EL QUIJOTE (I). LEOPOLDO EULOGIO PALACIOS

Una de las muchas salidas para tranquilizar y alentar el espíritu en esta época oscura es la de la lectura.

La belleza juega un papel importante en la vida del ser humano. No es casualidad que estas décadas pasadas el feísmo se haya tan presente en la sociedad y, desgraciadamente, en la Iglesia.

Miguel Sanmartín Fenollera trae esta semana en su magnífico blog una frase muy oportuna de William Morris “La belleza es, sostengo, no un mero accidente para la vida humana que las personas pueden tomar o abandonar según lo deseen, sino una necesidad vital”.

San Agustín decía aquello de “tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva…”

Un instrumento, de los muchos que hay, de tender a esa Belleza de la que habla San Agustín es la lectura, las buenas lecturas. Entre estas, el Quijote ocupa sin duda un lugar relevante. La mejor forma de definir esta obra en pocas palabras me llegó a través de uno de mis cuñados. Un hombre le había comentado respecto al Quijote “La primera vez que la leí me hizo reír, la segunda vez que la leí me hizo pensar, la tercera vez que la leí me hizo llorar”.  Y eso es porque, como decía Leopoldo Eulogio Palacios, el Quijote es una novela tan extraordinaria, hace pensar en tantas cosas, tiene tantas caras y encierra tan misteriosa filosofía, que los críticos no se han contentado siempre con las palabras de Cervantes de que la novela “no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías”.

El mismo filósofo dedicó un librito para acercarnos a la interpretación que él hacía del Quijote. Es la que les traeré en las próximas entradas con la idea de acercarles un pedacito de esa belleza tan necesaria. Puede que con ello se animen a leerla o releerla, según los casos.

Dice quien fuera catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid desde 1944:

Para alcanzar la significación universal del Quijote debemos estudiar, ante todo, el genio y la figura de esos dos hombres a los que Cervantes llamó Don Quijote y Sancho Panza. Y para estudiarla sólo tenemos un procedimiento disponible: ir allí donde se nos presenta, que es el argumento de la obra. Como se trata de una narración viviente donde se desarrolla una acción, la mentalidad de sus protagonistas deberá manifestársenos analizando esa acción misma. Ahora bien, toda acción humana tiene dos planos: el orden de la intención y el orden de la ejecución. El orden de la intención es el plano del fin; el orden de la ejecución es el plano de los medios, es decir, la intención del hombre mira siempre a un fin, la ejecución mira siempre a unos medios, con los que quiere conseguir el fin y paradero que se propone su intención.

Pero la intención y la ejecución del hombre es unas veces acertada y otras desacertadas. Hay hombres de buena y de mala intención y de buena y de mala ejecución. Y como la intención se refiere al fin y la ejecución a los medios, hay hombres que aciertan en el fin y en los medios: son los hombres perfectos, de recta intención y buena ejecución; hay hombres que no aciertan ni en el fin ni en los medios; son los hombres errados, de torpe intención y mala ejecución. Y habría, en fin, unos entes paradójicos que serían a medias lo que son los hombres perfectos y a medias lo que son los hombres errados; unos entes que aciertan en el fin y yerran en los medios, o que aciertan en los medios y yerran en el fin: de estos entes fueron, respectivamente, Don Quijote y Sancho Panza.

Don Quijote nos muestra, a lo largo de toda la obra de Cervantes, esta paradójica condición de ser el hombre que tiene buen fin y malos medios, óptima intención y pésima ejecución. Sancho Panza, en cambio, se exhibe a lo largo del Quijote con una condición no menos llamativa: la de ser el hombre que acierta en los medios, pero yerra en el fin.

Capitán Ryder

El libro de Leopoldo Eulogio Palacios se titula “Don Quijote y La Vida es sueño”

Enlace al blog de Miguel Sanmartín Fenollera

http://delibrospadresehijos.blogspot.com/

 

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