EL ECUMENISMO EN JUAN PABLO II (XI)

Última parte del artículo de Johannes Dörmann, publicado en Adelante la Fe.

A propósito del comentario del cardenal Wojtyla sobre el texto conciliar (c). En su comentario de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (nº 22) el Cardenal no renuncia solamente a una «exégesis particular» de formulaciones que «hablan por sí mismas», sino también a la demostración anunciada por él en el sentido de que el Vaticano II había insertado en el centro de dicha Constitución la verdad del amor nupcial de Cristo hacia cada hombre. En lugar de esto, él persigue de improviso un objetivo bien diferente: lo que le interesa es el concepto de la Revelación en el texto conciliar, que debe estar también en íntima relación con el tema de la meditación «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre». Además quiere llamar la atención sobre lo que ese texto contiene de «nuevo y sugestivo». Sobre este punto vamos a concentrar nuestro interés.

La interpretación del cardenal Wojtyla de ese texto del Concilio se verifica en cuatro partes:

En cuanto a la primera: Nadie contradirá la afirmación del Cardenal según la cual «el concepto del misterio del hombre»que se «revela» en Cristo, se opone al racionalismo y al empirismo. Pero la Iglesia siempre ha defendido esa concepción y no solamente lo hizo el último Concilio. ¿Significa esto lo nuevo y sugestivo anunciado en el texto conciliar?

En cuanto al segundo punto: el texto conciliar debe esclarecer, según la opinión del Cardenal, «el carácter antropológico, e, incluso, antropocéntrico, de la Revelación», aplicando al hombre el concepto de misterio.

Las palabras «antropológico» o «antropocéntrico» no se encuentran en el texto conciliar. El cardenal Wojtyla habla de un «carácter antropológico, o antropocéntrico de la Revelación» como de una evidencia teológica. Joseph Ratzinger, en cambio, recalca el aspecto cristocéntrico del mismo texto(1).

Por otra parte, la argumentación dada por el cardenal Wojtyla en favor de un supuesto «carácter antropocéntrico de la Revelación» que el texto conciliar debiera resaltar no es, de modo alguno, convincente. Se sabe muy bien que en teología la «noción de misterio» no es sólo aplicable al hombre sino a todos los misterios del cristianismo. Así, por ejemplo, al misterio de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, del pecado original y de la Redención, de la Iglesia y los sacramentos, de la justificación y los fines últimos. Se debería, por consiguiente, hablar de un carácter teocéntrico, cristocéntrico, eclesiocéntrico, justificaciocéntrico, etc., de la Revelación. El «misterio del hombre» tiene, evidentemente, en la teología del cardenal Wojtyla un significado muy especial.

Además, pasar del empleo «de noción de misterio para hablar del hombre» al «carácter antropocéntrico de la Revelación» parece una desproporción desmesurada. He aquí la explicación: «Esta Revelación está centrada sobre el hombre: Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, pero lo hace mediante la revelación del Padre y de su amor (cf Jn. XVII, 6-26)». Se trata de una tesis fundamental y de un alcance considerable. Sin duda la misma no derivó, en modo alguno, del texto conciliar, pero sí aclara lo que el Cardenal entiende bajo el pretendido «carácter antropocéntrico de la Revelación».

En cuanto a la tercera parte, la frase: «La Revelación no es una teoría o una ideología» afirma algo demasiado evidente. La teología clásica entiende por revelación propiamente dicha la Locutio Dei ad homine.

La definición del cardenal Wojtyla, según la cual «La revelación consiste en que el Hijo de Dios por su Encarnación se ha unido a cada hombre, y que en cuanto hombre llegó a ser uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Hebr. IV, 15)…», no es una interpretación fidedigna del texto conciliar que sólo dice que el Hijo de Dios se ha unido «en cierto modo» a todo hombre. El texto conciliar puede comprenderse sin dificultad alguna en el sentido de los Padres, que comparan la Encarnación del Hijo de Dios a una «unión» o «enlace» con todo el género humano. Pero en tal caso, no se trata más que de un «matrimonio virtual», según el cual el género humano queda orientado hacia Cristo, y no de la aplicación de los frutos de la Redención o de la comunicación de la Gracia sobrenatural. Esta última sólo se realiza en el «matrimonio formal» de Cristo con su esposa, la Iglesia, la comunidad de los pecadores justificados (cf. más arriba 2.4 Anotaciones críticas). La definición del Cardenal no puede pues ser interpretada en el sentido de los Padres y de la teología clásica. Nosotros hemos demostrado que el cardenal Wojtyla entiende la unión del Hijo de Dios con cada hombre en el sentido de la Redención universal (cf. más arriba 2.4). Por eso su definición de la Revelación enuncia, respecto de toda la Tradición, una noción verdaderamente nueva. Ello suministra la clave para una comprensión adecuada de su concepto de la Revelación.

Desde la época del Nuevo Testamento, es una evidencia teológica que Dios se ha revelado a nosotros, los hombres, por la Encamación de su Hijo. Cristo no nos revela a Dios solamente por su palabra y sus obras, sino Él es también in persona la Revelación de Dios: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. I, 14). Por eso se puede hablar del carácter cristocéntrico de la Revelación bíblica teocéntrica.

El cardenal Wojtyla dice no obstante algo muy distinto. Su definición no dice que: la Revelación consiste en que el Hijo de Dios se hizo hombre tomando carne de la Virgen María y ha revelado la gloria del Hijo único del Padre, en una palabra, la gloria de Dios. Sino que el Hijo de Dios por su Encamación se ha unido con todo hombre y que, como hombre, llegó a ser uno de nosotros. La diferencia con la formulación del Evangelio de San Juan es notoria: En el concepto de la Revelación según el cardenal Wojtyla el hecho interior de la unión oculta del Hijo de Dios con cada hombre corresponde al hecho exterior de la Encamación del Hijo de Dios llegando a ser uno de nosotros y nos explica, o nos «manifiesta», en tanto hombre, nuestra propia humanidad. Este cambio de acento señala de manera sutil el viraje antropocéntrico: la unión de Cristo con cada hombre por la Encarnación es lo fundamental, el primer objeto en la noción de Revelación y la clave para la comprensión del «carácter antropocéntrico de la Revelación» puesto de relieve por el Cardenal.

El objetivo primario de la Revelación se deja ahora precisar claramente. Como hemos visto, para el cardenal Wojtyla es la unión del Hijo de Dios con todo hombre en razón de la Encarnación como un «matrimonio formal», real y sobrenatural, y una comunicación de la «existencia en Cristo». Esta unión es, por consiguiente, una realidad interna «sobrenatural» presente en cada hombre, puesto que en él, desde el primer instante de su existencia, «permanecen intactas la imagen y la semejanza con Dios mismo». Este hecho el Cardenal lo llama Revelación. Por eso él entiende la redención universal como el hecho fundamental de la Revelación.

Si la Revelación consiste en la unión de Dios con todo hombre, entonces la noción de Revelación misma es recíproca. Eso quiere decir que la Revelación del Hijo de Dios en el hombre es también la Revelación del hombre en el Hijo de Dios. Ya estamos en el punto culminante: «la existencia en Cristo» del hombre es idéntica a la plenitud y profundidad de la humanidad, del carácter humano, del hombre. Esto es exactamente lo que expresa la frase del Cardenal: «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre».

Esta manifestación del hombre a sí mismo en y por Cristo, podría ser comprendida como un fenómeno puramente interior y subjetivo de la Revelación. El cardenal Wojtyla lo comprende también así. Escribe al respecto:

«Cristo, el Redentor del mundo, es quien ha penetrado de una manera única y absolutamente singular en el misterio del hombre y que ha entrado en su corazón». Y también: «Cristo obra en el hombre»«a través del Espíritu Santo, que actúa en todos los hombres».

Pero en el comentario citado más arriba, él prosigue su razonamiento principal. Ahí dice:«Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre pero lo hace a través de la Revelación del Padre y de su amor».

Por Revelación del Padre y de su amor hay que comprender desde luego la obra históricamente realizada por las palabras y las acciones de Jesús. Según ello, es preciso distinguir en el cardenal Wojtyla una revelación interior, ya existente en todo hombre en razón de la Encarnación, y una externa, realizada por las palabras y acciones de Jesús.

La revelación externa está definida como un medio por el cual Cristo «aclara» al hombre el «misterio del hombre», es decir, sobre la realidad ontológica de «la existencia en Cristo» presente en todo hombre. Es el medio por el cual Él le «manifiesta» o le «hace tomar conciencia» de su auténtica humanidad. Pero aún una revelación externa comprendida como un medio para aclarar la existencia del hombre tiene per se un «carácter antropocéntrico».

Por consiguiente, el cristiano creyente no poseería frente al no cristiano «la existencia en Cristo», puesto que ésta debe ser común a todos los hombres, sino solamente el conocimiento ofrecido y revelado en Cristo de la naturaleza verdadera y profunda de la humanidad del hombre.

En cuanto al cuarto punto: la tesis de la Redención universal y la concepción antropocéntrica de la Revelación, transforman de manera casi imperceptible el vocabulario empleado por el cardenal Wojtyla. He aquí un nuevo ejemplo:

«Por la Encarnación del Hijo de Dios se ha puesto de relieve la gran dignidad de la naturaleza humana y, por el misterio de la Redención, se nos ha revelado el valor del hombre concreto, de tal modo que nos hace comprender hasta qué punto es preciso luchar para salvar su dignidad.»

A primera vista esta frase podría tener por autor a Joseph Matthias Scheeben. Pero, analizada más detenidamente, causa extrañeza la manera nominalística de expresarse, y también muestra la distancia que la separa de la teología clásica.

El Cardenal dice que por la Encarnación del Hijo de Dios «la extraordinaria dignidad de la naturaleza humana se ha puesto de relieve». ¿«Puesto de relieve» solamente? En esta expresión se refleja la tesis que pretende que la similitudo Dei está ya presente de manera indestructible en todo hombre. Más adelante el Cardenal dice que «por el misterio de la Redención, se nos ha revelado el valor del hombre concreto». ¿«Revelado» solamente? En esta frase del Cardenal se refleja la tesis según la cual el hombre ya está en posesión de «la existencia en Cristo», del fruto de la Redención. El «misterio de la Redención» significa no obstante algo más y algo más profundo que sólo la «revelación del valor de cada hombre». La mutación de sentido nominalista a través de la tesis de Redención universal es evidente.

Finalmente, el cardenal Wojtyla ve en los cuatro «puntos principales» de su comentario del texto conciliar el resumen de «la enseñanza del Concilio y, por consiguiente, de la Iglesia sobre el hombre y su misterio.»

La supuesta enseñanza central del Concilio «sobre el hombre y su misterio» es también el punto de partida de la teología de Karol Wojtyla. Esta coincidencia explica la firme convicción del Cardenal de que su teología no es otra cosa que la exposición de la enseñanza del Concilio Vaticano II. Y ya que una vez elegido Papa sostiene inalterable la misma teología, ésta adquiere una importancia decisiva para la Iglesia entera.

  1. La noción de Revelación según Henri de Lubac, presente en el texto conciliar, y el comentario de Karol Wojtyla

Hay una similitud evidente entre la cristología y la eclesiología de Karol Wojtyla y la de Henri de Lubac. También en de Lubac Cristo se ha unido en la Encarnación con toda la humanidad, todos los hombres tienen un vínculo orgánico que los ata a Cristo; Iglesia y humanidad forman una unidad orgánica. Los cristianos son para de Lubac sólo los «miembros formales» del cuerpo de Cristo. Ellos tienen el deber misionero de hacer el cristianismo accesible a los no cristianos(2).

Nuestra indagación sin embargo no tiene por objetivo demostrar las similitudes evidentes y las diferencias eventuales entre la teología de Karol Wojtyla y la de Henri de Lubac, sino la noción de Revelación.Por eso la pregunta que se hace es la siguiente: ¿Presenta la noción de Revelación de Karol Wojtyla algunas concordancias, similitudes o puntos de contacto con la de Henri de Lubac?

Para dar una respuesta precisa a esta pregunta, resumamos primero en algunas palabras la noción de Revelación según el cardenal Wojtyla.

Se lee en el comentario del Cardenal sobre el texto del Concilio citado más arriba, extraído de Gaudium et Spes (nº 22):«Mientras el texto conciliar aplica la noción de misterio al hombre, aclara sucesivamente el carácter antropológico, y hasta en un cierto sentido antropocéntrico, de la Revelación que en Cristo es ofrecida a los hombres. Esta revelación está centrada en el hombre: “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, pero lo hace mediante la Revelación del Padre y de su amor (cf. Jn. XVII, 6-26)”».

Tenemos, pues, ante nosotros la siguiente relación: «El misterio del hombre» (es decir, la existencia en Cristo), es lo que Cristo «revela» o «manifiesta al hombre», y esto sucede «mediante la Revelación del Padre» (es decir, por la Revelación que Cristo hace de su Padre).

Esta relación fundamental en el concepto de la Revelación del cardenal Wojtyla coincide de manera llamativa con diversas exposiciones de Henri de Lubac.

En la exégesis de Henri de Lubac sobre la epístola a los Gálatas (1,15 ss.) se lee que San Pablo en esta carta ha pronunciado «una de las palabras más nuevas y más cargadas de sentido» que jamás han salido de la boca de un hombre, mientras dictaba: «Pero Dios, el que me segregó del seno de mi madre, me llamó para revelar en mí a su Hijo… (Gál. I15-16).» Lo extraordinario de esas palabras consiste, según de Lubac, en lo que el Apóstol dice: «no solamente de revelarme a su Hijo, de mostrármelo en una visión cualquiera, o de inducirme a comprenderlo objetivamente sino de revelarlo en mí. Revelando al Padre y siendo revelado por Él, Cristo permite al hombre revelarse por completo a sí mismo, tomando posesión del hombre, tomándolo y penetrando hasta el fondo de su ser, lo fuerza a él también a descender en sí mismo y descubrir regiones hasta entonces insospechadas. Por Cristo la persona es adulta, el hombre emerge definitivamente del universo».

El cardenal Siri ha mostrado con razón su asombro sobre el modo enfático con que de Lubac subraya ese «en mí», y dice:

«El Padre de Lubac dice que Cristo revelando al Padre y siendo revelado por Él, termina de revelar al hombre a sí mismo. ¿Cuál puede ser el sentido de esta afirmación? O bien Cristo es solamente hombre, o bien el hombre es divino. Las conclusiones pueden no estar claramente expresadas, pero precisan siempre la concepción de lo sobrenatural implicado en la naturaleza humana, y de ahí, sin que se quiera conscientemente, se abre el camino en dirección del antropocentrismo fundamental».

Se ha podido ver claramente que también para el cardenal Wojtyla la naturaleza humana implica lo sobrenatural. El habla ingenuamente del carácter antropocéntrico de la Revelación y de la misión de la Iglesia. La noción de Revelación de Henri de Lubac se encuentra en el cardenal Wojtyla hasta en los términos empleados.

Podríamos suponer también, sin temor a equivocamos, que la formulación de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (nº 22) se remonta, en resumidas cuentas, a Henri de Lubac.

La noción de Revelación es en teología el principio objetivo del conocimiento. ¿Podemos por eso hablar nosotros también de una «Nueva Teología» en el cardenal Wojtyla como en Henri de Lubac? Pío XII ha condenado ese género de teología en la Encíclica Humani Generis (1950). Entre los teólogos alcanzados por su veredicto se encontraba el Padre Henri de Lubac, promotor eminente de la «Nueva Teología». Juan Pablo II lo ha elevado al cardenalato y, de esta manera, ha rehabilitado oficialmente su «Nueva Teología».

Johannes Dörmann

(1) En el comentario sobre el Art. 22 (LThK Tomo 14), pág. 350: «Se puede afirmar que ésta es la primera aparición de un nuevo tipo de teología cristocéntrica en un texto académico, ya que al hablar de Dios, las consideraciones referentes a Cristo se extienden también a los hombres descubriendo, de esta manera, la unidad profunda de la teología». El cardenal Ratzinger dice al respecto que el carácter profundamente humano de cada hombre está determinado «cristológicamente» (pág. 350). Pero este pensamiento ha estado siempre presente en la Iglesia desde tiempos inmemoriales. Lo que pasa es que el «cristocentrismo» se convierte en «antropocentrismo» a través de la tesis de la redención universal, siendo éste el caso del cardenal Wojtyla. (2) Cf. el panorama descrito por Herbert Vorgrimler, Henri de Lubac, en: El balance de la teología en el Siglo Veinte, Teólogos pioneros, Ed. Herbert Vorgrimler y Robert Vander Gucht (Freiburg-Basel-Viena, 1970), pág. 199-214.

El itinerario teológico de Juan Pablo II hacia Asís (III)

 

 

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