EL QUIJOTE (VI). LOS OPTIMATES Y EL PUEBLO

LOS OPTIMATES Y EL PUEBLO

Cervantes fraguó su novela en un momento crítico de la historia de España, en el que se enfrentaban ante sus ojos, de una manera ejemplar que acaso no ha vuelto a repetirse nunca tan agudamente, dos concepciones de la política y del encaminamiento de los negocios públicos.

Por un lado, el rey, los magnates, el alto clero, la nobleza más adicta a la real persona, los altos dignatarios del reino y del Santo Oficio sostenían, con los ojos puestos en el bien público de la Cristiandad, los ideales de un imperio sacro y confesional, teniendo la honrosa determinación de querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la monarquía andante, de que habían sido gloriosos paladines San Luis y San Fernando. Había que defender contra la disolución moderna los principios que habían sido fundamento de la civilización cristiana, siempre puestas en la imaginación las historias de los caudillos católicos, flor y espejo de los soldados de Cristo. El César Carlos y su hijo Felipe fueron, cada uno en su estilo, protagonistas de la gran epopeya, y sus figuras constituyen el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros de la ciudad de Dios sobre la tierra.

Por otro lado, Cervantes se encuentra al pueblo: aquel pueblo español, sufrido, encallecido por el trabajo y cansado por el enorme desgaste de las empresas caballerescas en que le han embarcado sus colosales monarcas, y en el que se había desarrollado un poderoso deseo acomodaticio de ajustarse a las ínfimas realidades de la vida.

TENSION Y RELAJAMIENTO

Cervantes se da cuenta de la ventaja que presentan estas dos posturas antitéticas, pero también de sus peligros. Nuestros monarcas han concebido y trazado en su mente el plano inmenso de un Imperio que reduce el globo a la unidad. Sobre la vida concreta, henchida de rivalidades, divergencias, idiosincrasias, ambiciones y particularidades, se alza el mirador de unos reyes que abarcan un mundo en cuyos dominios no se pone el sol, pero que no pueden alcanzarlo con los ojos, y se confían a la razón abstracta y reflexiva, lo que les permite conducirse mediante reglas fijas, mantenerse resueltos contra las debilidades momentáneas, y dar unidad a su política. No obstante lo cual, el mundo concreto no se deja reducir a sus cálculos, los conceptos abstractos se interponen entre la realidad y el hombre, y éste, en vez de ver las cosas en sí mismas y como son, las ve en el espejo engañoso de una concepción ideal, que es cosa de libros, y que en último extremo nos llevaría a creer que todo cuanto pensamos, vemos o imaginamos es hecho y pasa al modo de lo que hemos leído. En suma, Cervantes se da cuenta de que ese magnífico ideal de los reyes tiene todas las ventajas, pero también todos los defectos del doctrinarismo.

Las ventajas que, del otro lado, le presenta el sentir del pueblo son también muy grandes. Un pueblo que ha vivido con la amplitud del español del siglo XVI, goza de un sentido de la realidad profundo y rico, y la experiencia sacada de su comunicación con el mundo entero es profundo venero de cordura. “El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”, dice Cervantes en La Gitanilla. No en vano se acomoda mejor a las circunstancias quien las conoce a fondo; y hasta las derrotas de un pueblo que ha vivido mucho e intensamente se valen de recursos que sirven de consuelo al infortunio. Con todo eso, cuando esta disposición carece de un ideal que la levante de sus prosaicos intereses y está desprovista de una norma moral que la encamine a altos designios, corre el peligro de relajarse y desviarse, y de perder por la vida las causas del vivir. Et propter vitam vivendi perder causas¡ En resumen, Cervantes se da cuenta de que esa elemental actitud del pueblo cansado tiene todas las ventajas, pero también todos los defectos del oportunismo.

 

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