EL QUIJOTE (II). BUEN FIN Y MALOS MEDIOS

Don Quijote es hombre de ideales. Baste evocar la empresa caballeresca a que se sintió movido el hidalgo de la Mancha: enderezar entuertos y deshacer agravios, extendiendo el reino del bien sobre la tierra.

El ideal es siempre un fin, aunque no todo fin sea un ideal. Es, por tanto, algo que pertenece al orden de la intención. Don Quijote es el hombre de la intención más pura y razonable que darse pueda. En este terreno, ninguna locura es imputable al Caballero de la Triste Figura, ninguna perdición la de ganar para el bien todas las cosas.

Considerando a Don Quijote en este plano de la intención y del fin de la acción humana, es un hombre perfecto. ¿Quién se atrevería a ponerle la menor tacha?

En cambio, en el orden de los medios y de la ejecución, Don Quijote, en aquello que es esencial a su figura, falla siempre. Aquí habría que traer, si quisiéramos hacer un estudio pormenorizado, todos los errores y equivocaciones del Ingenioso Hidalgo, al que seguramente Cervantes llamaría “ingenioso” por lo poco habituados que estamos a encontrarnos con hombres que urdan para vivir tales trazas: el haber tomado los molinos por gigantes, el rebaño de carneros por ejército, el río Ebro por océano, la venta por castillo, la Maritornes por hija del castellano, etc. Pero aún equivocaciones tan grandes como las dichas son nada ante la equivocación fundamental de Don Quijote: el error de haber elegido como medio para poner por obra su altísimo designio de hacer el bien sobre la tierra la profesión de la caballería andante. Este desacierto es el pecado original de todo el quijotismo. Porque la caballería andante, resucitada en pleno siglo XVI con unas armas llenas de hollín y moho, que pertenecían a la Edad Media, época pasada para siempre, significa la más desatinada y loca de las elecciones.

Ahora bien, ¿qué representa este Don Quijote que acierta en el fin y yerra en los medios? A mi juicio, la encarnación y el símbolo del doctrinarismo. El doctrinarismo es la postura del hombre que desea ardientemente realizar el bien sobre la tierra valiéndose sólo de principios abstractos; que aspira a conseguir un fin nobilísimo sin tener en cuenta las exigencias de los medios; que vive prendado de un ideal, pero evadido de las duras condiciones de lo real. El doctrinarismo, como Don Quijote, goza de toda clase de aciertos en el orden de la intención, pero sufre toda clase de yerros en el orden de la ejecución. Y, de esta suerte, como el buen manchego, es una postura paradójica, mutilada e incompleta, que no podemos profesar sin amputar la mitad de nuestro ser por la ausencia terrible de lo real.

Leopoldo Eulogio Palacios, “Don Quijote y La Vida es Sueño”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *