DIOS QUE BUSCA Y ESPERA

Cuando hablamos de Dios y el hombre, podríamos preguntarnos: ¿Quién persigue a quién? ¿Dios al hombre, o el hombre a Dios? ¿Es el hombre quién tiene interés en Dios, o es Dios quien tiene interés en el hombre?

Hay en el Evangelio una escena sublime: el encuentro de Jesús con la Samaritana. Al parecer, todo es casual. Pero allí estaba Dios para dictarnos una lección magistral. Jesús sediento del camino, pide de beber a una mujer, ¿Quién va a dar a quién? ¿Quién de los dos va a ser el primero en ofrecer y recibir?

El primero en pedir es Jesús: – Mujer dame de beber

Y también el primero en ofrecer y en dar. Ante el desprecio de la mujer que se niega, le dice el desconocido: – Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

Y aquí se entusiasma la alocada mujer para pedir con viveza: – dame ese agua para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla.

A poco que hayamos entendido toda la doctrina del Nuevo Testamento, sobre todo en San Pablo, sabemos muy bien que toda iniciativa de nuestra salvación viene de Dios.

Es Dios quien nos crea para salvarnos, y nos convoca a la salvación aún antes de crearnos.

Es Dios quien al vernos sumidos en la culpa de Adán y en nuestras propias culpas, cierra los ojos para no ver nuestra maldad, y los abre sólo ante su Hijo el redentor que se propone enviarnos.

Es Dios quien nos ha elegido en Cristo para hacernos en su presencia santos, inmaculados, amantes.

Jesucristo, el Dios hecho hombre y que nos revela al Padre, es quien se lanza detrás de la oveja perdida hasta que la lleva al redil del que se escapara.

Es Jesús, quien se autoinvita en la casa del publicano rico, para decir y proclamar: ¡ Hoy ha venido la salvación a esta casa !

Y es Jesús quien en la parábola más entrañable del Evangelio, nos presenta al padre bueno oteando cada día el camino por el que se fuera el hijo perdido, para ver cuándo le daba la alegría de volver.

Y es que Dios nos persigue hasta el fin. Somos suyos y no nos quiere perder. Hubo hace más de un siglo en Inglaterra un poeta que se hizo célebre con su poema titulado El lebrel del cielo. En él describe a Dios como un perro de caza, que corre jadeante por los campos hasta que se hace con su presa, el alma que ha huido miserablemente.

No está mal la comparación. Con tal de salvar al hombre, el Dios del cielo tiene una paciencia infinita. Y lo perseguirá de mil maneras, hasta conseguir el ¡SI! que le salve. Es cierto que siempre habrá que contar con la libertad de la persona. Dios no nos fuerza. Dios nos respeta. Pero, por parte suya, perseguirá a la criatura de mil maneras, hasta que consiga doblegar su voluntad rebelde. Dios se valdrá de los medios más inverosímiles.

Todo esto no es más que la confirmación de una verdad tan elemental como esa que repetimos con la consabida expresión ¡Dios me ama!

Lo importante es el responder nosotros a ese amor del Señor del Cielo, que no nos necesita, pero que parece no puede pasar sin nosotros, idea que arrancó al poeta estos versos apasionados, ¡ Pasmaos cielos, de ver a mi Dios, buscando hambriento mi corazón !

Este poeta no hacía más que recordar lo que Jesús pedía a la mujer del pozo, ¡ Dame de beber !.

Todo está de parte del hombre, en querer decir SI o NO a un Dios que se presenta como un pordiosero de amor. Una vez que pide, Dios ya no hace nada más que esperar. Y se da sólo a los que saben decirle con corazón abierto de par en par: Entra que aquí tienes un puesto…

 

El lebrel del cielo

Dice Chesterton de este poema que reproducimos a continuación que es el poema religioso más importante de los tiempos modernos (escrito a final del siglo XIX), y que su principal virtud es el regreso de la religión personal con algo del poder de Dante justo en una época en que las religiones cada vez más impersonales parecían ir tomando posesión del futuro.

En efecto, en todo el mundo de la cultura reinaba una atmósfera de paganismo que se iba desgastando. Fue entonces, en el silencio que lentamente se hacía más profundo cuando se oyó por primera vez, muy lejano, el aullido de un lebrel.

Eso es lo principal de la obra de Francis Thompson. El despertar de los Perros de Dios significó que otra vez había comenzado la cacería, la cacería de las almas de los hombres y que la religión de tipo realista, de un Creador personal en relación con una criatura personal no estaba muerta.

Y aquellos que comprenden mejor el mundo saben que éste ha cambiado y la cacería continuará hasta que el mundo quede acorralado.

 

Le huía noche y día

A través de los arcos de los años

y le huía a porfía

por entre los tortuosos aledaños

de mi alma, y me cubría

con la niebla del llanto

o con la carcajada, como un manto

 

He escalado esperanzas

Me he hundido en el abismo deleznable,

Para huir de los Pasos que me alcanzan:

Persecución sin prisa, imperturbable,

Inminencia prevista y sin contraste.

Los oigo resonar…y aún más fuerte

Una Voz que me advierte:

-“Todo te deja, porque me dejaste”.

 

Golpeaba las ventanas

que ofrecen al proscrito sus encantos

y temblando de espanto

pensaba que el Amor que me persigue,

si al final me consigue,

no dejará de brillar más que su llama;

y si alguna ventana se entreabría,

el soplo de su acceso la cerraba.

El miedo no alcanzaba

a huir cuanto el Amor me perseguía

 

Me evadí de este mundo;

violé la puerta de oro de los cielos,

pidiendo amparo a sus sonoros velos,

y arranqué notas dulces y un profundo

rumor de plata al astro plateado.

Al alba dije “Ven”; “ven”, a la tarde,

“escondedme de aqueste Enamorado

de miedo que me aguarde”.

Tenté a sus servidores,

y sólo hallé traición en su constancia.

Para Él la fe; de mí perseguidores

con falsa rectitud y leal falacia.

 

Pedí volar a todo lo ligero,

asiéndome a las crines del pampero,

y aunque se deslizaba

por la azul lejanía,

y el trueno hacía resonar su carro,

y zapateaba el rayo,

el miedo no alcanzaba

a huir cuanto el Amor me perseguía.

Persecución sin prisa, imperturbable,

majestuosa inminencia. En las veredas

dejan los Pasos que la Voz me hable:

-“Nada te hospedará si no me hospedas”

 

Ya no busco mi sueño interrogando

un rostro de hombre o de mujer, mas quedan

los ojos de los niños esperando:

hay algo en ellos para mí de veras.

Y cuando mi ansiedad se prometía

el dulce despertar de una respuesta

los ángeles venían

y los llevaban por la senda opuesta.

“Venid (clamaba), dadme la frescura

de la Naturaleza

que guardan vuestros labios de pureza;

dejadme juguetear en las alturas;

habitar el palacio

azul de vuestra Madre, cuyas trenzas

vagan por el espacio,

y beber como un llanto de ambrosía

el rocío del día”.

 

Y al final lo conseguí: fui recibido

en su dulce amistad, y abrí el sentido

de los matices de la faz del cielo,

de la nube naciente entre los velos

de la espuma del mar. Nací con ella

para morir con todo lo escondido.

Me conformé a sus huellas.

Supe caer cuando la tarde cae

al encender sus lámparas de duelo,

y reír con la aurora de ojos suaves,

y llorar con la lluvia de los cielos,

y hacer mi corazón del sol gemelo.

 

Pero ¡qué inútilmente!

Imposible entender lo que otro siente.

Las cosas hablan un lenguaje arcano,

incomprensible; es un silencio vano

para mi inteligencia. Aunque pudiera

prenderme de sus pechos como un niño,

seguiría mi sed de otro cariño.

Y noche a noche afuera

oigo los Pasos que me dan alcance

con media carrera,

deliberado avance,

majestad inminente,

que deja oír la Voz de la otra parte:

-“Nada podrá llegar a contentarte

Mientras no me contentes”.

 

Espero el golpe de tu amor, inerme.

Pieza a pieza rompiste mi armadura.

De rodillas estoy, y dudo al verme

despierto y despojado.

La fuerza juvenil de mi locura

sacudió las columnas de las horas,

y mi vida es un templo desplomado;

montón de años, multitud de escombros

el ayer y el ahora.

Los sueños mismos se han evaporado,

y mis días son polvo.

Las fantasías con que ataba el mundo

me abandonan: son cuerdas muy delgadas

para alzar una tierra recargada

por el dolor profundo.

¡Ay! Que tu amor es hierba de dolores

que sólo deja florecer sus flores

¿oh imaginero eterno, es suficiente!

Tú quemas el carbón con que dibujas.

Mi juventud es fuga de burbujas;

mi corazón la fuente

quebrada,

donde no queda nada

del llanto de mi mente.

 

¡Sea! mas ¿qué amargura

si la pulpa es amarga, me deparan

las heces? Lo vislumbro en la fisura

del telón de las nubes que rasgara

el sonar de las trompas celestiales.

Aun sin poder reconocer sus reales,

Su púrpura, su cetro, su guarida,

le conozco y le entiendo. Se apresura;

quiere mi corazón, quiere mi vida,

quiere mi podredumbre,

quiere mi oscuridad para su lumbre.

 

Ya la persecución está lograda.

Y la Voz como un mar en torno fluye:

-¿Crees que la tierra gime destrozada?

Todo te huye, porque tú me huyes.

 

¡Extraña, fútil cosa, miserables!

dime, ¿cómo podrías ser amada?;

¿no he hecho ya demasiado de tu nada

para hacerte sin mérito, aceptable?

Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes

cuán poco amor te cabe?

¿Quién hallarás que te ame? Solamente

yo, que cuanto te pido te he quitado,

para que me lo pidas de prestado

y lo dé misericordiosamente.

 

Lo que tú crees perdido está en mi casa

levántate, toma mi mano y pasa.

Los Pasos se han quedado junto al vano.

Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca

seas sólo la sombra de Su mano!

-“Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,

pues buscas el amor, a mí me buscas,

y lo rechazas cuando me rechazas.”

 

La primara parte del comentario es de la página RIIAL.ORG

 

Capitán Ryder

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