, volver a hacer de la Francia republicana y libre un Estado organizado interiormente y tan fuerte en el exterior como lo fue bajo el antiguo régimen.»

Los más activos del equipo de la Patria francesa formaron un Comité d’Action Française ; en él figuraban los nombres de Maurras, Pujo, Vaugeois, Cortambert; ya estaba plenamente adoptada la posición antisemítica del grupo, y el Manifiesto de San Remo, 22 de febrero de 1899, pronunciado por Felipe, duque de Orleáns, pretendiente al trono de Francia, la afirmaba claramente. El pequeño grupo citado fundó el 1.° de agosto de 1899 la revista L’Action Française, entonces un folletito gris que aparecía cada quince días. En él figuraban las firmas de Vaugeois, Maurras, Bainville, Louis Dimier, Pierre Lasserre, Copin-Albancelli, Lucien Moreau, Caplain-Cortambert, Bailly, Dauphin-Meunier, Robert Launay. Los redactores se reunían en el famoso café de Flore, cerca de la plaza de Saint-Germain-des-Près. Ya se destacaba entre todos Maurras, y tenazmente se oponía a todo proyecto de reconstrucción de la Francia «liberal o democrática, que él consideraba marcada por un mismo signo uniforme de fracaso».

Capitán Ryder

Nota: Este ensayo, junto a otros, están incluidos en el libro “Charles Maurras y La Acción Francesa”, Ediciones Fides

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