EL ECUMENISMO EN JUAN PABLO II (VIII)

Mismo artículo, mismo portal.

Nada que añadir, ni una nota.

2.2 La Redención según el cardenal Wojtyla, expresada por las imágenes de cabeza y cuerpo, y de esposo y esposa

Después de haber extraído de la Constitución Pastoral Gaudium et spes (n- 10) su pensamiento sobre la redención, el cardenal Wojtyla lo expresa de nuevo en la imagen de la cabeza y del cuerpo, y en la del esposo y de la esposa. Todo el capítulo XI tiene por título: «El esposo está con vosotros» (pág. 117). Él utiliza este modo de descripción gráfica, bíblica y tradicional, en el contexto de una meditación sobre la muerte de Cristo, la resurrección, el envío del Espíritu, y la prolonga poniéndola en relación con los sacramentos del bautismo, de la eucaristía y del matrimonio. Concentrémonos particularmente sobre el núcleo dogmático de la meditación: sobre la relación de esposo y esposa.

En el centro de las explicaciones se encuentra la relación nupcial de Cristo respecto de la Iglesia, «la Iglesia como cuerpo y esposa de Cristo» (pág. 124). Se lee a este propósito: «Cristo es cabeza de la Iglesia como Cuerpo suyo; Cristo es Esposo de la Iglesia, que es su Esposa» (pág. 125).

Esta afirmación tradicional es profundizada teológicamente y aplicada a la redención: La redención es, en cierto modo, una unión conyugal que Cristo contrajo con su Iglesia por su Muerte y su Resurrección.

Por consiguiente el «nacimiento de la Iglesia en el momento de la muerte mesiánica redentora de Cristo» (pág. 117) es al mismo tiempo la hora de sus esponsales con el divino esposo, o dicho en otros términos:

«La muerte de Jesucristo en la cruz, como acto de amor supremo: amor Dei usque ad contemptum sui, (amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo [San Agustín] – Nota del Editor), tiene carácter redentor y al mismo tiempo carácter de amor de Esposo» (págs. 121 y 122).

La relación entre sacrificio redentor y esponsales está definida de manera aún más precisa:

«Y así es precisamente el amor de Cristo-Esposo, es decir, enraizado, por decirlo así, en la cruz y en el sacrificio. ¡El Redentor es el Esposo, por el hecho mismo de ser Redentor! Él aporta a la Iglesia su Don, y lo puede hacer, porque antes se ofreció a sí mismo en sacrificio sangriento» (pág. 126).

Así, no existe entonces una diferencia esencial entre el amor del Redentor y el amor del Esposo. Ellos forman más bien una unidad y son esencialmente idénticos: Cristo es, como Redentor, también Esposo. Todos los textos citados más arriba se refieren a la relación de Cristo, el Redentor y Esposo, con la Esposa que Él ha redimido, la Iglesia. Respecto de esto, ellos se ajustan absolutamente a la Escritura y a la Tradición.

Pero partiendo de la relación nupcial de Cristo con la Iglesia se hace entrar siempre a toda la humanidad en el núcleo de aquella relación única. Es así como el cardenal Wojtyla – ¡sin distinciones teológicas! – se dirige con la misma inspiración a la Iglesia, a cada hombre y a toda la humanidad:

«¡He aquí que el Esposo está con vosotros! (…) Está con la Iglesia, está con cada hombre, y con toda la familia humana» (pág. 120).

O también:

«Porque parece necesario recordar y repetir a los hombres de nuestro tiempo: ¡El Esposo está con vosotros! Vosotros sois amados hasta la donación plena, definitiva. He aquí lo que nos ha dejado Jesús en depósito, en herencia: el amor a todos los seres humanos» (pág. 129).

O este exacto resumen, en la primera frase del siguiente capítulo:

«Como decíamos al terminar la meditación anterior, el amor de Cristo, el cual amó a la Iglesia y se entregó por ella (Ef. V, 25 / Gál.II, 20), el amor del Esposo se dirige a todo hombre» (pág. 130).

Nuestra pregunta es la siguiente: ¿Es aplicable la imagen mística de la relación nupcial de Cristo con su Esposa la Iglesia, de manera unívoca también para la relación de Cristo con cada hombre y con toda la humanidad? Si así fuera, entonces las consideraciones sobre el Esposo y la Esposa no serían sino una expresión gráfica de la tesis de redención universal.

Profundicemos más la parte final del texto arriba citado (pág. 130): la frase resume todo lo que ya estaba dicho y lo retrotrae al punto principal. Así aparece claramente su sentido: se dice sin ambigüedad que el amor de Cristo, esposo de la Iglesia, «se dirige a todo hombre». Así, existiría la misma relación nupcial entre Cristo y su Iglesia y entre Cristo y toda la humanidad. Esta conclusión no sería sino la consecuencia lógica de la tesis del cardenal, según la cual la muerte redentora de Cristo no fue solamente el nacimiento de la Iglesia, sino también el nacimiento de cada hombre en la Gracia, «con independencia del hecho de que el hombre lo supiera o no lo supiera, lo aceptase o no» (pág. 117).

Esta interpretación encuentra un aval en las numerosas declaraciones del cardenal que tienen directamente como objeto la relación de Cristo con cada hombre. Esta relación está descrita como un «vínculo indisoluble» con el «Dios vivo», vínculo que por la Muerte y la Resurrección de Jesús ha sido «realizado con toda persona y con todo el género humano» (pág. 120). La relación de Cristo con «cada alma humana» (pág. 124) está descrita como una «donación plena, definitiva» (pág. 129) y una unión con «todo hombre» (pág. 132).

Este es el resultado provisorio que podemos deducir: En el momento en que el cardenal Wojtyla aplica a la relación de Cristo con toda la humanidad la imagen del amor de Cristo, el Esposo, por la Iglesia, su Esposa, la convierte en representación gráfica de la Redención universal.

Sin embargo, a pesar de que nuestra interpretación parece clara, planteamos no obstante la pregunta: ¿no sería posible entender también las formulaciones del cardenal en el sentido de la Sagrada Escritura y de la Tradición?

2.3 La Redención expresada en la Escritura y la Tradición bajo la imagen de la cabeza y del cuerpo, del Esposo y de la Esposa

La Sagrada Escritura, los Padres y la teología clásica frecuentemente han expresado el misterio de la redención por Cristo utilizando la imagen de la cabeza y del cuerpo, del Esposo y de la Esposa. Encontramos en la época actual un compendio y una profundización teológica en las obras magistrales de Matthias Joseph Scheeben. Aunque el cardenal Wojtyla pone en primer plano de su meditación la mística nupcial y a pesar de que la imagen de la cabeza y del cuerpo sólo adquieren importancia en el capítulo siguiente de su libro, queremos no obstante considerar ahora los dos aspectos, según la exposición resumida de Scheeben. Un bosquejo que solamente haga resaltar los puntos principales es aquí suficiente.

Según Scheeben, el Hombre-Dios es la cabeza de toda la creación, en particular del género humano. Con esto queda determinado el lugar de Cristo en el universo y en el género humano: la denominación cabeza expresa que el Hombre-Dios es el miembro más destacado de un gran todo, al cual Él mismo pertenece.

El género humano, en razón de su descendencia común de Adán, forma ya una unidad de especie. Cristo, el segundo Adán, sobrepasa infinitamente al primero como Hombre-Dios. Por su encamación, el Hombre-Dios no solamente ha aceptado y asumido su propia naturaleza humana sino que de este modo se ha apropiado todo el género humano, lo acogió en sí y se ha atado y unido a él. La frase: Cristo es la cabeza del género humano quiere decir, según eso, que la especie humana sólo en razón de la Encamación es acogida, como un todo, en la persona del Verbo. Se la llama «su Cuerpo» e incluso, en sentido más amplio, el «cuerpo místico de Cristo».

La Encarnación del Logos significa, como tal, la elevación y la promoción de todo el género humano: «Como cabeza, el Hombre-Dios eleva a toda la humanidad a una altura incomprensible e inconmensurable de dignidad, de vida y de actividad».

Es necesario distinguir entre la unidad de Cristo con todo el género humano, y solamente en razón de su Encarnación, en tanto cabeza del cuerpo místico de Cristo en sentido amplio, y la unidad de Cristo con la Iglesia, como cabeza del cuerpo místico de Cristo en sentido estricto, en razón de su sacrificio redentor. La simple unidad de la cabeza con cada hombre y con todo el género humano que se realiza únicamente por la Encarnación, es sin embargo una unidad muerta considerada bajo el punto de vista de la redención subjetiva, de la justificación. Ella es simplemente fundamento material, disposición y condición de una unidad viva en el cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, por la fe y el bautismo.

Los Padres de la Iglesia han expuesto también el misterio de la redención bajo la imagen del matrimonio. La aceptación de la naturaleza humana por el Logos la comparaban con un casamiento, y por ello no entendían por cierto solamente la unión con su propia naturaleza humana sino también con toda la naturaleza humana. En consecuencia, Cristo aparece como el Esposo de todo el género humano y éste como la esposa del Hijo de Dios. Sólo a raíz de la Encarnación llegaron a ser uno en una carne.

De este matrimonio en sentido amplio, que sólo se realiza por la Encarnación, se distingue el matrimonio en sentido estricto de Cristo, el Esposo, con su Esposa, la Iglesia. El matrimonio del Hijo de Dios con toda la humanidad es solamente un matrimonio virtual ordenado, o subordinado, al matrimonio formal de Cristo, el Esposo, con su Esposa, la Iglesia.

Scheeben explica: La unión con el género humano «es como un matrimonio virtual, en virtud del cual el Hijo de Dios podía ya derramar su Sangre tanto por la naturaleza humana como por su Esposa, a fin de volverla pura e inmaculada, apta para una unión santa con Él, y de nutrirla con su propia Carne y con su propia Sangre».

El «matrimonio virtual» que se efectúa por la sola Encamación y sin intervención del hombre no significa en modo alguno la comunicación de la gracia divina, sino solamente la disposición de todo el género humano al «matrimonio formal» de Cristo, el Esposo, con su Esposa la Iglesia. Sólo el «matrimonio formal» que se produce con el libre consentimiento del hombre por la fe y la recepción del bautismo significa la aplicación de los frutos de la Redención, la comunicación de la vida divina y la incorporación a la Iglesia.

Sobre este trasfondo la exposición llena de imágenes del misterio de la redención hecha por el cardenal Wojtyla se revela como un difícil problema hermenéutico. El cardenal descuida las distinciones teológicas, que son sin embargo necesarias aún mediando el uso de un lenguaje gráfico. Él sugiere de este modo realidades dogmáticas que no existen. Así es que nos vemos obligados otra vez a analizar las declaraciones del cardenal a la luz de la enseñanza de la Iglesia y examinarlas de modo crítico.

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Capitán Ryder

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