EL ECUMENISMO EN JUAN PABLO II (XII)

Seguimos profundizando en este tema, de la mano ahora, de las propias palabras de Juan Pablo II.

Extractamos partes de 2 discursos pronunciados durante su pontificado. Uno de ellos al comienzo, año 1980, el segundo del final de esa década.

Estas manifestaciones confirman lo expresado en ensayos anteriores. El ecumenismo postconciliar, distinto del Tradicional, era algo totalmente asumido por Juan Pablo II.

Vamos con ellos:

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS REPRESENTANTES DEL CONSEJO DE LA IGLESIA EVANGÉLICA DE ALEMANIA

Museo de la catedral de Maguncia Lunes 17 de noviembre de 1980

“Recuerdo en este momento a Martín Lutero que en 1510-1511, como peregrino, pero también buscando y preguntando, llegó a Roma, a las tumbas de los Príncipes de los Apóstoles. Hoy vengo yo a ustedes, a los herederos espirituales de Martín Lutero; vengo como peregrino(1). Vengo para dar, en un mundo cambiado, un signo de la unidad en los misterios centrales de nuestra fe(2).

A ejemplo del Apóstol de las Gentes debemos tomar todos conciencia de la necesidad de conversión que todos tenemos. No hay vida cristiana sin penitencia. “El auténtico ecumenismo no se da sin la conversión interior” (Unitatis Redintegratio, 7). “No nos juzguemos, pues, ya más los unos a los otros”. (Rom 14, 13). Por el contrario, nosotros queremos admitir recíprocamente nuestras culpas. Aun en relación a la gracia de la unidad vale la frase: “Todos pecaron” (Rom 3, 23)(3). Deberíamos reconocer y decir esto con toda seriedad y extraer las consecuencias pertinentes. Más importante es aún reconocer de corazón las consecuencias que el Señor saca de los fallos humanos. Pablo dice expresamente: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Dios no cesa de “tener de todos misericordia” (Rom 11, 32). Dios dona a su Hijo, se dona a Sí mismo, dona perdón, justificación, gracia, vida eterna. Esto es lo que debemos confesar todos juntos.

En la consideración de la Confessio augustana y en numerosos contactos, hemos descubierto de nuevo que esto es lo que juntos creemos y confesamos. Ya los obispos alemanes han dado testimonio de ello en su pastoral “Y venga tu Reino” (20 de enero de 1980). Decían a los católicos alemanes: “Nos alegramos no sólo de poder descubrir un consenso parcial en algunas verdades, sino una concordancia en las verdades centrales y fundamentales. Esto nos hace esperar la unidad también en aquellos ámbitos de nuestra fe y de nuestra vida en que hasta el momento estamos separados”. La gratitud por lo que permanece y nos une no debe hacernos ciegos para ver todo aquello que todavía nos separa. Debemos tenerlo presente juntos, en la medida de lo posible, no para aumentar las grietas, sino para superarlas. No deberíamos quedarnos con la comprobación: “Así estamos y permanecemos por siempre separados y enfrentados”. Unos con otros estamos llamados a esforzarnos por la plena unidad en la fe en un dialogo en la verdad y en el amor. Sólo la plena unidad nos brinda la posibilidad de reunimos en la única mesa del Señor con un mismo espíritu y una misma fe. De qué se trata ante todo en éstos esfuerzos, podríamos dejárnoslo decir por Lutero en sus exposiciones sobre la Carta-a los Romanos de 1516-1517. El enseña que “la fe en Cristo, por la cual somos justificados, no consiste sólo en creer en Cristo o más exactamente en la persona de Cristo, sino en creer en lo que es de Cristo”. “Nosotros deberíamos creer en El y en lo que es suyo”. A la cuestión “¿qué es esto?”, responde Lutero refiriéndose a la Iglesia y a su auténtica predicación. Si las cosas que nos dividen fueran solamente “las ordenaciones eclesiásticas instituidas por los hombres (cf. Confessio augustana, VIII), entonces las dificultades podrían y deberían ser resueltas lo antes posible. Según la convicción católica, el disenso afecta a “lo que es de Cristo”, a “lo que es suyo”: su Iglesia y la misión de ésta, su mensaje y sus sacramentos, así como los ministerios instituidos para el servicio de la palabra y de los sacramentos. El diálogo conducido después del Concilio nos ha hecho avanzar bastante en relación con todo esto. Precisamente en Alemania se han dado varios pasos importantes. Esto nos debe infundir confianza ante los problemas que quedan aún por resolver.

DISCURSO EN EL ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE LA IGLESIA NACIONAL DANESA,

En la residencia del obispo luterano de Roskilde, martes 6 de junio 1989

Esos coloquios han incrementado de varios modos la colaboración entre nuestras Iglesias. Sin embargo, existen todavía, en tiempos de diálogo ecuménico, grandes obstáculos. Muchos señalan uno de ellos en la persona de Martín Lutero y en la condena de algunas de sus enseñanzas que la Iglesia católica pronunció en aquellos tiempos. Los resultados de su excomunión han producido heridas profundas que después de 450 años no han cicatrizado todavía y que tampoco pueden curarse mediante un acto jurídico (4). Después de que la Iglesia católica ha comprendido que la excomunión termina con la muerte de cada hombre(5), este tipo de procedimiento se ve como medida que afecta a alguien mientras vive. Hoy ante todo necesitamos una valoración nueva y común de muchos interrogantes que han surgido de Lutero y de su mensaje(6). Por este motivo he podido afirmar en el curso del 500 aniversario del nacimiento de Martín Lutero: “En la práctica, los esfuerzos científicos de los investigadores evangélicos y de los católicos, que han logrado resultados excelentes, han conducido a un panorama pleno y diferenciado de la personalidad de Lutero y a una complicada conexión de los acontecimientos históricos en la sociedad, en la política y en la Iglesia de la primera mitad del siglo XVI. De todos modos, lo que ha salido a la luz de modo convincente es la profunda religiosidad de Lutero (7), que ardía de ansia abrasadora por el problema del la salvación eterna” (Carta al cardenal Willebrands, 31 de octubre, 1983: A AS 77, 1985, págs. 716-717).

 Algunas peticiones de Lutero relativas a una reforma y a una renovación han hallado eco en los católicos desde diversos puntos de vista(8): así, cuando el Concilio Vaticano II habla de la necesidad de una reforma y de una renovación permanente: “La Iglesia peregrina en este mundo está llamada por Cristo a esta perenne reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana., necesita permanentemente; tanto que si algunas cosas, por circunstancias de lugar y tiempo, decayeren de su debida observancia en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina -el cual debe distinguirse con sumo cuidado del depósito mismo de la fe-, deberán restaurarse a tiempo en la forma y orden debidos” (Unitatis redintegratio, 6).   El deseo de escuchar nuevamente la palabra del Evangelio, y de convencerse de su veracidad que animaba también a Lutero(9), debe guiarnos a buscar el bien en los otros, a perdonar, a renunciar a visiones que están en contraste o son enemigas de la fe(10).  A propósito de la historia de nuestra separación, deseo repetir las palabras que pronuncié con ocasión de mi visita pastoral a Alemania Federal: “No nos juzguemos, pues, ya más los unos a los otros (Rom. 14, 13). Por el contrario, nosotros queremos admitir recíprocamente nuestras culpas, Aún en relación a la gracia de la unidad vale la, frase: ‘Todos pecaron’ (Rom. 3, 23).

NOTAS DEL CAPITAN:

(1)Hoy, mucho católicos contrarios a Francisco, califican comentarios como este de “pequeño error”, frente a las “herejías” de Francisco al declarar a Lutero “testigo del Evangelio”. Yo, sinceramente, no veo ninguna diferencia, es más, me parece que el segundo es perfecta continuación del primero. Juan Pablo II va como peregrino a los “herederos espirituales” de quien causó la mayor herida a la Cristiandad, quien de hecho, la destruyó.

(2)Me pregunto, sinceramente, cuáles son esos misterios centrales que nos unen, entre los cuales no figura claramente la Eucaristía.

(3)No contrastemos pues las doctrinas falsas con las verdaderas, pues todos pecaron. Los que provocaron el cisma y la Iglesia. Todos igualados en las culpas.

(4)Las heridas parece que fueron provocadas por las excomuniones, no por Lutero. La culpa, de la Iglesia.

(5)Me pregunto si rige esto también para los seguidores de Monseñor Lefebvre. Este falleció en 1991, pero Juan Pablo II no levantó las excomuniones a los obispos por él ordenados a pesar de que en 1989 manifestaba que las excomuniones terminaban con la muerte.

(6)Lo manifestado por la Iglesia los 500 años anteriores no vale para nada. ¿Por qué es necesaria una valoración nueva? ¿Era falsa la valoración realizada por las Iglesia los 500 años anteriores?

(7)También han salido a la luz muchas otras cosas. El profundo odio a toda aquella persona que no le rindiese pleitesía, los asesinatos producidos con su beneplácito, el aval a los robos realizados por los príncipes alemanes, la desmedida en el comer y beber, el odio al Papado etc. Otra pregunta, ¿vale eso de “la profunda religiosidad” también para Lefebvre? ¿Justificaría “una profunda religiosidad” cualquier herida causada a la Iglesia?

(8)Parece ser que la Iglesia nunca se planteó ninguna reforma hasta llegar Lutero. De hecho, parece que hasta el Vaticano II, se ve que no había otro ejemplo, no recogimos el guante. Entre mil ejemplos citaré sólo 2. La tradición cuenta que Francisco de Asís oyó la voz de Dios que le manifestaba aquello de “repara mi casa que se hunde”. Ese mandato dio nacimiento a una orden que era una reforma radical de cómo vivían muchos frailes en aquellos días su vocación. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, pocos años después de Lutero reformaron la vida monástica, podrida en muchos aspectos, de una manera maravillosa. Todo eso sin necesidad de provocar ningún cisma, guerra etc. No hay prueba más clara de la inutilidad, para el mundo y la Iglesia, de los “luteros” de turno, frente a la vida de estos Santos

(9)Era tal el deseo de “escuchar” el Evangelio que sentenció que cada uno podía entender lo que quisiera, libre examen.

(10)Nada hay más enemigo de la fe que dejar que el error se expanda en aras a una supuesta paz.

Capitán Ryder

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