EL INFIERNO (II)

En este post, Monseñor Segur, desgrana la infinidad de testimonios históricos, proféticos, evangélicos que hacen referencia al infierno.

El Señor, en su infinita misericordia, ha impreso en la conciencia de todos los pueblos esta gran verdad, para que todos ellos tengan su oportunidad de alcanzar salvación.

Vamos con algunos, de los infinitos, testimonios que ponen de manifiesto esta gran, e incomoda hoy día, verdad.

Desde un principio se encuentra consignada claramente la existencia de un infierno eterno de fuego en los más antiguos libros conocidos, los de Mises…En ellos se encuentra el nombre mismo del infierno con todas sus letras.

Así, en el capítulo decimosexto del libro de los Números, vemos a los tres levitas Coré, Dathan y Abiron que habían blasfemado de Dios y rebelándose contra Moisés, “tragados por el infierno”, repitiendo el texto: “Y bajaron vivos al infierno; y el fuego que hizo salir el Señor devoró a otros doscientos cincuenta rebeldes”.

Moisés escribía esto más de mil seiscientos años antes del nacimiento de nuestro Señor, es decir, hace cosa de tres mil quinientos años.

En el Deuteronomio dice el Señor por boca de Moisés: “se ha encendido en mi cólera el fuego, y sus ardores penetrarán hasta las profundidades del infierno”.

En el libro de Job, escrito también por Moisés, según parecer de los más grandes sabios, los impíos, cuya vida rebosa de bienes y que dicen a Dios: “No tenemos necesidad de Vos, no queremos vuestra ley: ¿a qué fin serviros y rogaros?” esos impíos caen de repente en el infierno.

Job llama al infierno “la región de las tinieblas, la región sumergida en las sombras de la muerte, la región de las desdichas y las tinieblas, en la que no existe orden alguno, pero donde reina el horror eterno. He aquí testimonios ciertamente más que respetables y que se remontan a los más apartados orígenes históricos.

Mil años antes de la Era cristiana, cuando no se trataba aún de historia griega ni romana, David y Salomón hablan con frecuencia del infierno como de una gran verdad, de tal modo conocida y admirada de todos, que no hay necesidad de demostrarla. En el libro de los Salmos, David dice, entre otras cosas, hablando de los pecadores: “Sean arrojados al infierno; que los impíos sean confundidos y precipitados al infierno”. Y en otra parte habla de los “dolores del infierno”.

Salomón no es menos explícito. Refiriendo los propósitos de los impíos que quieren seducir y perder al justo, dice: “devorémoslo vivo, como hace el infierno”. Y en aquel hermoso pasaje del libro de la Sabiduría, en que tan admirable pinta la desesperación de los condenados, añade: “He aquí lo que dicen en el infierno, aquellos que han pecado, pues la esperanza del impío se desvanece como el humo que el viento se lleva”.

En otro de sus libros, llamado Eclesiástico, dice también: “La multitud de los pecadores es como un manojo de estopa, y su último fin es la llama de fuego; tales son los infiernos y las tinieblas y las penas”.

Dos siglos después, más de ochocientos antes de Jesucristo, el gran profeta Isaías decía a su vez: “¿Cómo has caído de lo alto de los cielos, oh Lucifer? Tú que decías en tu corazón: Yo subiré hasta el cielo y seré semejante al Altísimo, te vemos precipitado en el infierno, en el fondo del abismo”…

En otro pasaje de sus profecías, Isaías habla del fuego, “del fuego eterno del infierno”. “Los pecadores, dice, deben temblar de espanto. ¿Cuál de vosotros, podrá habitar en el fuego devorador, en las llamas eternas?

El profeta Daniel, que vivía doscientos años después de Isaías, dice, hablando de la resurrección final y del juicio: “Y la muchedumbre de aquellos que duermen en el polvo, se despertarán, los unos para la vida eterna, los otros para un oprobio que no cavará nunca”.

Existe igual testimonio de los demás profetas, hasta el precursor del Mesías, San Juan Bautista, el cual habla al pueblo de Jerusalén del fuego eterno del infierno, como de una verdad de todos conocida y de la que nadie jamás ha dudado: “He aquí el Cristo que se aproxima, exclama: El cernerá el grano, recogerá el trigo (los escogidos) en los graneros, y la paja (los pecadores) la arrojará al fuego inextinguible”.

La antigüedad pagana, griega y latina, nos habla igualmente del infierno y de sus terribles castigos, que no tendrán fin. Bajo formas más o menos exactas, según que los pueblos se alejaban más o menos de las tradiciones primitivas y de las enseñanzas de los Patriarcas y Profetas, se encuentra siempre la creencia de un infierno, de un infierno de fuego y de tinieblas.

Tal es el Tártaro de los griegos y de los latinos. “Los impíos que han despreciado las santas leyes, son precipitados en el Tártaro para no salir jamás, y para sufrir allí horribles y eternos tormentos”, dice Sócrates, citado por Platón, discípulo suyo.

Y platón dice también: “Debe prestarse fe a las antiguas y sagradas tradiciones, que enseñan que después de esta vida el alma será juzgada y castigada severamente, si no ha vivido como convenía”. Aristóteles, Cicierón, Séneca, hablan de las mismas tradiciones, que se pierden en la noche de los tiempos.

Homero y Virgilio las han revestido de los colores de su inmortal poesía. ¿Quién no ha leído la relación de la bajada de Eneas a los infiernos, donde bajo el nombre de Tártaro, de Platón, etc, hallamos las grandes verdades primitivas, desfiguradas, pero conservadas por el Paganismo? Los suplicios de los malos son allí eternos, y uno de ellos está pintado como “fijo, eternamente fijo en el infierno”.

El infierno, Monseñor Segur

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