EL ECUMENISMO EN JUAN PABLO II. ASIS (I).

Volvemos al tiempo litúrgico ordinario y volvemos a este tema de capital importancia.

Habíamos analizado de la mano de Romano Amerio el Ecumenismo tal y como fue planteado en el Concilio Vaticano II y, más importante aún, cómo fue implementado posteriormente. Algunos de los problemas que señalaba Amerio sobre la visión ecuménica post-conciliar ya eran una realidad pero hoy se puede decir, sin exagerar lo más mínimo, que han devenido en el indiferentismo religioso en los propios católicos.

Continuamos explicando el ecumenismo de la mano de Johannes Dörmann, nacido el 27 de diciembre de 1922, es ordenado sacerdote en la archidiócesis de Colonia.

Este sacerdote explicó detalladamente el Encuentro por la paz de Asís, siendo Papa Juan Pablo II. Extractamos parte de los artículos publicados en si día en el portal «Adelante la Fe».

 

En los «libretos para las ceremonias del Domingo de las Misiones de 1989» preparados por MISSIO de Aachen y MISSIO de Munich, que fueron enviados a todas las parroquias de la ex-Alemania Occidental, se propone para la «Misa parroquial del Domingo de las Misiones de 1989» la siguiente oración (pág. 17):

«Alabado seas Señor, Dios de Israel, Tú conduces por terrenos impracticables, Tú liberas de la servidumbre y la opresión, Tú prometes un nuevo mundo. Alabado seas Señor, Dios de Mahoma, Tú eres grande y augusto, Tú eres inconcebible e inaccesible, Tú eres grande en tus profetas. Alabado seas Señor, Dios de Buda, Tú habitas en las profundidades del mundo, Tú vives en cada hombre, Tú eres la plenitud del silencio. Alabado seas Señor, Dios de Africa, Tú eres la vida en los árboles, Tú eres la fuerza del padre y de la madre, Tú eres el alma del mundo. Alabado seas Señor, Dios de Jesucristo, Tú te derramas en amor, Tú te das en la bondad, Tú vences la muerte». (según Antón Rotzetter)

Tan extraña como pueda parecer esta oración a muchos católicos durante la celebración eucarística, se tendrá que admitir que ella respira el espíritu de Asís en plenitud.

  1. Papa contra Papa

La Jornada mundial de oración con todas las religiones en Asís el 27 de octubre de 1986, con el Papa Juan Pablo II como anfitrión, fue el punto culminante de un proceso de más de cien años en la historia del pensamiento religioso, tendente a promover la paz y la unidad entre las religiones y los pueblos. Ese movimiento interreligioso por la unidad y la paz pregonaba, por su misma naturaleza, la tolerancia religiosa como un valor supremo y combatía la pretensión de la Iglesia de ser la única depositaría de la verdad. Puesto que la Iglesia Católica seguía sosteniendo con firmeza el derecho absoluto de la revelación del único Dios personal, le fue posible rechazar hasta el Vaticano II ese movimiento religioso por la unidad y la paz (1). Fue la apertura de la Iglesia al ecumensimo y al diálogo interreligioso en el último Concilio la que hizo posible que ese movimiento – sin haber cambiado su orientación espiritual – lograra acogida en la Iglesia Católica, para alcanzar finalmente, bajo Juan Pablo II, su cúspide provisora en Asís. No fue, pues, el movimiento por la unidad y la paz entre todas las religiones el que evolucionó, sino la actitud de la Iglesia respecto de él.

Sólo pocos decenios antes del Vaticano II, en su encíclica Mortalium animos (6.1.28) «Acerca de cómo se ha de fomentar la verdadera unidad religiosa», el Papa Pío XI había expuesto y justificado por la fe el punto de vista de la Iglesia Católica sobre ese movimiento por la unión ecuménica e interreligiosa. La posición de Pío XI debería ser representativa de la de todos los Papas de esta época respecto de los movimientos por la paz y la unidad.

Pío XI menciona la aspiración de los pueblos a la unión y la unidad, que encuentra su expresión en los modernos «congresos de las religiones». Describe la composición de los asistentes a esos encuentros regulares: se invita «a la discusión a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todas las categorías, a los fieles, y finalmente también a aquellos que desgraciadamente apostataron de Cristo o que niegan áspera y obstinadamente la divinidad de su naturaleza y su misión».

Lo mismo podría decirse de los representantes de las «religiones» y «organizaciones mundiales» invitados a Asís. Pío XI juzga, sin embargo, las cosas de otro modo: «Tales esfuerzos no pueden contar, bajo ninguna circunstancia, con la aprobación de los católicos».

Pío XI menciona también las ideas y los motivos que dan lugar a la organización de congresos interreligiosos: puesto que hay muy pocos seres humanos que carezcan totalmente de algún tipo de sentimiento religioso, se piensa que «hay fundadas esperanzas en el sentido de lograr una especie de coincidencia o acuerdo sobre ciertos temas religiosos básicos. A pesar de la amplia divergencia de los conceptos religiosos que prevalecen entre los distintos pueblos, no se puede descartar la posibilidad de alcanzar un acuerdo fraternal sobre algunos principios básicos, los que podrían convertirse en el armazón o fundamento común de su vida espiritual».

Los participantes a tales congresos se apoyan sobre la opinión errónea de que «todas las religiones (de cualquier índole) son más o menos buenas y recomendables, en el sentido de que todas ellas revelan y traducen –aunque de manera bien diferente- el sentimiento natural e innato que nos lleva hacia Dios y nos inclina con respeto ante su supremacía».

Tales pensamientos fueron también expuestos para justificar el encuentro de oración en Asís. Pío XI dice al respecto: «Aquellos que comparten esa opinión no sólo son víctimas de error y autoengaño sino que, al deformar -y consecuentemente rechazar- la noción de la verdadera religión, se deslizan también paso a paso hacia el naturalismo y el ateísmo. Es evidente que aquellos que se adhieren sin reserva a tales ideas y aspiraciones, abandonan enteramente la religión divinamente revelada».

Pío XI piensa aquí en los «congresos de religiones», es decir en «discusiones» y no en actos de culto interreligioso.

La práctica de un culto interreligioso, que en la Iglesia postconciliar va mucho más lejos que aquellos «congresos», y más aún el hecho de que el mismo Papa organice tales cultos, estaba más allá de lo que Pío XI pudiera haberse imaginado. Es indiscutible que la actitud postconciliar de la Iglesia hacia las religiones no cristianas representa una ruptura radical con la Tradición.

Sigue Pío XI, “Tales son -entre otras del mismo género- las razones que hacen valer los «pancristianos», como se les llama. No vaya a creerse que se trata de grupos pequeños o insignificantes. Al contrario… Entretanto, aquel intento continúa con tal energía que se ha conseguido en muchos lugares la aprobación de muchos círculos, e incluso de numerosos católicos, atraídos con la esperanza de realizar una unión que parezca conforme con los deseos de nuestra Santa Madre Iglesia, la cual nada desea más que hacer volver a su regazo a sus hijos extraviados. Pero bajo las seducciones de estas palabras zalameras subyace oculto un error muy serio que destruye completamente los fundamentos de la fe católica».

Pío XI se ocupa también de la crítica que los «pancristianos» dirigen a la Iglesia Católica y al papado; a este propósito menciona la cortesía de algunos que reconocen incluso al Papa una precedencia de honor y una jurisdicción derivada del consentimiento de los fieles. Muy actual resulta cuando dice: «Incluso otros llegan tan lejos que expresan el deseo que sus congresos, que se podrían calificar de promiscuos, sean presididos por el mismo Papa».

Resumiendo todo esto, Pío XI toma posición de la siguiente manera: «En estas condiciones, es evidente que la Sede Apostólica no puede, bajo ningún pretexto, participar en sus congresos, y que los católicos, bajo ninguna circunstancia, deben favorecer o fomentar tales empresas, ya que de este modo aumentarían y fortalecerían la reputación e influencia de una religión cristiana totalmente errónea, que está muy lejos de la única Iglesia de Cristo».

Los oficios religiosos ecuménicos tienen naturalmente una calificación religiosa más elevada que las discusiones en los congresos ecuménicos. El Código de Derecho Canónico (CIC 1917) los catalogaba entre la «communicatio in sacris»,que cae bajo una pena eclesiástica (2).

El canonista Klaus Morsdorf describe la actitud de la Iglesia inmediatamente anterior al Vaticano II (1961) de la siguiente manera: «Porque la comunión en el culto presupone la comunión en la fe, los oficios litúrgicos comunitarios con los adeptos de una o de varias confesiones cristianas serán, por consiguiente, prohibidos».

La práctica ecuménica de la Iglesia después del Concilio y el solo hecho de que el mismo Papa organice tales oficios comunitarios, en los cuales los obispos protestantes -como por ejemplo el obispo Kruse, de Augsburgo- puedan exponer sin disputa tesis de eclesiología anticatólicas, están en agudo contraste con la actitud y la enseñanza de la Iglesia Católica antes del Concilio.

La posición dogmática que toma Pío XI en Mortalium animos puede ser esbozada brevemente como sigue: como hay una sola religión verdadera, la revelada, hay también para los no cristianos un solo camino para llegar a la verdad y la vida: el camino de la conversión a la religión y la Iglesia de Cristo. Y como no hay más que una verdadera Iglesia, la fundada por Jesucristo, hay para los no católicos también un sólo camino: el del retorno a la Iglesia Católica. La fe católica íntegra, sin limitaciones ni reducciones, es el lazo de la unidad; el amor solo no puede hacer volver a los cristianos separados (12).

La ruptura con la actitud y la enseñanza de la Iglesia contenidas en Mortalium ánimos no podría aparecer más claramente que en el encuentro de oración de las religiones en Asís. El católico fiel, que ha seguido atentamente esta ruptura en el respeto por la Cátedra de Pedro, no puede contentarse con considerar «el acontecimiento de Asís» simplemente como un hito más en el desarrollo histórico de las religiones. Para el católico la ceremonia interreligiosa de Asís, organizada y preparada por el Vaticano con el Papa en su centro, es un acontecimiento eclesiástico importante que afecta profundamente su fe en la única verdadera Iglesia Católica: Papa contra Papa, Iglesia pre-conciliar contra Iglesia post-conciliar. Ambos Papas -Pío XI y Juan Pablo II- son para él docentes supremos de la Iglesia, protectores y garantes de la fe establecida por Cristo. Por otra parte, en Asís Juan Pablo II se calificaba a sí mismo como el «primer testigo» de la fe. Para el católico, con su fe basada en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, el «acontecimiento de Asís» no tiene justificación ni en la Sagrada Escritura ni en la Tradición, y por lo tanto no encuentra ningún sustento. Asís ataca la sustancia de la revelación divina y de la fe católica.

Estos problemas de la fe planteados por Asís no pueden obviarse mediante alusiones a una actitud atrasada y un inmovilismo conservador. Tampoco permiten que se los aparte e ignore, mientras la Iglesia oficial avanza imperturbable en el camino del diálogo y del culto interreligioso. Tampoco se resuelven con referencias al actual concepto de «tradición viva» o «dinámica».

El católico fiel puede muy bien no darse por satisfecho con una referencia general al Vaticano II. Al contrario, tiene el derecho y el deber de formular la pregunta: ¿sobre qué fundamento dogmático de la fe católica se apoya Juan Pablo II para organizar una ceremonia interreligiosa como la de Asís?

Los tres discursos de Juan Pablo II en la Jornada mundial de oración, aunque remarcan fuertemente el carácter simbólico del acontecimiento, no dan ninguna respuesta satisfactoria a esta pregunta. Los mismos no son tratados dogmáticos, simplemente dan cuenta de la situación del día y reflejan el consenso de todos los participantes. La pregunta a la cual Asís no ha dado respuesta permanece: ¿cuáles son las razones dogmáticas tomadas por el Papa del acervo de la fe – que él debe conservar -que le han inducido a invitar a Asís a los representantes de las «religiones del mundo» para -como él ha dicho- establecer una paz mundial verdadera y durable, gracias a la oración confiada de todas las religiones y sentar de este modo las «primicias de una nueva época»? (3)

El católico podrá entender este encuentro de oración organizado por el Papa sólo si lo ve con los ojos de éste, es decir, si lo considera a la luz de la teología del Papa. Naturalmente, debe suponer a priori que la fe de la Iglesia y la del Papa son idénticas y, por otro lado, no poner en duda la mejor intención de Juan Pablo II.

La iniciativa personal de Juan Pablo II de organizar la Jornada mundial de oración de las religiones no fue la decisión espontánea del momento, sino el resultado final de un desarrollo teológico. Seguir este desarrollo con la intención de comprenderlo significa, por consiguiente, recorrer con el Papa el itinerario teológico que lo conduce a Asís y trepar con él la «montaña mística» (4). Por eso intentamos marcar los hitos dogmáticos en el camino del Papa hacia Asís.

(1) El primer proyecto – o bosquejo – de la Constitución de la Iglesia de Cristo en el Vaticano I, que debido a la interrupción del Concilio finalmente no llegó a concretarse, trata en su 7º Capítulo el problema de la relación de la Iglesia con las religiones. Dicho proyecto refleja fielmente la postura de la Iglesia en aquella época: «Además, es un dogma de fe: fuera de la Iglesia nadie puede lograr la salvación. Naturalmente no todos los que viven en ignorancia e incertidumbre acerca de Cristo y su Iglesia están eternamente condenados como réprobos. El Señor quiere que todos los hombres lleguen a conocer la verdad y sean salvados. Extiende su gracia a todos aquellos que se esfuerzan, dentro de sus posibilidades, por lograr la vida eterna. Pero esta gracia no es concedida a aquellos que se separan, por voluntad propia, de la fe verdadera y de la comunidad de la Iglesia. El que no está en el arca perecerá en el diluvio». La toma de posición frente a las religiones tiene su punto de partida dogmático en esta definición: «De esta manera aborrecemos y rechazamos terminantemente la enseñanza atea que sostiene la igualdad de las religiones, que también se opone al razonamiento, o raciocinio, humano. Si esto fuera así, los hijos de este mundo no podrían distinguir entre lo verdadero y lo falso diciendo: La puerta a la vida eterna está abierta para todos, no importa a qué religión pertenezcan, o: Con respecto al contenido de verdad de la religión lo que se tiene es un mayor o menor grado de probabilidad, pero nunca certeza. También rechazamos la opinión de aquellos que afirman que para entrar al reino celestial no es necesario que alguien abandone la religión en que nació y en que fue educado, aunque la misma sea falsa. Los que sostienen esta opinión atacan a la Iglesia misma que afirma que ella representa la única religión verdadera y que condena a todos aquellos que se separan de la única comunidad religiosa verdadera. Este punto de vista pernicioso borra la línea divisoria entre la luz y la oscuridad, entre la justicia y la injusticia, como si Cristo pudiera llegar alguna vez a un acuerdo con Satanás»(Según Neuner/Roos, La Fe de la Iglesia, Regensburg, 1965, pág. 231 y sigs., Art. 365). La postura de la Iglesia frente a los no cristianos queda definida principalmente en las llamadas Encíclicas de Misión de León XIII y Juan XXIII (Cf. mi artículo en Theologisches 5, 1987, 21-29); con respecto a los esfuerzos ecuménicos Cf. la Encíclica de León XIII «Satis cognitum» del 29.6.1896, la de Pío XI «Mortalium Animos» del 6.1.1928, y el «Monitum» de la Santa Sede del 5.6.1948, como así también la «Instrucción sobre el Movimiento Ecuménico» del 20.12.1949 (Cf. Johannes Bökmann, Theologisches 3, pág. 128 y sig.).

(2) CIC can. 2314-2316. En el nuevo CIC can. 1365 se dice: Reus vetitce communicationis in sacris justa pcena puniatur. Si el Papa mismo organiza y preside cultos interreligiosos, no se puede hablar de oficios divinos «prohibidos» en el caso de un sacerdote u obispo.

(3) Alocución del Papa el 27.10.1986, L’Osservatore Romano, 7.11.1986, pág. 9. Cf. mi artículo en Theologisches 7 (1987), pág. 22 y sig.

(4) Cf. L’Osservatore Romano, 31.10.1986, pág. 2

Continuaremos, pero el laberinto en el que lleva la Iglesia metida los últimos 60 años, y expuesto en los artículos anteriores, se hace más cada vez más intrincado.

Capitán Ryder

El itinerario teológico de Juan Pablo II hacia Asís (I)

 

 

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