Christopher Robin

El domingo pasado fui al cine con la familia. Huelga decir el título de la película.

Aunque supongo que, ni por asomo, ha sido la intención del director, me ha parecido una película que profundiza en las grandes Verdades de la vida. No digo que sea eso lo que la película quiere transmitir, quiero decir que es lo que me pareció a mí.

Hace unos días hablaba Miguel San Martín Fenollera en su blog de “la ociosidad sagrada” y traía, precisamente a colación una frase de uno de los personajes de esta película, Winny de Pooh “Lo que más me gusta hacer es nada”.

Creo que no hay mejor explicación del argumento de la película. Es un recordatorio de muchas cosas, de la inocencia de la infancia, de las amistades que pueden tejerse esos años, de la amistad imperecedera, de las ganas de vivir que hay en la infancia y, porque no, de la sabiduría que se encierra muchas veces en ella. También del gusto que en esos años encuentras en estar, simplemente, con tus amigos, puede que haciendo nada.

Dice Miguel “Pero hacer por hacer supone tan mal comportamiento como no hacer por no hacer, siempre que lo que se haga o se deje de hacer no sea resultado de un buen propósito”

Pues en eso nos hemos embarcado desde hace años. Hemos tragado hasta dentro el anzuelo de la vida moderna, de la estafa de esta vida. Vamos de aquí para allá buscando no se sabe qué.

Desde siempre, la vida ha sido, o también debería ser, contemplación, y la hemos sustituido por una indigestión. En mi infancia, todo el mundo hacía chistes de los japoneses y sus cámaras, foto aquí, foto allá. Podían tener delante una catedral maravillosa que la contemplación no pasaba del encuadre para sacar la foto.

El progreso ha sido que, ahora, todos somos japoneses.

Esta película es un ataque frontal a todo eso. Repito, aunque no haya sido la intención del director. No se me ocurren otros personajes que encarnen mejor el antimodernismo que Igor, Piglet, Pooh o Tigger. En eso consiste la vida de todos ellos, en contemplar la vida desde el bosque de los cien acres, comiendo, jugando y…estando juntos, sin más ambiciones. Lo que el mundo moderno tacharía de aburrido o poco sofisticado.

Un estilo de vida, el actual, incomprensible para los personajes creados por A.A.Milne, quienes no entienden, al reencontrarse con C.Robin, que este no quiera unirse a ellos y sus juegos porque “los sueños exigen sacrificios”. Esos “sueños” que pasan porque el padre de familia no comparta juegos ni lecturas con sus hijos, ni pueda cenar con su mujer, atareado como está en perseguir no se sabe qué.

En este contexto, Pooh, ese osito tontorrón, pone sobre el tapete frases que son auténtica sabiduría, recordándonos que el Señor “las ha escondido a los sabios y las ha revelado a los sencillos”. Así, afirma, por ejemplo:

“la gente dice que nada es imposible, pero yo hago nada todos los días”, “no hacer nada conduce a lo mejor de algo” o “siempre el sol suele brillar cuando Christopher Robin sale a jugar”.

Nada hay más serio para un niño que sus propios juegos, por eso, nunca es más luminoso el bosque de los cien acres que cuando su amigo del alma, Christopher Robin, está jugando con ellos, inventando monstruos y salvándoles de ellos.

Entre los mil detalles de la película hay 2 especialmente entrañables:

  1. Algunos de los personajes no conocen a C.Robin cuando se vuelven a encontrar. Este ha crecido y no lo reconocen. Un momento después, y desde una distancia más lejana, les es perfectamente reconocible, pues está jugando a uno de los muchos juegos que les son tan conocidos. No es el aspecto lo que hace a Christopher reconocible, es la alegría que transmite, los juegos compartidos.
  2. Cuando Pooh y sus amigos emprenden una misión Piglet no quiere ir, está muerto de miedo. Pooh le coge delicadamente de la mano y le dice algo así “pero cómo vamos a ir sin ti, ¿qué haríamos?”. Una manera hermosa de decirle lo mucho que se le quiere, precisamente, por ser como es. No se está haciendo una valoración utilitarista de Piglet, quien lógicamente no tiene ninguna cualidad que les pueda servir de ayuda en la misión, salvo la de su compañía, indispensable para sus amigos.

Lo dicho, un canto a la pura contemplación, a saber recrearse en las maravillas del Señor, quien no en vano, regañó cariñosamente a Marta, por perderse lo mejor, estando atareada de aquí para allá.

Puedo que todo esto hayan sido imaginaciones mías, puede que fuese la compañía la que me haya sugerido todo esto o, simplemente, que hay películas que tocan el corazón. Pude ser…o no.

Capitán Ryder

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