EL ECUMENISMO EN JUAN PABLO II (IX)

2.4 Anotaciones críticas

Aún cuando la teología clásica trata del misterio de la redención utilizando las imágenes del primero y segundo Adán, de la cabeza y del cuerpo, del esposo y de la esposa, no descuida las diferencias fundamentales y necesarias entre redención objetiva y subjetiva. La terminología corresponde a la exposición gráfica, pero tiene en cuenta las diferencias.

Aún cuando la Encamación está representada como matrimonio del Logos con toda la naturaleza humana y que todo el género humano sólo en razón de la Encamación es calificado de «esposa de Cristo», queda sin embargo claro que se trata de un matrimonio «virtual» y de una «esposa de Cristo» radicalmente necesitada de redención, que está cargada con el pecado original y que por naturaleza es aún «pecadora». El calificativo «virtual» está referido al «matrimonio formal», la «esposa como pecadora» a la «esposa de Cristo» efectivamente redimida.

Sólo esta última es la Iglesia. Purificada en la sangre del cordero está «formalmente» desposada con su divino Redentor y Esposo. Adornada con todo el ornato de la gracia de su Redentor ella es también la esposa escogida para el banquete nupcial del cordero. Esta relación nupcial es válida únicamente por el hecho de que Cristo dirige su amor de Redentor y de Esposo a la esposa que se ha unido «formalmente» a Él, es decir, la Iglesia. El Cardenal mismo describe esta singular relación nupcial que Cristo mantiene con la Iglesia (págs. 124 y ss.), pero luego pone de relieve que este amor nupcial de Cristo por su esposa, la Iglesia, «se dirige a todo hombre» (pág. 130). De esta manera, extiende por principio la relación nupcial de la gracia, tal como ella existe entre Cristo y su Iglesia, a todo hombre y, con ello, a toda la humanidad. Él no hace distinción entre el amor del Redentor y Esposo de la humanidad y el amor del Redentor y Esposo de la Iglesia. Más bien pone énfasis en que se trata de un solo amor que se aplica a todo hombre y con ello a todo el género humano. De la misma manera que la Iglesia, la humanidad aparece como Sponsa Christi. La afirmación del Cardenal diciendo que el amor redentor de Cristo, esposo de la Iglesia, «se dirige» a todo hombre, implica, por consiguiente, de manera sutil la tesis de la redención universal.

En su exposición sobre el misterio de la redención expresado por las imágenes de cabeza y de cuerpo, de esposo y de esposa, el cardenal Wojtyla omite todas las distinciones que habrían permitido captar los diversos significados de esas imágenes y habrían expresado claramente el dogma de la universalidad objetiva de la redención y de la aplicación subjetiva a cada uno de los frutos de la redención en el proceso de justificación como es el caso de la teología clásica. La omisión total de distinciones imprescindibles no puede significar sino su negación silenciosa. Negación que se define por el empleo de la imagen de cabeza y de cuerpo, de esposo y de esposa, sin distinguir entre «sentido amplio» y «sentido estricto». Nosotros podríamos interpretar correctamente el «llamado»: «El Esposo está con vosotros» y Él «está con la Iglesia, está con cada hombre y con toda la familia humana» (pág. 120), podríamos interpretarlo justificadamente en un sentido unívoco: como expresión de la tesis de redención universal en la imagen de la vestidura mística del esposo y de la esposa.

En vista de que el Cardenal al utilizar las imágenes de cabeza y de cuerpo, de esposo y de esposa, emplea, sin la precisión teológica requerida, una manera de hablar que difícilmente corresponde a la teología tradicional, la última garantía sobre lo que él quiere decir debe ser sacada de la lógica interna de su propio tratado.

El cardenal Wojtyla comienza la meditación: «El Esposo está con vosotros» con la tesis: La muerte redentora de Cristo no fue sólo el «nacimiento de la Iglesia», sino también el «nacimiento sobrenatural del hombre», de todo hombre, y esto independientemente del hecho de que «él lo sepa o no, lo acepte o no». Se precisa además que en este momento el hombre ha adquirido una nueva dimensión de su existencia que San Pablo llama breve y terminantemente «Ser en Cristo» (pág. 117). Esto significa que todo hombre está objetivamente redimido y subjetivamente justificado. Por eso la humanidad, al igual que la Iglesia, es esposa de Cristo, por eso Cristo, esposo de la Iglesia, es también esposo de toda la humanidad. Decir que el amor de Cristo, Redentor y Esposo de la Iglesia, se dirige a todo hombre, es un modo gráfico de expresar la tesis de la redención universal.

Sin duda enseña el Nuevo Testamento y toda la Tradición que el Redentor del género humano ha derramado su sangre por todos y que su amor redentor es válido para toda la humanidad. Pero ¿puede decirse tan simplemente -sin una alusión siquiera a la necesidad de la fe y del bautismo para la salvación- que el Redentor del género humano demuestra su amor nupcial aplicándolo indistintamente a cada hombre, como lo hace para con la Iglesia, su esposa? Según el dogma de la Iglesia, la aplicación de los frutos de la redención a cada hombre en la obra de la justificación está, no obstante, ligada a la fe y al bautismo.

Sin duda el amor del Redentor que llegó «en entera y definitiva entrega» hasta la muerte en la cruz, vale para toda la humanidad. Pues toda la humanidad se encuentra por el pecado original en la desgracia y está radicalmente necesitada de redención (Rom. III, 9-20). Que el amor redentor de Cristo sea universal no significa, sin embargo, una renuncia a la fe y a la recepción del bautismo (cf. Jn. III, 16-21); al contrario, los exige ambos. En cada página del Evangelio Jesús exige la fe como condición de sus curaciones y milagros. El amor redentor universal tiene un carácter decisivo para el hombre, como lo da a entender con toda claridad la orden de misión del Resucitado: «El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará.» (Me. XVI, 16). Quien no toma en cuenta la seriedad divina y ardiente del amor redentor universal de Cristo, no sabe frente a quién está; ignora que en Dios la redención y la gracia de la salvación incluyen el principio de la libertad, precisamente porque se trata del amor entre Dios y el hombre. Incluso María tuvo que pronunciar su «Fiat» antes de llegar a ser la Madre del Señor.

El conocimiento de Cristo como centro de toda la creación, principio y fin de toda la historia humana, no es un nuevo descubrimiento del Vaticano II y de la teología moderna, que habla de un «Cristo cósmico» y que bajo ese título propaga sus teorías de la redención universal. La Iglesia ha sabido siempre que «todo ha sido creado por Él y para Él. Él es antes que todo y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de los muertos». (Col. I, 1718). La Iglesia siempre ha enseñado que toda la creación ha sido fijada en el Logos, que todo el género humano se remite a Cristo; ella siempre ha enseñado la universalidad objetiva de la redención. Estas verdades de fe eran las condiciones objetivas previas a su misión universal. Esta suponía, sin embargo, otra verdad de la Revelación bíblica: el estado de decadencia universal en el cual se encuentra cada hombre y toda la humanidad. (Rom. III, 9-20). La misión concreta de la Iglesia, instrumento y sacramento en la mano de su Señor, consistía, pues, en aplicar, conforme a la orden del Señor, los frutos de la Redención a cada hombre y a todos los pueblos. Se trataba en verdad del socorro y la «salvación de las almas».

Es en el sentido de la misión de la Iglesia y del Evangelio cuando el cardenal Wojtyla anuncia no sólo a la Iglesia sino a toda la humanidad el lugar supereminente de Cristo en la creación y la historia, y cuando insiste en la universalidad del amor divino redentor. Pero esto significa renunciar a lo que había sido hasta el presente su misión si no proclama toda la verdad. Esto requiere recordar la decadencia universal de todo el género humano a causa del pecado original, y la necesidad de la salvación a través de la conversión, de la fe y del bautismo. La proclamación de un «Cristo cósmico» en el sentido de una redención universal presenta la redención subjetiva y la aplicación de los frutos de la Redención en el proceso de justificación como cosas superfluas. Ello ya no hace comprensiva la necesidad de la salvación a través del bautismo, de la fe y de la Iglesia.

Pero el Cardenal se inclina de nuevo hacia el lado subjetivo de la Redención, del «Ser en Cristo» de cada hombre, en la siguiente Meditación de su libro con el título: «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» (Capítulo XII, pág. 130). Nuestra pregunta es: ¿Se pone de manifiesto acaso en esta autocompren-sión del hombre también la redención universal?

Johannes Dörmann

El itinerario teológico de Juan Pablo II hacia Asís (III)

No hace falta decir nada más. Cualquier católico medianamente formado entiende las implicaciones que esto tiene para la Fe.

Capitán Ryder

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