EL QUIJOTE ( y VII). EL PUNTO DE DISCRECION

EL PUNTO DE LA DISCRECION

Cervantes quiere otra postura que asuma las ventajas del doctrinarismo de los reyes y del oportunismo del pueblo. Esta postura es la que dicta la prudencia, lo que podemos llamar prudencialismo. Cervantes es un enamorado de la prudencia. Prudencia es discreción, esto es, lo opuesto de necedad. La prudencia es la regla de todas las demás virtudes, la que reduce a ponderada medida todas nuestras acciones, para que no pequen ni por exceso ni por defecto. “No seas siempre riguroso ni siempre blando”, dice textualmente Cervantes en el Quijote, “y escoge el medio entre estos dos extremos, que en esto está el punto de la discreción”. ‘Qué lejos está Cervantes de todo doctrinarismo y de todo oportunismo extremoso! El medio del prudencialismo es la más preclara de sus dotes: “Siempre los medios fueron alabados en todas las cosas –dice en La Galatea- como vituperados los extremos; que si abrazamos la virtud más de aquello que basta, el sabio granjeará nombre de loco y el justo de inicuo”.

Ante la situación de la política española y como respuesta personal ante sus problemas, surgió en la mente de Cervantes la idea del Quijote. El ideal de los reyes es magnífico, porque es espléndido el doctrinarismo en uno de sus aspectos: su faz abstracta. Pero como dice la Escritura, “el corazón del sabio entiende el tiempo y las exigencias”(1), y el tiempo en que vive Cervantes exige templar la ejecución de ese ideal caballeresco, que es excesivamente hermoso para ser realizable. Su personificación literaria la dará un hidalgo de la Mancha que, a fuerza de leer libros de caballerías, donde todo es irreal y utópico, se vuelve loco y quiere realizar con medios incongruentes y anacrónicos las proezas de los caballeros de un tiempo definitivamente muerto.

Por otra parte, la postura del pueblo español era sensata, porque es cuerdo el oportunismo en uno de sus aspectos: su faz concreta. Pero la Escritura repudia a los abandonan la verdad por un pedazo de pan(2), y el tiempo en que vive Cervantes exige sacudir ese oportunismo, que yerra ya de prosaico. Su personificación burlesca será Sancho Panza, y su lema, la frase que mejor caracteriza el espíritu acomodaticio de éste: “No todo ha de ser Santiago y cierra España”.

Surgió así esa maravilla que es el Quijote en la mente de Cervantes. Don Quijote, que acertaría en los fines, como acierta el doctrinarismo de los reyes; que erraría en los medios, como ese doctrinarismo erraba por disconveniencia del concepto con la realidad; Sancho Panza, que acertaría en los medios, como acierta el oportunismo del pueblo, pero que erraría en los fines, como este oportunismo pecaba por flojedad, adocenamiento y entrega a lo circunstancial.

Cervantes no es ni doctrinario ni oportunista: esta es la lección de su obra. No se casa ni con Don Quijote ni con Sancho; no se retrata en sus personajes, se retrata en su libro. La intención cuerda y la ejecución loca del caballero doctrinario y la loca intención y la cuerda ejecución del escudero oportunista están lejos de reflejar el verdadero espíritu de Cervantes. Este salta más allá, por encima de cada uno de sus personajes, hablando a veces por su boca, pero siempre con una aspiración a completar los defectos del uno con las perfecciones del otro, y a lograr, por encima de los extremos del doctrinarismo y el oportunismo, el punto medio del prudencialismo.

Así, al menos, veo yo el Quijote, libro de la cordura integral.

(1) Eccle, VIII, 5

(2) Prov. XXVIII, 21

Leopoldo Eulogio Palacios, Libros de bolsillo, RIALP

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